La casa de los espejos rotos (Pueblos que callan 1) La cantera de noche
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La cantera de noche

Subieron a pie, por el camino del molino, para no delatarse con los faros de un coche.

Nando llevaba una linterna potente de las del bar y una barra de hierro.

Clara, la pala pequeña, el móvil y un nudo de miedo en el estómago.

La noche era cerrada, sin luna, con un frío que cortaba.

Y el monte de madrugada era otro monte, un sitio de sombras y crujidos donde cada rama partida sonaba como un paso y cada paso podía ser el de alguien.

Llegaron a la explanada. La verja nueva brillaba débilmente bajo la linterna, la tela metálica, el candado. Pero esa noche había algo más, y Clara lo vio antes que Nando, y se le paró el corazón. Junto a la caseta de bloques, aparcada, silenciosa, había una máquina.

Una retroexcavadora. Grande, amarilla, con la pala embarrada. Y al lado, un montón de sacos de cemento apilados bajo una lona, y una hormigonera pequeña, y tubos.

Las obras. No eran un rumor ni una amenaza futura. Estaban allí. Tomás no había mentido en eso. Iba a rellenar la cantera, y el material ya estaba subido, listo para empezar quizá al día siguiente, quizá esa misma semana.

—Joder —susurró Nando—. Va en serio.

—Hay que entrar. —Clara fue hacia la verja, hacia el candado—. Hay que ver qué hay ahí dentro antes de que lo tapen. Ayúdame.

Nando metió la barra de hierro entre el candado y la cadena e hizo palanca. El candado era bueno, pero la armella del poste no tanto. Cedió con un chasquido que sonó en el silencio del monte como un disparo.

Los dos se quedaron quietos, conteniendo el aliento, escuchando. Nada. Solo el viento y, muy abajo, el río.

Empujaron el portón y entraron en la zona prohibida.

Allí el terreno descendía en terrazas hacia las pozas mayores, las charcas profundas de agua negra.

Bajaron con cuidado, alumbrando cada paso, hasta el borde de la primera poza.

El agua estaba quieta, opaca, devolviendo la luz de la linterna como un espejo de aceite.

Clara la miró y sintió un vértigo antiguo, el miedo de la infancia a aquel agua de la que se decía que no se salía.

—Si está aquí —dijo Nando en voz baja—, está ahí abajo. En el agua. Estas pozas son hondas. Muy hondas. —Tragó saliva—. No la vamos a sacar nosotros dos con una pala, Clara. Esto necesita buzos, máquinas. Lo que tú decías de la Guardia Civil.

Tenía razón, y Clara lo sabía, y por eso lo que había subido a buscar no era el cuerpo.

Era otra cosa. Una prueba que detuviera el hormigón.

Algo que pudiera fotografiar esa misma noche, mandar a la sargento, forzar la urgencia.

Recorrió el borde de las pozas con la linterna, buscando, y Nando la ayudó, los dos agachados, rastreando el suelo pedregoso, el barro rojo, las orillas.

Fue Nando quien lo encontró. Un destello entre dos piedras, en el barro de la orilla de la segunda poza, medio enterrado. Se agachó, escarbó con los dedos y lo levantó: una cosa pequeña, metálica, embarrada. La limpió con el pulgar. Y la luz de la linterna arrancó un brillo dorado.

Un pendiente. Pequeño, de aro fino, con una piedrecita azul.

Clara lo cogió con manos temblorosas. Y supo.

Lo supo igual que había sabido lo de la sudadera.

Porque en la foto de Lucía riéndose en la fiesta, su hermana llevaba unos pendientes de aro con una piedrecita azul, un regalo de cumpleaños, sus pendientes favoritos, los que no se quitaba nunca, los que le encantaba ponerse para fastidiar a su madre, que decía que era muy joven para tanto adorno.

—Es de Lucía —susurró Clara, y las lágrimas le nublaron la vista—. Es de mi hermana. Estuvo aquí. Aquí, Nando. Estuvo aquí.

No era solo un pendiente perdido. Era la prueba física, en la orilla misma de la poza, de que Lucía Heras había estado en aquella cantera.

Junto con el barro de la ropa, junto con la confesión de Marta, junto con lo que Nando vio en el camino del molino, era el clavo que cerraba el círculo.

Clara sacó el móvil, fotografió el pendiente, el lugar exacto donde estaba, las pozas, la máquina, los sacos de cemento, todo, con manos que apenas le obedecían, documentándolo como le había enseñado el miedo a no ser creída.

Y entonces, arriba, en la explanada, dos faros se encendieron de golpe, blancos, cegadores, apuntando hacia ellos.

Y una voz, conocida, cálida, terrible en el silencio del monte:

—Sabía que no harías caso. —Tomás. De pie junto a su todoterreno, una silueta negra contra sus propios faros, bajando hacia ellos sin prisa—.

Lo sabía. En cuanto te vi la cara el otro día, supe que ni de coña te habías rendido.

Las mujeres de tu familia no os rendís. Es lo que más me gusta y lo que más me jode de vosotras.

—Avanzó un paso más. En la mano llevaba algo largo.

Una escopeta, vio Clara, una escopeta de caza—.

Tu hermana tampoco se rindió. Por eso estamos aquí los dos otra vez, veinte años después. Por curiosa. Por no rendirse.

Clara apretó el pendiente en el puño, agarró el brazo de Nando. Y los dos retrocedieron hacia el agua negra, acorralados, sin salida, mientras el hombre que caía bien a todo el pueblo bajaba hacia ellos por la terraza, sin prisa, recortado contra la luz, con la escopeta y la voz suave.