El camino del molino
Una mañana, en vez de subir otra vez a la cantera, Clara bajó al río y rehízo el camino al revés, como lo habría hecho su hermana, de noche, hacía veinte años. Quería ver lo que Lucía vio.
Bajó hasta la pesquera. El río formaba allí un remanso, una poza ancha donde de niños se bañaban, con una losa grande desde la que se tiraban de cabeza.
Seguía igual. El agua bajaba fría y clara, las cañas se mecían.
Cerró los ojos un momento y casi oyó las risas de la pandilla, las de Nando, las de su hermana, treinta años atrás. Luego empezó a subir.
El sendero ascendía entre alisos y zarzas, siguiendo una acequia seca.
A mitad de camino estaba el molino: mampostería desplomada, el tejado caído, las muelas todavía dentro, comidas de hiedra.
Clara se detuvo. Era el punto medio exacto entre el río y el pueblo.
El más solitario del trayecto. El sitio donde, si algo iba a pasar, pasaría.
Desde el molino no se veía ni el río ni el pueblo: una vaguada, un punto ciego.
Cualquiera podía esperar allí sin que lo vieran.
Cualquiera podía detener a alguien que subía sola, de noche, riéndose todavía.
Y del molino salía otro camino. Uno que Clara no recordaba: una vereda que se desviaba a la derecha, monte arriba, en dirección contraria al pueblo.
Medio borrada por la maleza, pero allí. Y al principio, clavada en un tronco, una flecha de madera vieja, con una palabra tallada a navaja que el tiempo casi había comido pero que aún se leía.
CANTERA.
Clara se quedó mirándola mucho rato. Desde el molino, desde el punto ciego del camino que subió Lucía aquella noche, salía una vereda directa a la cantera.
La de la verja con candado. La del barro rojo.
La cantera adonde subía el todoterreno del veterinario que llegó al pueblo dos años antes de aquella noche.
No era una prueba. Pero era una geografía, y contaba una historia que la versión oficial no contaba: que entre la risa de Lucía bajando del río y la puerta verde de su casa había un molino escondido y una vereda que llevaba a un agujero de agua negra cerrado con candado.
Sacó el móvil e hizo fotos: la flecha, la vereda, el molino, la vaguada. Estaba guardándolo cuando le vibró en la mano. Número desconocido. Dudó, y contestó.
—¿Clara? —Una voz de hombre, amable, conocida—. Soy Tomás. Perdona que te moleste. Me ha llamado Encarna, preocupada, dice que has salido temprano y que tu madre ha tenido mala noche. ¿Estás lejos? ¿Quieres que me pase yo a verla mientras vuelves?
Clara se quedó muy quieta en mitad del monte.
La pregunta era normal. La preocupación, normal.
Todo en Tomás era siempre normal, amable, útil.
Y sin embargo, de pie junto a una flecha que decía CANTERA, en el punto ciego donde se perdió su hermana, la voz cálida del veterinario le puso la piel de gallina.
—¿Cómo has conseguido mi número?
Una pausa. Brevísima. Apenas un latido. Pero Clara la oyó.
—Me lo dio tu madre el otro día —dijo Tomás, sin perder la calidez—. Por si pasaba algo y no localizaba a nadie. Hice bien en pedírselo, ¿no? —Una risita suave—. ¿Estás bien? Se te oye rara.
—Estoy bien. Dando un paseo. Vuelvo enseguida. No hace falta que te pases, gracias.
—Como quieras. Cualquier cosa, me llamas. —Y, antes de colgar, con el tono ligero de quien comenta el tiempo—: Bonito día para pasear por el monte. Aunque ten cuidado por la zona del molino, que está todo muy abandonado y hay pozos. No te vayas a caer en ninguno de los que no se sale.
Colgó.
Clara se quedó con el teléfono pegado a la oreja después de que la línea muriera. «La zona del molino.» Ella no le había dicho dónde estaba. Había dicho «el monte», «un paseo». Y él había nombrado el molino.
Podía ser casualidad. Podía ser que en Robledal solo hubiera un sitio donde pasear. Podía ser cualquier cosa inocente. O podía ser que el veterinario supiera exactamente dónde estaba ella, y que se lo estuviera haciendo saber con una frase amable sobre pozos de los que no se sale.
Guardó el teléfono, miró por última vez la flecha y bajó hacia el pueblo deprisa. Sin correr, pero deprisa. Con una certeza fría en el pecho: ya no investigaba sin ser vista. A partir de ese momento, alguien la miraba a ella.
Aquella tarde dejó de fingir que había venido solo a despedir a su madre. Sacó del bolso el fajo de cartas y la foto de Lucía y las extendió sobre la cama de su cuarto de adolescente. Al lado puso las fotos del móvil: la verja, la flecha, el molino. Empezó a construir un mapa.
Solo sabía que ya no podía parar.