La casa de los espejos rotos (Pueblos que callan 1) La clínica
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La clínica

La chica se llamaba Vanesa. Tendría veintipocos años y la cara aburrida de quien preferiría estar en cualquier otro sitio.

Apuntó los datos del gato y dijo que don Tomás volvería a la tarde, que si quería esperar o dejarlo ingresado para que él lo viera.

Clara dijo que prefería esperar un poco, a ver si el animal se calmaba, y pidió usar el baño.

El baño estaba al fondo, pasado un pasillo.

Y en ese pasillo Clara lo vio todo en los pocos segundos que tardó en recorrerlo.

Una puerta entreabierta a un despacho. Dentro, una pared entera de archivadores, filas y filas de carpetas con etiquetas.

Y, colgado junto a la puerta, un panel de corcho lleno de llaves.

Decenas de llaves, cada una con su etiqueta de cartón.

Clara se acercó como si buscara el baño y echó un vistazo rápido a las etiquetas. Se le heló la sangre. No eran llaves de jaulas ni de almacenes. Eran nombres. Apellidos del pueblo. «Casa Heras.» «Corral Robledo.» «Los Vidal.» «Pensión.» Y muchas más.

El veterinario tenía las llaves de medio pueblo.

Tenía sentido, se dijo, obligándose a la calma.

Un sentido perfectamente inocente: un veterinario rural entra y sale de granjas y casas a todas horas, a un parto de madrugada, a ver un animal cuando los dueños no están, a dejar pienso.

Era normal que la gente le dejara una llave.

Y al mismo tiempo no había nada normal en un hombre que guardaba, ordenadas y etiquetadas en un corcho, las llaves de las vidas ajenas de todo un pueblo.

«Casa Heras.» La de su propia casa. Donde dormía su madre moribunda, donde dormía ella. Tomás tenía la llave.

—¿Buscabas algo?

Clara se volvió de golpe. Vanesa estaba al fondo del pasillo, mirándola con esos ojos aburridos que de pronto no parecían tan aburridos.

—El baño —dijo Clara—. Perdona, me he confundido de puerta.

—Es esa. —La chica señaló—. La otra es el despacho de don Tomás. No se puede entrar.

—Claro. Perdona.

Clara se metió en el baño, cerró, se apoyó en el lavabo. Estaba pálida. El corazón le iba a mil. Sacó el móvil, dudó, y al final no se atrevió a salir a hacer fotos del panel con la chica vigilando. Pero ya lo había visto. Ya no se podía dejar de ver.

Cuando salió, Vanesa había vuelto al mostrador y trasteaba con el ordenador. Clara se acercó con el transportín, dispuesta a marcharse, y entonces, en un impulso que la sorprendió a ella misma, preguntó con el tono más casual que pudo fingir:

—Oye, ¿y vosotros guardáis fichas de todos los animales del pueblo? Mi madre decía que Tomás lo apunta todo.

—Todo —confirmó Vanesa, sin levantar la vista—.

Es un maniático. Cada visita, cada animal, cada cliente.

Lleva años. Tiene fichas de bichos que se murieron hace siglos.

Y no solo de los animales. —Bajó la voz, con el aire de quien comparte un chisme sin importancia—.

Apunta de la gente también. Quién le debe qué, quién le pidió qué favor.

Tiene una libreta negra para eso. Dice que es para acordarse, que tiene mala memoria, pero a mí me parece que se acuerda de todo perfectamente.

—Se encogió de hombros—. Cosas de viejos.

Una libreta negra. De favores. De quién le debe qué.

Clara salió con el gato bufando en el transportín y la cabeza dándole vueltas.

No tenía pruebas de nada. Tenía un panel de llaves, una libreta que no había visto, una verja con candado, un barro rojo, un nombre escrito a lápiz por un cura cansado, el silencio de una vieja.

Tenía atmósfera, sospecha, geografía. Pero nada que poner delante de un juez, nada que no se desmontara con una sonrisa cálida y un «pero hombre, si yo solo ayudo a la gente».

Y tenía, sobre todo, una certeza que crecía y daba miedo: el hombre del que empezaba a sospechar no era un monstruo escondido en las sombras.

Era un hombre que entraba en su casa con una llave propia, que le tomaba el pulso a su madre, que le traía el caldo, que le había pedido el número de teléfono.

Un hombre instalado en el centro de la vida del pueblo y de la suya.

Tan dentro, tan imprescindible, tan querido, que acusarlo sería como acusar al aire que todos respiraban.

Esa noche, antes de acostarse, Clara hizo algo que no había hecho nunca en aquella casa: echó el cerrojo de su cuarto por dentro.

Y se quedó despierta mucho rato, escuchando los ruidos de la casa, el crujido de la madera, el río.

Pensando en una etiqueta que decía «Casa Heras».

Pensando en cuántas noches, en veinte años, alguien habría podido entrar en aquella casa mientras dormían, con su propia llave, sin que nadie lo supiera.

Pensando en que su hermana, tal vez, no se había perdido en el camino del molino. Tal vez la habían estado esperando. Tal vez alguien sabía siempre, en aquel pueblo, exactamente dónde estaba cada cual.