La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 1
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La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3)

La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3)

Por Dorian Leblanc

© inepub.com

Capítulo 1

El Instituto Aurora no había aprendido a pedir perdón. Había aprendido a imprimir mejor.

Lo noté antes incluso de cruzar la verja, que seguía siendo la misma de siempre, alta, negra, antigua y convencida de que separaba el mundo normal de algo superior, como si el hierro forjado también tuviera apellido compuesto.

A ambos lados del camino principal habían colocado carteles nuevos, todos del mismo tamaño, todos con la misma tipografía limpia y tranquilizadora, todos plastificados con esa clase de brillo que convierte cualquier frase en una amenaza educada.

CONVIVENCIA. ESCUCHA. FUTURO. COMUNIDAD.

TRANSPARENCIA. Palabras preciosas, desde luego.

Palabras que quedaban muy bien alineadas entre los árboles, con las montañas al fondo y la niebla todavía pegada a los tejados como si el colegio la fabricara en alguna sala técnica.

También eran palabras que, después de dos cursos en el Aurora, una aprendía a leer con cuidado, porque allí incluso las buenas intenciones venían con letra pequeña y, normalmente, con una prefecta mirando desde una esquina.

Martina caminaba a mi lado con una maleta que parecía haber nacido sabiendo deslizarse por grava húmeda.

La mía, en cambio, hacía un ruido bastante menos elegante, una especie de protesta asmática cada vez que una rueda encontraba una piedra.

No era exactamente la misma maleta con la que había llegado la primera vez, pero seguía teniendo ese aire de objeto que no acababa de creer que le correspondiera entrar en sitios así.

Yo tampoco, para qué mentir. Había aprendido a caminar por el Aurora sin bajar la mirada, había aprendido qué escaleras crujían, qué profesoras fingían no escuchar y qué alumnos podían insultarte sin mover demasiado la boca, pero eso no significaba que el edificio hubiera dejado de parecerme demasiado grande para mi nombre.

—Han cambiado los carteles —dijo Martina.

—Sí. Antes por lo menos nos vigilaban sin diseño gráfico.

Martina sonrió, pero no del todo. Esa era una de las cosas que habían cambiado en ella: antes sonreía como quien apartaba una cortina para dejar pasar luz; ahora a veces sonreía como quien comprueba primero si la ventana se puede abrir desde dentro.

Seguía siendo Martina, claro. Seguía teniendo esa manera suya de parecer tranquila incluso cuando estaba haciendo inventario mental de todas las posibles catástrofes.

Pero la Mesa 7, Elena, la pared, Casals, las familias hablando como si el dolor ajeno fuera un problema de comunicación, todo eso le había dejado una atención nueva en la cara.

No era dureza. Era algo más útil y más triste: experiencia.

—Igual esta vez sí quieren hacerlo bien —dijo, sin mucha convicción.

—Martina.

—Ya, ya. Lo he dicho flojito para que no conste.

—Aquí todo consta. Hasta las dudas.

La verja se abrió con un zumbido suave, casi amable.

Eso también era muy Aurora: hasta el mecanismo que te dejaba entrar parecía tener modales.

Un coche negro subía delante de nosotras, demasiado limpio para el barro del camino, y detrás venían dos alumnas nuevas con abrigos impecables, bufandas de casa todavía sin arrugas y esa expresión que yo recordaba demasiado bien: la mezcla exacta de miedo, esperanza y deseo desesperado de no parecer recién llegada.

Una de ellas miró hacia el edificio principal y se quedó quieta un segundo.

La otra le tocó el brazo, como diciendo vamos, pero sin decirlo, porque en sitios así una aprende rápido que incluso necesitar ánimo puede parecer una debilidad si lo haces en voz alta.

Yo quise decirle algo. No sé qué. Algo útil, supongo.

Algo como: no te creas todo lo que te digan, no firmes nada sin leerlo, si oyes un ruido dentro de una pared no asumas que es calefacción y, por el amor de Dios, elige bien dónde te sientas en el comedor.

Pero no se puede soltar todo eso a una desconocida en la entrada sin parecer exactamente lo que algunos profesores seguían intentando demostrar que eras: una alumna preocupante con tendencia a dramatizar.

Así que no dije nada.

Madurez, lo llamaban.

Una pena, porque se me daba fatal.

El vestíbulo principal estaba lleno de movimiento.

Familias despidiéndose con abrazos medidos, alumnos arrastrando baúles, prefectas repartiendo indicaciones, profesores fingiendo que aquel regreso era normal y no una operación quirúrgica con flores en la mesa.

Sobre la escalera central habían colgado una tela enorme con el nuevo lema del curso: VOLVER A CONSTRUIR COMUNIDAD.

Debajo, en letras más pequeñas, aparecía el sello del Instituto Aurora y, junto a él, el de la Fundación Aurora.

Ese segundo sello no estaba allí el año anterior.

O quizá sí y yo no lo había mirado con suficiente rabia.

