La casa de los espejos rotos (Pueblos que callan 1) El cura y el registro
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El cura y el registro

Don Honorio llevaba cuarenta años de párroco en Robledal.

Tenía la cara amarillenta de los que han pasado la vida en sacristías frías y la sonrisa cauta de los que han oído demasiadas confesiones.

Recibió a Clara en el despacho parroquial: un crucifijo grande, un brasero de picón bajo la mesa camilla y, en una estantería, los lomos de cuero de los libros sacramentales.

Bautizos, matrimonios, defunciones. La memoria escrita del pueblo, generación tras generación, anotada con plumilla por una sucesión de curas muertos.

—La hija de Marta —dijo el cura, indicándole una silla—. Cuánto tiempo. Y en qué circunstancias. Rezo por tu madre todos los días.

—Gracias, don Honorio.

—¿Qué te trae por aquí, hija? —La sonrisa cauta, los ojos atentos—. No me parece a mí que vengas a confesarte.

—Vengo a preguntarle por mi hermana. Por Lucía.

El cura no se inmutó. O se inmutó de un modo tan controlado que Clara no lo vio. Bebió un sorbo de la achicoria que tenía a medias y dejó la taza.

—Tu hermana se fue del pueblo. Hace muchos años. Que yo sepa.

—Eso dice todo el mundo. —Clara se inclinó—. Usted lleva aquí cuarenta años. Lo sabe todo de todos. ¿Usted cree de verdad que mi hermana se fue?

El silencio del cura fue largo. Arriba, las campanas dieron las doce, una vibración que se sentía en el pecho. Cuando se apagó el último tañido, don Honorio habló eligiendo cada palabra, como quien pone los pies en un río resbaladizo.

—Hija, en cuarenta años he aprendido que no es lo mismo lo que uno cree que lo que uno sabe.

Y que de las dos cosas, la única que se puede decir en voz alta es lo que se sabe.

Y yo no sé nada de tu hermana. Nadie me confesó nada.

Nadie me trajo nada. —Hizo una pausa—. Lo que yo crea me lo llevaré a la tumba. Porque creer no es saber.

—Yo no quiero que usted gobierne nada. Quiero saber qué le pasó a mi hermana.

—Ya. —La miró con algo que pudo ser compasión o advertencia—.

Pero no es lo mismo querer saber que poder soportar lo que se sabe, Clara.

Este pueblo lo aprendió hace mucho. Por eso calla.

No por maldad. La gente de aquí no es mala.

Es que sabe que hay verdades que, una vez dichas, no dejan piedra sobre piedra. Y prefiere las piedras.

—Necesito ver una cosa —dijo Clara, cambiando de táctica—. El registro de defunciones. ¿Hubo otras desapariciones antes de la de Lucía? ¿Gente que se fuera y no volviera, o que muriera de forma rara, en los años anteriores?

Don Honorio la miró un largo rato. Y entonces, para sorpresa de Clara, se levantó, sacó de la estantería un libro grande, pesado, encuadernado en cuero gastado, y lo puso sobre la mesa.

—El registro de defunciones es público, en cierto modo —dijo—.

Y yo soy viejo, hija, y me queda poco, y a lo mejor también estoy cansado de las piedras.

—Lo abrió por una página marcada con una cinta, como si la tuviera preparada, como si supiera de antemano qué venía a buscar Clara—.

Mira tú misma. Yo voy a rezar las vísperas.

Tardo media hora. Si cuando vuelva el libro está donde lo he dejado, no he visto nada.

Y salió, dejándola sola con la memoria escrita del pueblo.

Clara pasó las páginas con cuidado. Defunciones, una tras otra, en la letra apretada de los curas. Viejos, niños de fiebres antiguas, accidentes de campo, una mujer de parto. La muerte normal de un pueblo normal. Buscó en los años anteriores a Lucía, contando hacia atrás. Y encontró algo.

No en las defunciones. Los desaparecidos no se anotan: no hay cuerpo, oficialmente no han muerto.

Pero el cura había dejado el libro abierto por una página concreta.

Y al margen de una defunción cualquiera, a lápiz, con una letra distinta, temblorosa, reciente, alguien había escrito una nota que no formaba parte del registro:

«No consta. Sara Vidal, 16 años. "Se marchó" en septiembre. Como las demás. Que Dios me perdone por callar. H.»

Sara Vidal. Dieciséis años. «Se marchó», entre comillas, en septiembre. Como las demás.

Como las demás. En plural. No una. Las demás.

Clara fotografió la nota con las manos temblándole.

El nombre se le clavó dentro: Vidal. Una chica, antes que Lucía, que también «se había marchado», también entre comillas, también en una de esas fechas en que el pueblo decidía que alguien había decidido irse.

Y la palabra del cura, escrita a lápiz para que la encontrara precisamente ella: las demás.

Cuando don Honorio volvió de las vísperas, el libro estaba cerrado y Clara se había ido.

Sobre la mesa, junto a la taza fría, había dejado una cosa: la estampa de la Virgen que el cura le había puesto delante al sentarse.

Al dorso, escrito con el bolígrafo del despacho, una sola palabra que era pregunta y promesa: «Gracias. »

El cura la leyó, se santiguó, y por primera vez en veinte años sintió que la losa pesaba un poco menos. No mucho. Un poco.