La huida
—Dame eso —dijo Tomás, señalando con la barbilla el puño cerrado de Clara, el móvil en su otra mano—.
El teléfono y lo que has cogido del suelo.
Despacio. Y no hagáis ninguna tontería, que estamos los tres muy lejos de todo y el monte se traga los ruidos.
Lo sé bien. Llevo veinte años comprobándolo.
Clara y Nando estaban al borde de la poza, con el agua negra a la espalda y el hombre delante, cortándoles la única salida hacia la verja.
La linterna de Nando, caída en el suelo, alumbraba de lado, alargando las sombras.
Clara pensaba a toda velocidad, el corazón golpeándole, calculando distancias imposibles.
La escopeta. El borde resbaladizo. La oscuridad.
—Ya es tarde, Tomás —dijo, y se sorprendió de que la voz le saliera firme—.
Las fotos ya no están solo en este teléfono.
—Mentira. O media mentira. No las había enviado aún.
Pero él no podía saberlo—. Lo he mandado todo.
La Guardia Civil de la capital ya lo tiene.
La ropa, las cartas, lo de Sara Vidal, lo que ha declarado mi madre.
Todo. Si nos pasa algo esta noche, eres lo primero que van a mirar. Ya no eres invisible. Se acabó.
Algo cambió en la silueta de Tomás. Una vacilación. La escopeta bajó un par de centímetros.
—Mientes —dijo. Pero no sonaba seguro.
—¿Tú crees? —Clara dio un paso al lado, despacio, apartándose de Nando para obligarlo a elegir entre los dos—.
Mi madre ha declarado, Tomás. Todo. La noche que viniste a casa.
Lo que le dijiste. Los favores. El chantaje.
Está firmado en un cuartel donde tú no conoces a nadie, donde no tienes ninguna llave colgada de ninguna pared.
Por primera vez en veinte años hay algo escrito sobre ti en un sitio al que no llegas.
—Otro paso—. Puedes rellenar la cantera de hormigón hasta arriba.
Da igual. Aunque tapes a Lucía para siempre, ya hay una denuncia.
Ya hay una sargento que sabe tu nombre. Ya no se trata de un cuerpo. Se trata de ti.
Funcionó. La vio funcionar en él, en el modo en que la seguridad de toda una vida se le agrietaba, en el cálculo frenético que le cruzó la cara de hombre acostumbrado a tenerlo todo controlado y que de pronto descubre una variable que se le ha escapado.
Y en esa fracción de segundo de duda, Clara gritó:
—¡Nando, la luz!
Nando reaccionó. De una patada mandó la linterna del suelo hacia la poza, y la luz giró en el aire y se apagó al caer al agua. Y la explanada quedó de golpe en una oscuridad casi total, rota solo por los faros lejanos del todoterreno allá arriba, que no alcanzaban el fondo de las terrazas.
Tomás disparó. El fogonazo iluminó la noche un instante y el estampido rebotó en las paredes de roca, ensordecedor, pero el perdigón se perdió en la oscuridad, contra la piedra, sin encontrar carne.
Clara ya había agarrado a Nando del brazo y los dos corrían, agachados, no hacia la verja, donde él los esperaría, sino lateralmente, bordeando las pozas, hacia el otro extremo de la cantera, hacia las terrazas altas, hacia el monte abierto.
—¡No vais a ningún sitio! —La voz de Tomás detrás, ya sin calidez, pura rabia—. ¡Conozco esto mejor que nadie!
Pero el monte de noche no es de nadie. Clara y Nando treparon por las terrazas a oscuras, arañándose, resbalando en el barro rojo, guiándose por el resplandor del cielo y por la memoria que Nando tenía del terreno de cuando eran niños.
Oyeron a Tomás disparar otra vez, lejos, hacia donde creía que iban y no iban.
Oyeron el motor del todoterreno arrancar, los faros barriendo la explanada buscándolos.
Pero ellos ya estaban fuera de la cantera, en la ladera del monte, corriendo entre las encinas, bajando a ciegas hacia el valle, hacia las luces minúsculas y lejanas del pueblo.
No pararon hasta llegar, sin aliento, ensangrentados de zarzas, al camino del molino.
Allí, doblados, jadeando, Clara comprobó con dedos temblorosos que el móvil seguía en su bolsillo y funcionaba.
Y que el pendiente de Lucía seguía apretado en su puño, tan fuerte que el aro se le había clavado en la palma y le había hecho sangre.
No lo había soltado. En toda la huida, en la carrera y los disparos y la caída, no había soltado el pendiente de su hermana.
—Manda las fotos —jadeó Nando—. Ahora. Antes de que pase nada más. Manda todo.
Clara lo hizo allí mismo, en mitad del camino, a la luz de la pantalla: todas las fotos, a la sargento, con un mensaje escrito con dedos que no le obedecían.
«Tomás en la cantera ahora mismo con escopeta.
Nos ha disparado. Va a rellenarla de hormigón, está todo subido, máquinas y cemento.
Encontrado pendiente de Lucía en la orilla.
Hay que parar las obras YA.» Le dio a enviar.
La barra de progreso subió, lenta, agónica, en aquel monte de mala cobertura. Y por fin: enviado.
Se sentaron en una piedra junto al molino en ruinas, temblando de frío y de adrenalina, esperando a que el corazón les volviera al cuerpo.
El pueblo dormía abajo, ignorante, con sus persianas bajadas y sus secretos guardados.
Y arriba, en algún punto del monte, el hombre que había gobernado aquel silencio durante veinte años conducía a oscuras buscándolos, sabiendo por fin, con certeza, que se le había acabado el tiempo.
—Ya lo sabe —dijo Clara, mirando la negrura del monte—. Ahora él sabe que nosotros sabemos. Y nosotros sabemos que él sabe. Se acabó fingir.
—Sí —dijo Nando, pasándose el dorso de la mano por la frente ensangrentada—. ¿Y ahora qué?
Clara cerró el puño sobre el pendiente.
—Ahora corre la justicia o corre él. Y rezamos por que mi madre aguante para contarlo en voz alta delante de un juez. Porque su palabra, viva, vale más que todo lo que hay en mi teléfono.
Bajaron al pueblo en silencio, por el camino del molino, el mismo que veinte años atrás había subido una niña de catorce años riéndose en la oscuridad, sin saber que la esperaban.