Tenía una torre, una estrella y una línea curva que quería parecer camino, aunque a mí me pareció más bien una cuerda.

Nora nos encontró junto al tablón de avisos, con una mochila torcida, el pelo recogido de cualquier manera y una galleta en la mano.

No sé de dónde sacaba galletas Nora en momentos donde nadie más tenía acceso a nada comestible.

Era una habilidad inquietante, casi espiritual.

Me abrazó sin pedir permiso, lo cual en ella significaba que estaba nerviosa, contenta o a punto de cometer una imprudencia.

Posiblemente las tres cosas, porque Nora no era de desperdiciar estados de ánimo.

—Antes de que preguntéis —dijo—, The Lookout sigue vivo, técnicamente respirando y moralmente ofendido.

—Buenos días a ti también —dijo Martina.

—Buenos días cuando se demuestre que son buenos. De momento son institucionales, que es otra categoría.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

Nora señaló el tablón. Entre horarios de clases, distribución de habitaciones, normas de convivencia revisadas y una circular sobre el uso responsable de canales internos, había un cartel nuevo, bastante más grande que los demás.

JUEGOS DE LAS CASAS. SEMANA DE INTEGRACIÓN, EXCELENCIA Y CONVIVENCIA.

Debajo aparecían los símbolos de las casas, rutas por colores, menciones a pruebas académicas, deportivas, artísticas y nocturnas, y una frase final que decía: Una tradición recuperada para caminar juntos hacia el futuro.

—¿Caminar juntos hacia el futuro? —leí—. ¿A quién han encerrado para escribir esto?

—A alguien con contrato fijo —dijo Nora—. Es el verdadero terror.

Martina se acercó al cartel, con esa concentración suya que no parecía agresiva hasta que ya te había desmontado la vida entera por orden alfabético. Leyó las fechas, los responsables, los nombres del comité organizador. A mitad de la lista se le tensó un poco la mandíbula.

—Hay familias del patronato metidas en esto.

—Qué sorpresa —dije—. Un evento precioso, restaurador y carísimo respaldado por personas que nunca han tenido que restaurar nada que no fuera su imagen.

—También está Falcón —añadió Martina—. Y Montalvo en la parte académica. Elvira en convivencia.

Eso me frenó un poco. Falcón había firmado medidas incómodas cuando otros habrían preferido barnizar la pared y llamar a eso reparación.

Montalvo había conseguido hablar de error, prueba e incriminación técnica sin convertir a Bruno en un ejemplo de laboratorio, lo cual, en el Aurora, contaba casi como heroicidad.

Y Elvira había cambiado protocolos de habitaciones con lenguaje claro, cosa que parecía pequeña hasta que recordabas que este colegio había convertido durante años el lenguaje incomprensible en una forma de cerrar puertas.

—O sea —dije—, que no todo huele a cadáver.

Nora me miró.

—Alma.

—Es una metáfora.

—En tu boca nunca se sabe.

Tenía razón, lo cual fue molesto. El año anterior nos había enseñado que una no debía bromear con ciertas cosas porque el Aurora tenía la pésima costumbre de tomarlo como reto.

Pero también era verdad que si dejaba de bromear cada vez que algo me daba miedo, tendría que pasarme el curso entero hablando como una circular, y para eso ya estaba la dirección.

Celia llegó con Amina unos minutos después.

Celia traía una carpeta apoyada contra el pecho, como si fuera un escudo homologado.

Amina venía mirando los carteles con una cara que no prometía paz institucional.

Llevaba el abrigo abierto, las manos en los bolsillos y ese modo suyo de caminar como si el suelo le debiera una explicación.

Cuando vio el anuncio de los Juegos, soltó una risa seca.

—Ah, perfecto. Después de dos cursos demostrando que el sistema protege a quien ya tiene protección, han decidido ponernos a competir por casas. Qué concepto tan fresco.

—Se supone que es para mezclar grupos —dijo Celia—. Hay equipos intercasas, pruebas cooperativas y supervisión adulta.

—Celia, cariño, has dicho “supervisión adulta” como si eso aquí tranquilizara.

—No he dicho que tranquilice. He dicho que existe.

—También existen los partes disciplinarios y mira qué aportación a la civilización.

Celia suspiró, pero sin enfadarse. Otra cosa que había cambiado: antes necesitaba que las normas significaran algo estable.

Ahora seguía necesitándolo, porque Celia sin estructura habría sido como una biblioteca sin estanterías, pero ya no confundía estructura con justicia. Era una mejora enorme y agotadora.

—Hay una reunión general después de comer —dijo—. Presentan el nuevo programa de convivencia, los Juegos y el sistema de rutas.

—Rutas —repitió Nora—. Siempre una palabra estupenda en un colegio lleno de sitios donde no deberíamos entrar y gente encantada de que entremos para luego culparnos por entrar.

Martina me miró de reojo.

—No hagas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de “yo no voy a entrar en ningún sitio prohibido, pero solo porque todavía no sé cuál”.

—Qué injusta eres conmigo.

—Soy exacta. Es distinto.