Contra el reloj
Era la única testigo directa de la confesión de Tomás aquella noche de hacía veinte años.
Si Marta moría antes de declarar formalmente ante el juez de instrucción, su declaración en el cuartel seguiría existiendo, sí.
Pero perdería fuerza, sería el testimonio de una muerta que un buen abogado podría discutir.
Si Marta declaraba ante el juez, ratificándolo, mirándolo a los ojos, el caso se volvía de hierro.
Clara llamó a la sargento al amanecer.
—Mi madre se muere —dijo, sin rodeos—. De verdad.
Esta vez de verdad. Días, dice el médico.
Necesito que el juez le tome declaración ya.
Aquí, en casa o en el hospital, donde sea, pero ya.
No puede esperar a citaciones ni a plazos.
Si esperan, se muere antes y se quedan sin su testimonio. Por favor.
La sargento entendió. Movió lo que había que mover.
Y dos días después, en el dormitorio de la casa de la puerta verde, con la niebla del río entrando por la ventana, se celebró algo insólito en la historia de Robledal: un juez de instrucción, venido de la capital, con su secretaria y su ordenador portátil y la sargento de testigo, le tomó declaración a una mujer moribunda incorporada sobre dos almohadas, con un pendiente azul en la mano.
Marta declaró. Despacio, parándose a respirar entre frase y frase, con un hilo de voz que la secretaria tenía que pedirle que repitiera, pero declaró entero, sin saltarse nada.
Los favores. La telaraña. La noche de la puerta.
Las palabras exactas de Tomás: «Una hija ya no la tienes, ¿quieres perder a la otra?
» Las cartas que él se encargó de hacer llegar durante quince años para sostener la mentira.
Las amenazas veladas a lo largo de dos décadas.
La ropa con barro que le mandó quemar. Todo.
Y al final, cuando el juez le preguntó si ratificaba todo lo dicho a sabiendas de que la implicaba a ella misma, Marta levantó la cabeza de la almohada con un último esfuerzo y dijo, con una claridad que sorprendió a todos:
—Lo ratifico. Y quiero que conste una cosa más, señoría.
Que lo que hice, callar veinte años, fue una cobardía y un delito, y lo pago con lo que sea, aunque sea pagarlo muerta.
Pero que lo hice por miedo a que me mataran a la otra hija.
Y que llevo veinte años deseando este día.
El día de poder decirlo. Ya está dicho. Ya me puedo morir.
—Buscó la mano de Clara, que estaba a su lado—. Ya me puedo morir tranquila, hija.
El juez, un hombre acostumbrado a las miserias humanas, tuvo que carraspear y mirar la pantalla un momento antes de seguir.
La secretaria tecleaba con los ojos brillantes.
La sargento miraba por la ventana la niebla.
Y Clara apretaba la mano de su madre, conteniendo el llanto, sabiendo que acababa de presenciar el acto más valiente de una vida entera de silencio: una mujer moribunda condenándose a sí misma para enterrar a su hija y desenmascarar a su asesino.
Cuando el juez y su comitiva se fueron, con la declaración firmada y archivada, blindada ya contra el tiempo y contra los abogados, Marta se dejó caer sobre las almohadas, exhausta, vaciada. Pero con una sonrisa de paz que no se le borró.
—¿Lo he hecho bien? —preguntó, como una niña.
—Lo has hecho perfecto, madre. —Clara le besó la frente—. Lo has hecho como una valiente. Ya está. Ya lo has dicho todo. Ya pueden buscar a Lucía. Ya nadie le va a poder tapar la boca a la verdad. Por ti.
—Por mí no —murmuró Marta, cerrando los ojos—.
Por ella. Por mi niña. —El puño se le aflojó un poco sobre el pendiente, pero no lo soltó—.
Cuando la saquen del agua... cuando la encuentren...
ponle los pendientes, hija. Los dos. Que esté guapa.
Le gustaba estar guapa. Ponle los pendientes y entiérrala con su nombre.
Lucía Heras. Con su nombre escrito en la piedra.
No quiero más nombres escondidos en esta familia.
Su nombre. Grande. Donde lo vea el pueblo entero cada vez que pase por el cementerio.
—Se lo pongo, madre. Te lo juro. Su nombre, grande, donde lo vea todo el pueblo.
Marta sonrió, con los ojos cerrados, y se quedó dormida apretando el pendiente de su hija menor, mientras su hija mayor la velaba.
Y afuera, en la sierra, una unidad de la Policía Judicial con un georradar y un equipo de buceo empezaba a montar sus máquinas en el borde de las pozas negras, para sacar por fin del agua, después de veinte años, a la niña que subió una noche el camino del molino riéndose de algo.