La casa de los espejos rotos (Pueblos que callan 1) La noche más larga
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La noche más larga

La sargento llamó a las cuatro de la madrugada. Clara, que no dormía, que velaba en la cocina con la escopeta de caza de su padre cargada sobre la mesa y la puerta atrancada con la cómoda, contestó al primer tono.

—¿Están a salvo? —La voz de la sargento, despierta, tensa—. ¿Usted y el testigo?

—En mi casa. Atrancada. Mi padre y mi madre arriba.

—Bien. No abran a nadie. A nadie, ¿me oye?

Aunque sea él diciendo que viene a ver a su madre.

A nadie. —Un silencio—. He visto las fotos.

El pendiente, las máquinas. Esto cambia la urgencia entera.

He despertado al juez de guardia. Con el material que tienen y lo de los disparos de esta noche, va a dictar medidas cautelares de urgencia: prohibición de obras en la cantera con efecto inmediato y precinto del lugar.

Y una patrulla va para allá ahora mismo, de la capital, para precintar antes de que amanezca y antes de que él pueda meter una sola paletada de hormigón.

Si ha subido material, es que pensaba empezar ya.

Vamos a llegar antes. —Otra pausa—. Y se va a emitir una orden de detención.

Por lo de esta noche, los disparos, tenemos suficiente para detenerlo ya, sin esperar a lo del cuerpo.

¿El testigo, el tal Nando, declara lo de los disparos?

—Declara. Estaba conmigo. Nos disparó dos veces.

—Perfecto. Eso es flagrante o casi. Con eso lo metemos dentro hoy mismo y ya investigamos lo demás con él controlado, no suelto por el pueblo.

—La sargento bajó la voz—. Clara, lo han hecho ustedes muy mal y muy bien a la vez.

Subir solos de noche a enfrentarse a un sospechoso armado es una temeridad que podía haberles costado la vida, y se lo digo bien claro para que conste: no se vuelve a hacer.

Pero si no llegan a subir, ese hombre rellena la cantera esta semana y nos quedamos sin nada para siempre.

Así que han forzado las cosas. Ahora déjennos a nosotros.

Cierren, no abran, y esperen. En unas horas esto se mueve. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Clara colgó. Y por primera vez en semanas, algo parecido a la esperanza le aflojó el nudo del pecho. Iban a precintar la cantera antes del amanecer. Iban a detener a Tomás hoy. La máquina lenta de la justicia, empujada por una noche temeraria, había echado a correr de golpe.

Subió a ver a su madre. Marta estaba despierta, como siempre, pero peor. La noche le había sentado mal, respiraba con dificultad, tenía los labios azulados. Clara se asustó.

—Madre, ¿estás bien? ¿Te doy la pastilla del corazón?

—Estoy bien, hija. —La voz era un soplo—. Solo cansada. Muy cansada. —Buscó la mano de Clara—. ¿Lo has encontrado? Esta noche. Has subido, lo sé, te he oído salir. ¿Has encontrado algo de ella?

Clara dudó. Luego abrió el puño y le mostró el pendiente, limpio ya del barro, el aro fino y la piedrecita azul brillando a la luz de la mesilla. Marta lo miró. Y un sonido salió de ella, un gemido que era llanto y era reconocimiento y era, de algún modo terrible, alivio.

—Sus pendientes —susurró—. Los azules. No se los quitaba nunca. Yo le decía que era muy cría para tanto adorno y ella... —Se le quebró—. Dámelo. Déjame tenerlo.

Clara le puso el pendiente en la palma. Marta lo cerró contra el pecho, sobre el corazón que fallaba, igual que había apretado la sudadera granate, y cerró los ojos.

Y por sus mejillas surcadas cayeron las lágrimas despacio, sin sollozo, el llanto sereno de quien lleva veinte años esperando una prueba de que no estaba loca.

De que su hija de verdad había estado allí.

De que su silencio había guardado un crimen real y no una invención de su culpa.

—Madre —dijo Clara, sentándose en la cama, cogiéndole la mano libre—.

Hoy van a precintar la cantera. Y hoy van a detener a Tomás.

La sargento me lo ha dicho. Se acabó. Pero te necesito.

Te necesito viva para que se lo cuentes tú misma a un juez, con tu voz.

Tu palabra vale más que todo lo demás. ¿Me oyes?

Tienes que aguantar un poco más. Por Lucía. Por ti.

Marta abrió los ojos. Y sonrió, una sonrisa débil pero entera.

—Aguanto —dijo—. Te lo prometí, ¿no? Que aguantaría hasta decirlo delante de quien hiciera falta.

Una madre cumple. —Apretó el pendiente—.

Ahora ve a descansar tú un poco, hija, que llevas semanas sin dormir y tienes cara de muerta.

Yo me quedo aquí, con ella. —Levantó el puño cerrado sobre el pendiente—.

Con las dos. Vela tú, que yo velo a tu hermana.

Clara no se fue a descansar. Se quedó en la silla junto a la cama de su madre, cogiéndole la mano, las dos en silencio en el cuarto en penumbra, mientras afuera la noche más larga de sus vidas empezaba, por fin, a clarear.

La niebla subía del río. En algún lugar de la sierra, a aquella hora, una patrulla de la Guardia Civil subía por el camino de la cantera con un rollo de cinta de precinto y una orden judicial en la mano, para sellar el agujero negro antes de que el hombre que caía bien a todo el mundo pudiera taparlo con hormigón.

Y en la casa de la puerta verde, dos mujeres que habían tardado veinte años en dejar de mentirse velaban juntas, con un pendiente azul entre ellas, la llegada de la luz.