Las pozas
Clara no subió. La sargento se lo había prohibido y, además, no se atrevía.
Se quedó abajo, en la casa, velando a su madre, esperando noticias que llegaban a cuentagotas por teléfono.
El primer día bajaron el nivel del agua de la poza mayor con bombas.
El segundo, los buzos empezaron a rastrear el fondo, un fondo de lodo y de décadas.
El georradar marcó anomalías en el lecho. El tercer día encontraron huesos.
No fueron solo los de Lucía.
Una de ellas, por la ropa, por unos restos textiles granates, por un pendiente de aro que hacía pareja con el que Clara había encontrado en la orilla, era casi con seguridad Lucía. Otra, más antigua, encajaría con la edad y la fecha de Sara Vidal. Y había más.
Más niñas. Más «marchadas». Más cartas falsas, quizá, en otras cajas de hojalata de otras casas del pueblo.
Un agujero negro que había estado tragando, durante décadas, a las niñas que hacían demasiadas preguntas, mientras el pueblo entero aprendía de memoria la historia de que se habían ido a servir a la ciudad.
Clara colgó el teléfono y se sentó en las escaleras de la casa, y allí lloró, por fin, no solo por Lucía, sino por todas.
Por Sara Vidal, cuya familia había prosperado el año que perdió a una hija.
Por las otras, las sin nombre todavía, las que alguien lloraría cuando se publicaran las identidades.
Por su madre, que había cargado con su trozo de aquel horror durante veinte años.
Lloró hasta quedarse vacía, sentada en las escaleras de la casa de la puerta verde, mientras arriba su madre dormía y afuera el río bajaba indiferente.
Cuando se le acabaron las lágrimas, subió. Marta estaba despierta. La miró a la cara y supo que su madre ya lo sabía. Encarna se lo habría dicho, o lo habría adivinado, o simplemente lo había sabido siempre, en el fondo.
—Eran más, ¿verdad? —dijo Marta, muy bajo—. No solo la mía. Más niñas.
Clara asintió, incapaz de hablar.
Marta cerró los ojos. Y de su pecho salió un suspiro larguísimo, el suspiro de quien ve confirmado el tamaño exacto de la oscuridad que sospechó durante toda una vida y nunca se atrevió a medir.
—Dios mío —murmuró—. Cuántas madres. Cuántas como yo, callando.
Sin saber unas de otras. Cada una con su caja de cartas en su cuarto cerrado.
—Abrió los ojos, y miró a Clara con una lucidez terrible—.
Si una sola hubiera hablado, hija. Una sola.
—Negó con la cabeza, despacio—. Pero ninguna habló. Yo tampoco. Hasta ahora.
—Tú has hablado, madre. Has sido la primera. Y por eso ahora van a tener nombre todas. Todas las que estaban en esa agua. Por ti.
Marta no respondió. Apretó el pendiente.
Y Clara vio que la respiración de su madre se iba haciendo más lenta, más espaciada.
Y supo, con el conocimiento antiguo que tiene el cuerpo de estas cosas, que el final estaba cerca.
Que su madre, una vez dicho todo, una vez sabido todo, una vez cumplida la promesa, empezaba por fin a soltarse de la vida como quien suelta una cuerda que ya no hace falta sostener.
—No te vayas todavía —susurró Clara, cogiéndole la mano—. Aguanta a que la entierren. A que entierren a Lucía con su nombre. Quédate para eso, madre. Por favor.
—Lo intento, hija —dijo Marta, con los ojos cerrados y una sonrisa cansada—. Lo intento. Pero ya peso menos. ¿Sabes? Llevaba veinte años pesando como una piedra. Y ahora peso menos. Me voy a poder ir. Por fin me voy a poder ir.