Sara Vidal
Encarna fregaba la entrada cuando Clara llegó de la parroquia. Al verle la cara se quedó quieta, con el palo de la fregona entre las manos, como un animal que husmea un cambio en el aire.
—¿Qué traes? —dijo—. Traes mala cara.
La fregona cayó al suelo con un golpe seco. El agua jabonosa se extendió por las baldosas. Encarna no se agachó a recogerla. Miraba a Clara con los ojos muy abiertos. Por un momento se le borró de la cara el disimulo de toda una vida y debajo apareció una mujer vieja y asustada.
—¿De dónde sacas tú ese nombre?
—Eso da igual. ¿Quién era?
Encarna miró a un lado y a otro de la calle.
Ese gesto que Clara ya empezaba a reconocer como el saludo de Robledal: comprobar quién escucha.
Luego la agarró del brazo con una fuerza inesperada, la metió en casa y cerró la puerta.
Solo entonces, en el zaguán a oscuras, con la espalda pegada a la pared, habló en un susurro.
—Esa niña no existe —dijo—. ¿Me oyes? No la nombres por la calle. No la nombres delante de nadie.
—Existió. Tenía dieciséis años. Se marchó en septiembre. Como las demás. —Clara repitió a propósito las palabras del cura, y vio cómo cada una golpeaba a la vecina—. ¿Cuántas, Encarna? ¿Cuántas chicas se marcharon en septiembre de este pueblo?
Encarna se deslizó pared abajo hasta quedar medio sentada en el banco del zaguán. Se tapó la cara con las manos mojadas de jabón. Cuando habló, lo hizo desde muy hondo, desde el sitio donde la gente guarda lo que no se ha permitido decir en décadas.
—Sara era la hija de los Vidal —dijo—. Los de la casa de abajo, junto al pilón.
Buena gente. Pobres. La niña era espabilada, lista, de las que hacen preguntas.
Demasiadas preguntas. —Tragó saliva—. Un septiembre, cuando tú eras una cría todavía, antes de lo de tu hermana, los Vidal amanecieron diciendo que Sara se había ido a servir a la capital.
Que había encontrado un trabajo en una casa buena.
Y nadie volvió a verla. Ni una carta, ni una visita en Navidad, nada.
Y nadie preguntó, hija. Nadie. Igual que después con tu hermana.
Se montó la historia, el pueblo la aprendió y se acabó.
—¿Y los padres? ¿No la buscaron?
Encarna soltó una risa amarga, terrible.
—Los padres de Sara dejaron de ser pobres ese mismo año —dijo—.
De repente arreglaron la casa. Compraron tierra.
Al hermano lo mandaron a estudiar fuera.
De la noche a la mañana, los Vidal, que no tenían dónde caerse muertos, prosperaron.
—Levantó la cara, con los ojos llenos de lágrimas viejas—.
¿Tú entiendes lo que te digo, Clara? ¿Entiendes lo que significa que una familia pobre prospere de golpe el mismo año que se le pierde una hija y no la busca?
Clara lo entendió. Lo entendió con una náusea que le subió por la garganta. Les habían pagado. A los Vidal les habían pagado por una hija. O les habían pagado para que no buscaran a una hija, que para el caso era lo mismo.
—¿Quién? —preguntó—. ¿Quién les pagó?
—Eso no lo sé. —Encarna negó con la cabeza, frenética—.
Eso no lo sabe nadie. O no lo dice nadie.
Pero el dinero en este pueblo, hija, el de verdad, el que arregla las cosas y compra los silencios, siempre ha venido del mismo sitio.
De los favores. Aquí no hay banco. Aquí, cuando necesitas algo, dinero, un trabajo para el hijo, una medicina cara, un papel que te falta, no vas al banco.
Vas a quien arregla las cosas. Y luego le debes.
Le debes para siempre. Y el día que te pide algo a cambio, se lo das, porque ya le debes el alma.
—¿Y mi madre? —La voz de Clara se quebró—. ¿Mi madre también le debía a alguien?
Encarna la miró con una pena infinita.
—Tu madre se quedó sola cuando tu padre empezó con la bebida y dejó el campo.
Vosotras erais pequeñas. No teníais para comer algunos meses, Clara, aunque tú no lo recuerdes.
Y alguien, en aquellos años malos, le arrimó el hombro.
Le adelantó dinero. Le trajo medicinas para tu padre.
Le consiguió la pensión esa que cobra, la que no le tocaba, la que le apañaron con un papel.
—Hizo una pausa larguísima—. Tu madre le debe a ese alguien desde casi antes de que naciera tu hermana. Y cuando le llegó el día de pagar...
No terminó. No hizo falta.
Clara se sentó en el banco, junto a la vieja, en el zaguán a oscuras, con el corazón hecho pedazos. Las piezas encajaban en una forma que no quería ver. Un hombre que arreglaba las cosas. Que adelantaba dinero, traía medicinas, conseguía papeles. Que caía bien a todo el mundo.
Que llevaba en el pueblo desde antes de que Lucía desapareciera. Que entraba en todas las casas. Que tenía la llave de la cantera.
—Encarna —dijo, y apenas le salía la voz—. Dime que no es Tomás.
La vieja no contestó. Cerró los ojos. Y su silencio, en aquel pueblo donde el silencio era el único idioma verdadero, fue la respuesta más clara que Clara había recibido desde que cruzó el puente.