Lo que vio Lucía
Para entender por qué murió su hermana, Clara tuvo que reconstruir sus últimas semanas.
Y lo hizo como reconstruía todo: con paciencia, con piezas, juntando el diario de tapas de tela, los recuerdos de Nando y los de otros dos de la antigua pandilla que, ahora que el nombre se había dicho en la plaza, se atrevían por fin a hablar.
El diario terminaba de forma abrupta, tres semanas antes de la última noche.
Las últimas páginas no hablaban ya de chicos del instituto ni de las ganas de irse del pueblo.
Hablaban de otra cosa. Lucía, con catorce años, había empezado a escribir en clave, con iniciales, con frases a medias, asustada de su propio cuaderno.
«Hoy he visto a T. en la cantera con un coche que no era el suyo.» «He preguntado a mamá por S.V. y se ha puesto rara. Todos se ponen raros con S.V.» «Creo que lo de que S.V. se fue a servir es mentira. Creo que pasó algo. Y creo que T. sabe.»
S.V. Sara Vidal. T. Tomás.
Su hermana, a los catorce años, había empezado a tirar del mismo hilo que Clara desenredaría veinte años después.
Había sido curiosa, lista, valiente y temeraria, todo a la vez, como son las niñas de catorce años que no saben aún que el mundo de los adultos castiga la curiosidad.
Había visto algo en la cantera. Había atado cabos sobre Sara Vidal.
Y, lo peor, lo que la condenó, lo había contado.
Eso lo supo Clara por Marcos, uno de la pandilla, que ahora era un hombre calvo y triste que vendía piensos en la comarca y que rompió a llorar en el bar de Nando al recordarlo.
—Lucía nos lo contó a nosotros —dijo Marcos—.
La última semana. En la pesquera. Nos dijo que había descubierto algo gordo, que la Sara Vidal no se había ido a ningún sitio, que estaba segura de que Tomás tenía algo que ver, que iba a contarlo, que iba a ir a la Guardia Civil de la capital.
Era una cría. Lo decía con esa cosa de las crías, medio jugando medio en serio, como si fuera una aventura.
Y nosotros nos reímos. Le dijimos que estaba loca, que Tomás era un tío legal, que dejara de inventar películas.
—Se tapó la cara—. Nos reímos de ella, Clara.
Tres días antes de que la mataran, nos reímos de ella.
Y alguien la oyó. O alguien lo contó. En este pueblo todo se cuenta.
Alguien le llevó a Tomás que la niña de los Heras andaba diciendo que iba a hablar.
Y Tomás hizo lo que hacía con las que iban a hablar.
Clara cerró el diario de su hermana con un cuidado infinito.
El rumor había subido de boca en boca, como subía todo en aquel pueblo, hasta los oídos de quien tenía la llave de la cantera.
Y una noche de regreso del río, en el punto ciego del molino, alguien la esperaba.
Su hermana, a los catorce años, había confiado en que contar la verdad la protegería.
Y contar la verdad era precisamente lo que la había matado.
Y luego la habían convertido en una rebelde que se marcha, en una persiana bajada, en unas cartas falsas. La habían matado dos veces: una en la cantera y otra en el relato. Le habían robado la muerte y le habían robado la verdad.
Y Clara se juró, con el diario contra el pecho, que se las iba a devolver las dos. La verdad y el nombre. Iba a hacer que el pueblo entero supiera que Lucía Heras no había huido de nada: que había sido la más valiente de todos, la única que habló, y que por eso la mataron.
Esa tarde, Clara hizo una cosa que llevaba semanas posponiendo.
Subió al cuarto de Lucía, el del altar de veinte años, y subió la persiana.
Por primera vez en dos décadas, la luz entró en la habitación de su hermana.
La luz gris de la sierra, la luz del río, la luz del pueblo que por fin había dicho el nombre.
El cuarto, iluminado, dejó de ser un mausoleo y volvió a ser lo que era: la habitación de una adolescente que tuvo el valor de ver claro.
Clara abrió la ventana. El aire frío entró y se llevó el olor a lavanda y a encierro.
Y desde la calle, abajo, los vecinos que pasaban levantaron la vista, sorprendidos, al ver subida, después de veinte años, la persiana de los Heras.
Que la vieran. Que el pueblo entero viera que aquella casa ya no escondía nada. Que la luz, por fin, entraba.