El pueblo elige un culpable
Tomás no estaba en su casa cuando la Guardia Civil fue a detenerlo a media mañana. Ni en la clínica. El todoterreno blanco había desaparecido.
Pero la cantera ya estaba precintada desde el amanecer, con la cinta azul y blanca cruzando el portón de la verja y un agente custodiando el material de obra sin tocar. Y eso era lo que importaba: el hormigón no había llegado a caer. El agujero negro seguía guardando lo que guardaba.
La noticia de que la Guardia Civil había precintado la cantera y buscaba a Tomás corrió por Robledal en menos de una hora, como corría todo, de boca en boca, de ventana en ventana.
Y el pueblo, que durante veinte años había callado, reaccionó de la única manera que sabía: cerrando filas. Pero no como Clara esperaba.
Lo entendió esa misma tarde, en la tienda, cuando entró a comprar y el silencio cayó sobre el local como una losa. Las mujeres que cuchicheaban se volvieron a mirarla, y en aquellas miradas no había gratitud ni alivio. Había reproche. Hostilidad. Como si la culpable fuera ella.
—Mira la de la ciudad —oyó murmurar a una—. La que ha traído a la Guardia Civil al pueblo. Con lo bien que estábamos.
—Y todo por revolver. Veinte años en paz y viene esta a revolver.
Clara salió de la tienda con las manos vacías, temblando de rabia.
No de miedo: de rabia. El pueblo no veía un crimen destapado.
Veía una intrusa que había roto la paz, esa paz que se sostenía sobre los huesos de unas niñas en una poza.
Y para no tener que mirarse a sí mismo, necesitaba un culpable cómodo.
Y el culpable cómodo no iba a ser Tomás, el santo, el que arreglaba las cosas, el que entraba en todas las casas. Iba a ser otro.
Lo encontraron rápido. Lo encontraron, como encuentran siempre los pueblos a sus chivos expiatorios, en el más débil, en el más raro, en el que no tenía a nadie que lo defendiera.
El Quico.
El Quico era un hombre de unos sesenta años que vivía solo en una casucha a las afueras, medio ido, que recogía chatarra y hablaba solo y daba miedo a los niños.
Siempre había sido el raro del pueblo, el del que se reían, el que cargaba con las culpas pequeñas de todo: si desaparecía una gallina, el Quico.
Si se rompía algo, el Quico. Y ahora, de pronto, en las conversaciones del bar y de las ventanas, empezó a circular una idea nueva, redonda, conveniente: ¿y si las niñas, Sara Vidal, Lucía, todas las que se habían «marchado», las había hecho desaparecer el Quico?
El raro. El que vivía cerca del monte. El que daba miedo.
Tenía todo el sentido. Era perfecto. Permitía tener un monstruo sin tocar a nadie querido, sin que el pueblo tuviera que admitir que el monstruo había sido durante veinte años el hombre al que todos sonreían, el que les curaba las vacas y les fiaba las medicinas.
Clara vio cómo se montaba la historia en tiempo real, en dos días, igual que veinte años atrás se había montado en uno la de que Lucía «se fue».
Vio cómo el pueblo, con una eficiencia espeluznante, fabricaba un culpable a su medida.
Y vio, con horror, hacia dónde iba aquello cuando una noche oyó voces en la plaza, gritos.
Se asomó y vio a un grupo de hombres del pueblo, calentados por el vino y por el miedo, bajando hacia la casucha del Quico con linternas y palos, dispuestos a hacer justicia ellos mismos, a sacar al monstruo que necesitaban que fuera él.
Clara no lo pensó. Salió de casa y bajó corriendo a la plaza, se plantó delante del grupo, en mitad de la calle empedrada, sola, una mujer contra quince hombres.
—¡Parad! —gritó—. ¡El Quico no ha sido! ¡El Quico no le ha hecho nada a nadie! ¡Lo sabéis! ¡En el fondo lo sabéis todos!
—¡Quita, forastera! —Uno de los hombres, Tinín, el carnicero, avanzó hacia ella—. ¡Esto es cosa nuestra! ¡Tú has traído la desgracia y ahora nosotros la arreglamos!
—¿Arreglarla? —Clara no se movió—. ¿Linchando a un pobre infeliz que no ha hecho nada para no tener que mirar al que sí lo ha hecho?
¿Esa es vuestra manera de arreglarlo? ¡La misma de siempre!
¡Buscar al débil, cargarle el muerto y seguir mirando para otro lado!
¡Lleváis veinte años haciéndolo! ¡Todos!
¡Sabíais lo de las niñas y callasteis, sabíais que el Quico no era y ahora queréis colgárselo para no tener que decir el nombre que sí sabéis!
—Los miró uno a uno, a la luz de las linternas, y muchos bajaron la vista—.
¡Tomás! ¡El nombre es Tomás! ¡Decidlo! ¡Por una vez en vuestra vida, decid el nombre de verdad!
Se hizo un silencio terrible en la plaza. Los hombres se miraron entre sí. El nombre, dicho en voz alta, en mitad de la calle, por primera vez en veinte años, quedó flotando en el aire como algo físico, imposible de devolver al silencio.
Tinín, el carnicero, bajó el palo. Otro lo bajó también. La furia del grupo, que necesitaba un blanco fácil, no sabía qué hacer ante una mujer que les ponía delante el blanco difícil, el verdadero, el que les obligaba a reconocerse cómplices.
—Iros a casa —dijo Clara, más baja ya, agotada—. Iros a casa y por una vez dejad que sea la justicia la que diga quién hizo qué. No vosotros. No otra vez vosotros. Iros a casa.
Y uno a uno, en silencio, los hombres del pueblo dieron media vuelta y se fueron, dejando al Quico a salvo en su casucha y a Clara sola en mitad de la plaza, temblando, bajo la luz amarilla de la única farola, con el nombre todavía flotando en el aire de la noche.
Detrás de ella, en la oscuridad de un portal, una voz de mujer susurró:
—Bien hecho, hija.
Era Encarna. Había salido a la plaza también, sin que nadie la viera, dispuesta vaya a saber a qué. Se acercó a Clara y le puso una mano en el brazo, y por primera vez la vieja del disimulo y los silencios la miró con la cara descubierta del todo, sin máscara.
—Llevo cuarenta años esperando que alguien dijera ese nombre en la plaza —dijo Encarna—. Cuarenta. Gracias por decirlo tú. —Le apretó el brazo—. Ahora ven, que tu madre te necesita. Se ha puesto muy mala mientras estabas aquí gritando lo que había que gritar. Corre, hija. Corre, que se nos va.