La caza
Tomás estuvo nueve días huido. Nueve días en que Robledal vivió con un miedo distinto a todos los anteriores: el miedo a que el hombre que conocía todas las casas, que tenía todas las llaves, que se movía por el monte como por su salón, volviera de noche a por la mujer que lo había desenmascarado.
La Guardia Civil dejó una patrulla fija en el pueblo.
Clara durmió esos nueve días con la escopeta de su padre cargada y la cómoda contra la puerta.
Y muchos vecinos, por primera vez, echaron también el cerrojo, y algunos, los que tenían su llave colgada en la clínica, cambiaron las cerraduras.
Lo encontraron en una nave abandonada a sesenta kilómetros, una antigua granja de cerdos que había sido cliente suyo años atrás y de la que, cómo no, guardaba la llave.
Lo encontraron por el todoterreno, que un pastor vio aparcado y reconoció de las noticias.
Cuando la Guardia Civil rodeó la nave al amanecer, Tomás no se resistió.
Salió con las manos en alto, sin la escopeta, con la barba de nueve días y la ropa sucia.
Y lo único que dijo, según le contaron a Clara, fue una frase que la persiguió mucho tiempo:
—Yo solo arreglaba los problemas del pueblo. Preguntad. Preguntad a cualquiera. Yo siempre he ayudado a todo el mundo.
Y lo terrible era que, en su cabeza retorcida, lo creía.
Ese era el monstruo: no un demonio de película, sino un hombre que se había contado a sí mismo, durante décadas, que las niñas que veían demasiado y hablaban demasiado eran «problemas» que él «arreglaba», igual que arreglaba una pensión o conseguía una medicina.
Un hombre que había convertido el horror en un servicio más, en un favor más en la telaraña de favores con que tenía atrapado al pueblo.
La banalidad absoluta del mal, con bata de veterinario y sonrisa fácil.
Lo trajeron esposado, lo pasaron por delante del juzgado de la capital entre cámaras, porque el caso ya había saltado a los periódicos: «Hallados varios cuerpos en una cantera de la sierra.
Detenido el veterinario del pueblo.» Las niñas de Robledal eran de pronto un titular nacional, un escándalo, un caso.
Periodistas subieron al pueblo, cámaras, micrófonos.
Y el pueblo que durante veinte años había callado se encontró de pronto teniendo que mirarse en la pantalla, teniendo que explicar lo inexplicable: cómo nadie sabía nada cuando todos sabían algo.
Clara no quiso hablar con los periodistas.
Cerró la puerta verde y se quedó dentro, con su madre, blindando los últimos días de Marta contra el circo.
Pero una tarde, una periodista distinta a las demás llamó a la puerta.
No traía cámara ni equipo. Una mujer de unos cuarenta años, con una libreta y una grabadora pequeña y un coche viejo aparcado calle abajo, que no preguntó por el morbo sino que dijo algo que hizo que Clara, por primera vez, dudara antes de cerrar:
—Me llamo Laura —dijo la mujer—. Soy periodista, pero no de los de la tele.
Yo escribo sobre esto desde hace años. Sobre pueblos que callan.
Sobre desapariciones viejas que nadie investigó.
Y le voy a ser sincera: lo de su hermana no es un caso aislado.
He visto patrones parecidos en otros pueblos de esta comarca y de otras.
Familias que prosperan de golpe. Niñas que «se van a servir».
Cartas que llegan y luego dejan de llegar.
No quiero molestarla en estos días, sé cómo está su madre.
Solo quería dejarle mi número. Por si algún día, cuando todo esto pase, quiere hablar.
Porque creo que lo de Robledal es una pieza de algo más grande.
Y usted, que ha llegado hasta el final, a lo mejor algún día quiere saber dónde lleva el hilo.
Clara cogió la tarjeta. No dijo nada. Pero la guardó, en lugar de tirarla, y la frase de la periodista se le quedó dentro, latente: «una pieza de algo más grande».
No le dio importancia entonces, abrumada como estaba por la agonía de su madre y el entierro pendiente de su hermana. Pero la guardó. Y la tarjeta de Laura quedó en un cajón de la casa de la puerta verde, esperando, como esperan las cosas en aquella familia, su momento.
Esa noche, Clara le contó a su madre que habían cogido a Tomás.
Marta, que apenas hablaba ya, que se apagaba por horas, abrió los ojos al oírlo. Y en aquellos ojos secos, durante toda una vida secos, se encendió algo que era casi una última llama.
—¿Está preso? —susurró—. ¿De verdad? ¿No se ha escapado, no ha llegado justo a tiempo, no lo han soltado por ser quién es?
—Está preso, madre. En la cárcel de la capital. Esposado. Lo he visto en la tele. Se acabó. Esta vez no llegó a tiempo. Esta vez llegamos nosotras antes.
Marta cerró los ojos. Una sonrisa débil, infinitamente cansada, infinitamente en paz, le cruzó la cara surcada.
—Entonces ya está —dijo—. Ya puedo. —Apretó por última vez el pendiente azul que no había soltado en días—.
Entiérrala con su nombre, hija. Con los dos pendientes.
Y dile... cuando la entierres, dile que su madre lo siente.
Que tardó veinte años, pero al final habló. Díselo. Que su madre, al final, habló.
Y Clara, conteniendo el llanto, le prometió que se lo diría.