La rueda
Sacar a Marta de la casa no era sencillo.
La enferma apenas podía con su cuerpo, no aguantaba sentada más de un rato, necesitaba sus pastillas a horas fijas.
Pero Clara lo planeó. Pediría cita en el hospital de la capital con la excusa de una segunda opinión médica, algo perfectamente justificable, y aprovecharían el viaje, las horas fuera del pueblo, para hablar.
Y de paso, si Marta se atrevía, para pasar por el cuartel de la Guardia Civil de la ciudad, lejos del puesto de Robledal, donde el cabo era amigo de cazar de Tomás.
Llamó al hospital. Consiguió cita para el jueves. Tres días.
Esos tres días los vivió Clara en una tensión permanente.
Dormía a ratos, con el cerrojo echado y una silla atrancando el pomo, sobresaltándose con cada crujido de la casa.
Dos veces, de madrugada, le pareció oír pasos fuera, en la calle empedrada, deteniéndose frente a la puerta verde.
Una noche el gato se erizó y bufó hacia la ventana de la cocina sin razón aparente.
Clara empezaba a no saber qué era miedo real y qué era el miedo fabricándose fantasmas. Pero una cosa la tenía clara: Tomás sabía. No qué exactamente, pero sabía que algo se movía en aquella casa. Que Marta estaba a punto de hablar. Que los tres días de calma eran la calma de antes de algo.
La mañana del jueves, Clara metió a su madre en el coche con un esfuerzo enorme.
La abrigó, le puso el cinturón, colocó las pastillas y una manta en el asiento de atrás.
Encarna las miraba desde su puerta, con los brazos cruzados y una expresión que Clara no supo leer.
¿Preocupación, miedo, aviso? Miguel se había ido al monte temprano, huyendo, como siempre, de lo que no podía mirar de frente.
Clara arrancó. Bajó la calle empedrada con cuidado, cruzó la plaza, enfiló hacia el puente, hacia el cartel de ROBLEDAL DE LA SIERRA que marcaba la salida. Y al tomar la curva del puente, al pisar el freno para encarar la bajada, notó algo raro.
El coche tiró hacia un lado. El volante vibró. Un golpeteo sordo, rítmico, subió desde la rueda delantera derecha.
—¿Qué pasa? —murmuró Marta desde el asiento del copiloto, agarrándose.
Clara frenó despacio y detuvo el coche en el arcén, justo pasado el puente, con el río sonando abajo. Se bajó. Dio la vuelta. Y se quedó mirando la rueda delantera derecha, deshinchada del todo, plana sobre el asfalto. No era un pinchazo normal.
En el flanco del neumático, limpio, recto, había un corte.
Un tajo hecho con algo afilado. Alguien había rajado la rueda por la noche, lo justo para que aguantara hasta que el coche cogiera velocidad y luego cediera.
Lo justo, comprendió Clara con un escalofrío, para que reventara en la bajada del puente, en la curva, con su madre dentro.
No para asustar. Para hacer daño.
Se quedó de pie junto a la rueda rajada, temblando, mirando el corte limpio en la goma. Y entonces, en el silencio que siguió al motor apagado, oyó otro motor. Uno que se acercaba por detrás, despacio, bajando hacia el puente desde el pueblo. Se volvió.
El todoterreno blanco. Impecable. Bajó hasta su altura y se detuvo. La ventanilla descendió con un zumbido suave. Tomás, al volante, las miró con una expresión de sorpresa y preocupación tan perfecta que habría engañado a cualquiera.
—¡Clara! Pero ¿qué ha pasado? —Se bajó, rodeó el coche, miró la rueda, chasqueó la lengua—.
Madre mía. Una rueda. ¿Adónde ibais con tu madre, con lo delicada que está?
—Se asomó a saludar por la ventanilla—. Marta, ¿está usted bien?
Qué susto. —Y luego, volviéndose hacia Clara, bajando la voz, con los ojos clavados en los suyos—: Menos mal que ha sido aquí, en la curva, y despacio.
Imagínate que llega a reventar más abajo, en la cuesta, a velocidad, con tu madre dentro.
No quiero ni pensarlo. —Una pausa milimétrica—.
Hay que tener cuidado con los coches, Clara.
Mirar las ruedas. Estas carreteras de montaña no perdonan un descuido.
Anda, dejadme que os ayude. Os llevo yo a donde fuerais. ¿Adónde ibais?
Clara lo miró. Lo miró sabiendo, con una certeza absoluta que no necesitaba prueba, que aquel hombre había rajado la rueda de madrugada con la llave de su propia casa abriéndole el paso.
Y que ahora aparecía en el momento exacto, casualmente, providencialmente, ofreciéndose a llevarlas él mismo a donde fuera.
A tenerlas en su coche. A saber su destino. A controlar.
—Al hospital —dijo Clara, sosteniéndole la mirada—. A la capital. Segunda opinión para mi madre.
—Ah, qué bien hecho. Os llevo.
—No hace falta. Ya viene la grúa. —Mentira. No había llamado a ninguna grúa. Pero lo dijo con una firmeza que sorprendió al propio Tomás—. Y un taxi para nosotras. Lo tengo todo. Gracias, Tomás. De verdad. No te molestes.
Algo pasó por la cara del veterinario. La contrariedad de quien tiene un plan y ve que se le tuerce. Duró menos que un parpadeo. Luego, la sonrisa.
—Como quieras. Pero al menos te cambio yo la rueda, mujer, que no vas a estar tú ahí con el gato.
—Y se agachó, abrió el maletero del coche de Clara, sacó la rueda de repuesto y el gato, y se puso a cambiarla con una eficiencia tranquila, silbando bajito, allí mismo, en el arcén, junto al río.
Clara lo miraba hacer y entendía que esa era exactamente su forma de operar: el daño y el remedio venían en el mismo paquete, de la misma mano sonriente.
Te rajaba la rueda y te la cambiaba. Te metía en la deuda y te sacaba del apuro.
Te quitaba a una hija y te traía las cartas.
Siempre imprescindible. Siempre el bueno.
Siempre con la llave de tu casa colgada de su pared.
Cuando terminó, se limpió las manos con un trapo, le guiñó un ojo a Marta, que no le devolvió la mirada, y se subió a su todoterreno.
—Conduce con cuidado, Clara —dijo por la ventanilla—. Y revisa esa rueda nueva en cuanto puedas. Por si acaso. Nunca se sabe.
Se fue. Clara se quedó en el arcén con su madre temblando en el coche y la rueda rajada en el maletero, que no pensaba tirar, que pensaba guardar como guardaba todo, como prueba.
Y supo dos cosas con total claridad. Una: que el viaje a la capital de hoy ya no era seguro, que él sabía adónde iban, que las esperaría o las seguiría.
Y dos: que se le acababa el tiempo. Que Tomás había pasado de las advertencias a los hechos. Que la próxima rueda rajada a lo mejor reventaba en la cuesta.
Tenía que sacar a su madre de allí y hacerla hablar antes de que fuera tarde. Y tenía que hacerlo de un modo que él no pudiera prever.
Volvió a meterse en el coche. Su madre la miró con los ojos muy abiertos, llenos de un terror antiguo.
—¿Lo ves? —susurró Marta—. ¿Ves cómo es? Siempre llega justo a tiempo. Siempre. Lleva veinte años llegando justo a tiempo.
—Hoy no —dijo Clara, arrancando, dando media vuelta hacia el pueblo en lugar de seguir hacia la capital, cambiando el plan sobre la marcha—. Hoy se le va a torcer. Agárrate, madre. Nos vamos. Pero no adonde él cree.