La visita
Clara metió la sudadera bajo la colcha en un movimiento rápido, instintivo.
Y se puso de pie justo cuando Tomás aparecía en el umbral con su maletín de cuero y su sonrisa de siempre.
La sonrisa se detuvo un instante, apenas un parpadeo, al captar algo en el aire del cuarto: la cara descompuesta de Marta, los ojos rojos de Clara, la tensión que se podía cortar.
Tomás era demasiado listo para no notarlo.
Pero también era demasiado listo para darlo por notado.
—Vaya —dijo, con suavidad, dejando el maletín en la cómoda—.
¿Os he interrumpido? Lágrimas. —Chasqueó la lengua con afecto—.
Madre e hija. Está bien llorar, Marta, no se aguante.
Y tú, Clara, no la canses con cosas tristes, que bastante tiene.
—Se sentó al borde de la cama, en el sitio de siempre, y le cogió la muñeca a Marta para tomarle el pulso.
Marta se dejó, rígida, mirando un punto fijo de la pared—.
Uy, qué taquicardia. ¿Lo ves? Disgustos, no.
El corazón de tu madre no está para disgustos.
—Levantó los ojos hacia Clara. La voz seguía siendo cálida, pero en la mirada había ahora otra cosa, algo frío y atento que asomó un segundo y se escondió—.
¿De qué hablabais, que la habéis puesto así?
—De cosas de familia —dijo Clara.
—Cosas de familia. —Tomás asintió, comprensivo—.
Claro. Hay mucho que hablar después de tantos años, imagino.
Mucho que poner en orden. —Soltó la muñeca de Marta y le dio una palmadita en la mano—.
¿Verdad, Marta? Mucho que poner en orden antes de...
bueno. Antes. Pero con calma. Las cosas, con calma, que las prisas son malas y a veces uno dice cosas que luego, en frío, ve que no eran como creía.
—Lo dijo mirando a Marta, pero Clara entendió perfectamente que la frase era para ella.
Una advertencia envuelta en algodón—. ¿No le parece, Marta?
Que hay que tener cuidado con remover el pasado.
Que el pasado, removido, a veces salpica a quien menos te imaginas. A los que uno quiere proteger.
Marta cerró los ojos. Una lágrima le rodó por la mejilla hasta la almohada. No dijo nada.
Tomás se volvió hacia Clara con la sonrisa intacta.
—¿Me acompañas abajo un momento? Quiero comentarte una cosa de la medicación, y a tu madre la dejamos descansar, que falta le hace. —Recogió el maletín—. Descanse, Marta. Mañana me paso otra vez. Y no se preocupe usted por nada, ¿eh? Por nada. Que para eso estoy yo.
Bajaron la escalera. En el zaguán, junto al espejo manchado que partía las caras en dos, Tomás dejó el maletín en el suelo, se volvió hacia Clara y, por primera vez desde que ella había vuelto, dejó caer un poco la máscara.
No del todo. Tomás nunca la dejaba caer del todo.
Pero lo justo para que Clara viera, debajo de la cordialidad, el filo.
—Clara —dijo, en voz baja, sin sonreír ya—.
Te voy a hablar claro, porque te tengo aprecio y porque eres una mujer inteligente.
Tu madre se muere. Le quedan días, puede que semanas.
Y esos días pueden ser tranquilos o pueden ser un infierno, y eso depende mucho de ti.
—Hizo una pausa—. Andas haciendo preguntas por el pueblo.
Subes a la cantera. Vas a la parroquia. Preguntas por gente que ya no está.
Y todo eso, además de no llevar a ningún sitio, le hace daño a tu madre.
La altera. Le sube la tensión. ¿De qué sirve?
Lucía se fue hace veinte años, hija. Lo que pasó, pasó.
Hurgar en eso no te la va a devolver. Solo va a conseguir que tu madre muera disgustada, y que tú te lleves de este pueblo un mal recuerdo en lugar de la paz de haberla acompañado hasta el final.
—Le puso una mano en el hombro, un gesto que pretendía ser afectuoso y que a Clara le pesó como una garra—.
Déjalo estar. Por tu madre. Es un consejo de amigo.
Clara lo miró. Miró aquella mano en su hombro, aquella cara que el pueblo entero adoraba, aquellos ojos que ahora, de cerca, ya no le parecían cálidos sino calculadores.
Los ojos de alguien que llevaba décadas leyendo a la gente para saber qué resorte tocar en cada uno.
Y sintió miedo, un miedo físico, real, el de estar a un metro de algo peligroso.
Pero sintió, por encima del miedo, una rabia fría que la sostuvo.
—¿Tú llegaste a conocer a mi hermana, Tomás? —preguntó—. Antes de que se fuera. ¿La conociste?
La mano se quedó quieta en su hombro. Un segundo. Dos.
—Poco —dijo Tomás—. Era una cría. La vería por el pueblo, como a todos.
—Retiró la mano, recogió el maletín, recuperó la sonrisa como quien se vuelve a poner un sombrero—.
Piensa en lo que te he dicho. Por tu madre.
—Abrió la puerta. La luz de la calle entró en el zaguán—.
Ah, y Clara. —Se volvió en el umbral, recortado contra la luz—.
Cierra bien por las noches. Con todo lo que se oye ahora, una mujer sola en una casa con dos enfermos...
nunca se sabe. Aunque, bueno. —Sonrió—. Aquí todos tenemos llave de todo, así que tampoco sirve de mucho. Es un decir. Cuídate.
Y se fue, dejando la frase flotando en el aire como un gas.
Clara cerró la puerta. Echó el cerrojo, aunque sabía, ahora con toda certeza, que el cerrojo no servía de nada contra un hombre que tenía colgada en su clínica una llave con la etiqueta «Casa Heras».
Se apoyó en la puerta, temblando, y se quedó mirando su reflejo partido en dos en el espejo manchado del fondo del pasillo.
Acababa de oír, de la boca del propio Tomás, dos mentiras. «Lucía se fue»: pero la ropa con barro rojo decía que no. «A tu hermana la conocí poco, era una cría»: pero el modo en que se le había quedado la mano quieta en el hombro decía que no.
Y había oído, sobre todo, una amenaza. Limpia, sonriente, indemostrable. «Cierra bien por las noches.» «Todos tenemos llave de todo.»
Subió a ver a su madre. Marta seguía con los ojos cerrados, la sudadera granate otra vez apretada contra el pecho bajo la colcha.
—Madre —dijo Clara, sentándose a su lado—. No le tengas miedo. Ya no. Yo estoy aquí. Cuéntamelo todo y vamos juntas a quien haga falta, lejos de aquí, a la Guardia Civil de la capital, a un juez, a quien sea. Pero fuera de este pueblo. Donde él no llegue.
Marta abrió los ojos. Y por primera vez en veinte años, en aquellos ojos secos, Clara vio algo que no era miedo ni dureza ni cálculo. Vio una decisión.
—Sí —dijo Marta—. Te lo voy a contar. Todo. Pero no aquí. Aquí las paredes tienen su llave. Sácame de esta casa, hija. Llévame a un sitio donde pueda hablar sin que me oiga el pueblo. Y te lo cuento todo. Te lo juro por tu hermana.