La casa de los espejos rotos (Pueblos que callan 1) Normalidad
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Normalidad

Los días siguientes el pueblo siguió su curso de siempre, con su niebla de madrugada y su sol de mediodía y su murmullo de río.

Y Clara se obligó a entrar en ese curso como si nada.

Hacía la compra en la tienda. Saludaba en la plaza.

Subía el caldo a su madre. Y dos veces Tomás se pasó por la casa a hacer su ronda de enfermo, y Clara tuvo que abrirle la puerta, y sonreírle, y darle conversación.

Y verlo sentarse al borde de la cama de Marta y cogerle la muñeca con sus manos suaves, mientras por dentro le gritaba todo.

Tomás también fingía. Los dos fingían, frente a frente, en aquella habitación, una partida de ajedrez sin tablero.

Él estaba más atento que nunca, Clara lo notaba: la observaba con el rabillo del ojo, medía sus palabras, tanteaba.

Una tarde, mientras anotaba la tensión de Marta en su libretita, dijo, sin levantar la vista:

—Te noto más tranquila estos días, Clara. Me alegro. Has dejado de darle vueltas a lo de antes, ¿verdad? Has entrado en razón. —Levantó los ojos, la sonrisa puesta—. Se nota cuando una persona hace las paces con el pasado. Se le pone otra cara. Me alegro mucho por ti. Y por tu madre.

—Tenías razón —mintió Clara, sosteniéndole la mirada con un esfuerzo que le costó el alma—. Remover no servía de nada. Solo le hacía daño a mi madre. Ahora solo quiero que esté tranquila el tiempo que le quede.

—Eso es. —Tomás asintió, satisfecho, y por un momento Clara creyó que se lo había tragado. Pero entonces el veterinario añadió, guardando la libretita, en un tono ligero—: ¿Y al final fuisteis al hospital? Lo de la segunda opinión. Con la avería de la rueda y todo.

El corazón de Clara dio un vuelco. Era una pregunta-trampa, y lo sabía. Tomás sabía que habían salido del pueblo aquel día. Las había visto en el cruce. Pero no sabía adónde habían ido al final, porque no las había seguido o las había perdido. Y ahora pescaba.

—Fuimos —dijo Clara, con una naturalidad que no sentía—. Pero perdimos la cita por la rueda, llegamos tardísimo, y al final el médico no pudo vernos. Un viaje para nada. Mi madre acabó agotada. Ya no insisto más con eso. Para lo que va a servir.

Tomás la miró. Un segundo de más. Buscando la grieta. Y Clara, que había aprendido en aquellas semanas a mentir como mentía el pueblo entero, con la cara lisa, le sostuvo la mirada sin pestañear.

—Claro —dijo él al fin—. Para lo que va a servir.

Bien hecho. —Se levantó, recogió el maletín.

Pero en la puerta del cuarto se detuvo, y sin volverse del todo, añadió—: Por cierto, ¿sabes que en la cantera vieja van a hacer obras?

Me ha dicho el del ayuntamiento que igual la rehabilitan, la rellenan, la sellan de una vez, que es un peligro con esas pozas.

Ya era hora. Lleva ahí abandonada toda la vida.

—Ahora sí se volvió, y la miró a los ojos—.

La van a rellenar entera. De hormigón. Una pena, con lo bonito que es el sitio.

Pero más vale, ¿no? Esos agujeros del monte no traen más que desgracias. Mejor taparlos para siempre.

Y se fue, dejando a Clara helada en mitad del cuarto.

Lo había entendido perfectamente. No era un comentario sobre obras públicas. Era un mensaje. Tomás iba a rellenar la cantera de hormigón. Iba a sellar para siempre, bajo metros de cemento, lo que hubiera en el fondo de aquellas pozas negras.

Quizá ya lo tenía en marcha. Quizá no sospechaba la denuncia y solo era una precaución de fondo, su forma de borrar pruebas año tras año.

O quizá sí sospechaba, y aquello era la jugada para dejar a la justicia sin nada que encontrar.

En cualquier caso, el resultado era el mismo: si metían hormigón en la cantera, Lucía desaparecía por segunda vez, y esta para siempre.

Clara bajó a la cocina con las piernas temblando. La sargento había dicho semanas. La orden judicial, el georradar, los forenses: semanas. Y Tomás iba a rellenar la cantera, según él, ya. La carrera estaba perdida de antemano si esperaba a la justicia.

Llamó a la sargento desde la cocina, en voz baja, con la puerta cerrada. Le contó lo de las obras, lo del hormigón. La sargento maldijo entre dientes.

—Eso lo cambia todo —dijo—. Si va a destruir el escenario, hay que acelerar la orden de urgencia.

Voy a llamar al juzgado ahora mismo, a ver si lo declaran inminente.

Pero, Clara, óigame bien: usted no haga nada.

Nada. No suba a esa cantera, no le diga nada a nadie, no se enfrente a ese hombre.

Si él la ve nerviosa, si sospecha que sabe lo del hormigón, acelera él también.

Aguante unos días. Déjenos correr a nosotros. Por favor.

Clara colgó. Miró por la ventana de la cocina la mole oscura de la sierra, donde, en algún pliegue del monte, una excavadora podía estar ya escupiendo hormigón sobre los huesos de su hermana.

Y supo, con una claridad que le dio miedo de sí misma, que no iba a poder aguantar unos días.

Que no iba a poder dejar correr a nadie.

Que si la justicia llegaba tarde, su hermana se perdía para siempre, y eso ella no lo iba a permitir.

Esa noche, cuando la casa se durmió, Clara bajó al cobertizo, cogió una linterna, una pala pequeña, la cámara del móvil con la batería cargada. Y llamó a la única persona del pueblo que sabía que no la traicionaría, porque llevaba veinte años esperando, como ella, a que alguien removiera.

—Nando —susurró al teléfono—. ¿Te atreves a subir conmigo a la cantera esta noche?