Lo que Marta quema
Marta esperó a que la casa estuviera dormida. Sabía hacerlo. Llevaba veinte años haciéndolo.
Conocía la hora a la que Miguel se rendía en el cuartito de atrás, después de la última copa.
Y conocía ahora también el momento en que la respiración de Clara, en el cuarto de al lado, se volvía lenta y honda.
Esperó a que las dos respiraciones se aquietaran.
Entonces, con un esfuerzo que le arrancó un gemido, sacó las piernas de la cama y se incorporó.
El cuerpo ya casi no le servía. Eso era lo peor de morirse: no el miedo, que ya no lo tenía, sino la traición lenta de la carne.
Cada gesto que antes era nada se había vuelto una cumbre.
Llegar de la cama a la cómoda era una travesía.
Pero la hizo, agarrándose a los muebles, en la oscuridad que conocía de memoria.
Abrió el cajón de abajo, el de la ropa interior, y metió la mano hasta el fondo, debajo de las enaguas, hasta tocar el sobre.
No era una carta de Lucía. Las cartas ya no estaban: se las había llevado Clara.
Lo sabía, lo había visto en sus ojos al día siguiente, en esa dureza nueva, esa manera de mirarla calculando.
Su hija mayor había encontrado la caja, se había llevado las cartas y ahora escarbaba: subía a la cantera, preguntaba en el bar, removía. Removía, como había dicho Miguel.
Y Marta sabía, con la lucidez que da la muerte cerca, que ya no podría pararla.
Que tal vez ni quería pararla. Que una parte de ella, la que rezaba cada noche sin creer del todo, llevaba veinte años deseando en secreto que alguien removiera.
Que alguien la obligara, por fin, a soltar la piedra que le aplastaba el pecho desde aquella noche.
Pero todavía no. Quedaban cosas que no podían encontrarse. Cosas que no eran suyas para entregar. Cosas que, si salían antes de tiempo, no la hundirían solo a ella.
El sobre no contenía cartas. Contenía fotografías.
Y un papel doblado, con números y fechas que ella no había escrito y que llevaba veinte años sin atreverse a destruir.
Porque era, a la vez, su condena y su único seguro.
Mientras existiera ese papel, Tomás no estaba del todo tranquilo.
Y mientras Tomás no estuviera tranquilo, a ella la dejaba en paz.
Un equilibrio repugnante. El único que había tenido.
Arrastró los pies hasta la chimenea apagada del cuarto, la pequeña, la que ya no se encendía pero que ella mantenía con un resto de leña por costumbre. Se arrodilló como pudo, con un dolor que le subió de las rodillas a la nuca, y abrió el sobre.
Las fotografías eran viejas, de papel mate, de las que ya no se hacen. No necesitaba mirarlas para saber qué había en ellas. Aun así miró. Siempre miraba, como una penitencia.
En una estaba Lucía, su Lucía, con catorce años, riéndose con la cabeza echada atrás en una fiesta del pueblo.
Viva. Sin saber. En otra, un grupo de gente en la cantera, una merienda de hacía mucho, de antes de que pasara nada, vecinos posando torpes ante la cámara.
Y entre ellos, en un segundo plano que solo veía quien sabía dónde mirar, una cara y un gesto que lo explicaban casi todo.
Marta cogió esa foto. La sostuvo sobre la rejilla fría de la chimenea. Era la que más miedo le había dado siempre: una prueba de quién conocía a quién, de quién estaba dónde, de un mundo de tratos que el pueblo había fingido no ver.
Pero no la quemó. Esa no. La guardó otra vez en el sobre con manos temblorosas. Porque comprendió, arrodillada ante la chimenea muerta, que destruir las pruebas era exactamente lo que él querría. Que cada cosa que ella borrara era una cosa con la que él respiraba más tranquilo.
Lo que sí quemó fue otra cosa: unas notas suyas, de su puño y letra.
A lo largo de los años había ido escribiendo en ellas, cuando no podía más, lo que pensaba y no podía decir a nadie.
Una especie de diario de su culpa. Eso sí ardía sin dejar rastro.
Y eso no quería que lo encontrara Clara.
Porque en esas notas estaba ella, Marta, condenándose con sus propias palabras.
Y no quería que su hija leyera a su madre llamándose cobarde y cómplice a lo largo de veinte años de tinta.
Encendió una cerilla. La llama tembló en sus dedos. Acercó el papel y vio cómo prendía, cómo se rizaba y se ennegrecía, cómo las palabras que la acusaban se volvían ceniza. El olor a quemado subió fino en el aire frío.
Y entonces, a su espalda, en el umbral, una voz:
—¿Qué quemas, madre?
Marta se quedó helada. No había oído los pasos. Clara estaba en la puerta, en camisón, descalza, la cara blanca en la penumbra, mirándola arrodillada ante la chimenea con el papel ardiendo entre los dedos y el sobre en el regazo.
Por un instante eterno ninguna se movió. La llama consumió el último trozo y se apagó. Quedó el humo, el olor y el sobre.
—Nada —dijo Marta, y cerró la mano sobre el sobre con una fuerza que no sabía que aún tenía—. Papeles viejos. Cosas mías.
—Dame el sobre.
—No.
—Madre. —Clara entró, se arrodilló a su lado, y por primera vez en aquella casa le puso la mano en el brazo no con frialdad, sino con una súplica que las desarmó a las dos—.
Por favor. Dámelo. Sea lo que sea. Estoy harta de no saber.
Tengo treinta y ocho años y llevo media vida sin saber qué le pasó a mi hermana.
Y tú lo sabes. Lo has sabido siempre. Y te lo vas a llevar a la tumba si no me lo das. Por favor.
Marta la miró. En la oscuridad, la cara de Clara era la de Lucía, y la suya de joven, y la de todas las mujeres de aquella casa, una tras otra, cargando piedras. Y sintió que algo, dentro de ella, una viga que llevaba veinte años aguantando un peso imposible, empezaba a ceder.
Pero no aquella noche. No del todo.
—Cuando me muera —dijo, casi sin voz—. Cuando me muera, mira en el cajón de abajo.
Debajo de las enaguas. Y lo entenderás. Pero ahora no, hija.
Ahora todavía no puedo. Si lo digo ahora, todavía estoy viva para verle la cara al pueblo.
Déjame morirme primero. Es lo único que te pido. Déjame morirme primero.
Y Clara, que había ido a arrancarle la verdad, acabó abrazando a su madre moribunda en el suelo frío de un cuarto que olía a humo, sin saber ya quién consolaba a quién. Afuera, el río seguía bajando, indiferente, contándole a nadie lo que sabía.