La cantera
Plasencia tendría que esperar. Cuando Clara bajó con las llaves del coche, dispuesta a salir, se encontró a su padre sentado en el poyo de la entrada, liando un cigarro con dedos torpes. Por su manera de no mirarla, supo que llevaba allí un rato esperándola.
—¿Adónde vas? —preguntó Miguel.
—A dar una vuelta.
—Con el coche.
—Con el coche.
Su padre encendió el cigarro, dio una calada larga y soltó el humo hacia la niebla, que empezaba a deshacerse a media mañana.
—No vayas a Plasencia —dijo.
Clara se quedó con la llave a medio camino del bolsillo. No le había dicho a nadie lo de Plasencia. A nadie. Lo había decidido sola, de madrugada, mirando un matasellos en la cocina.
—¿Quién te ha dicho que voy a Plasencia?
Miguel tardó en contestar. Miró el cigarro como si la respuesta estuviera en la brasa.
—Encarna ha visto las cartas en la mesa. Y Encarna habla con tu madre. Y tu madre… —Se encogió de hombros—. Aquí no hace falta que digas nada para que se sepa lo que vas a hacer, hija. A veces lo saben antes que tú.
Era verdad, y daba escalofríos. Clara guardó la llave.
—¿Por qué no quieres que vaya?
—Porque no vas a encontrar a tu hermana en Plasencia.
—Lo dijo casi sin voz. Por un instante Clara creyó que iba a decir algo más, lo que llevaba veinte años atragantado.
Pero se levantó, tiró el cigarro a medio fumar y lo pisó con cuidado, como hacía todo, con un cuidado de hombre acostumbrado a no dejar huellas—.
No vas a encontrar nada bueno tirando de ahí. Nada. Te lo digo yo.
Y se metió en casa.
Clara se quedó sola en la calle. La niebla se levantaba, el pueblo despertaba: una persiana, un perro, un tractor calle abajo. Miró el coche.
Miró la sierra. Y en lugar de ir a Plasencia, hizo algo que no había planeado, que el cuerpo decidió por ella: echó a andar hacia el monte. Hacia la cantera.
No subía allí desde niña. La cantera estaba a las afueras, pasado el último corral, por un camino de tierra que trepaba entre encinas. De pequeños tenían prohibido tomarlo. «A la cantera no se va», decían las madres del pueblo, todas.
Era una de esas frases que en Robledal se decían sin explicar, como «aquella noche» o «lo que pasó».
Frases con un agujero en medio que cada cual rellenaba con su miedo.
De niños creían que era por las pozas, por el agua negra y honda de las excavaciones, donde se decía que se había ahogado gente.
De mayor, Clara sospechaba que el miedo a la cantera era más viejo y más turbio que cualquier poza.
Subió. El camino estaba peor que en su recuerdo, comido de maleza, con rodadas profundas de algún todoterreno reciente. Eso le llamó la atención: alguien subía allí con un coche, y a menudo.
Las zarzas estaban tronchadas a la altura de un parachoques. Siguió las rodadas cuesta arriba, sudando bajo el abrigo, con el río quedándose abajo y un silencio nuevo ocupando su sitio. El silencio mineral del monte.
La cantera apareció de golpe, tras una curva, como aparecen las heridas. Una gran mordida en la ladera. Paredes de roca caliza con vetas rojizas, terrazas excavadas a máquina hacía décadas y abandonadas después.
La empresa había cerrado antes de que Clara naciera. Quedaban una tolva oxidada y una caseta de bloques con el techo hundido. Y, al fondo, las pozas: charcas de agua quieta, de un verde casi negro, que devolvían el cielo blanco.
Clara se paró en el borde de la explanada y sintió que se le erizaba la piel. No era el frío. Era el sitio. Hay lugares que guardan cosas, donde el aire está más espeso y una parte vieja del cerebro se pone en guardia. La cantera era uno.
Y entonces vio la verja.
Al fondo, cerrando el paso a las terrazas más hondas, donde estaban las pozas mayores, habían levantado una verja metálica.
Nueva. No vieja y oxidada como la tolva: nueva, de tela galvanizada, con postes de hormigón recientes y una cadena con candado en el portón.
Alguien la había puesto hacía poco para cerrar una cantera abandonada que llevaba medio siglo sin importarle a nadie.
¿Por qué se cierra con candado un agujero en el monte que no es de nadie?
Clara se acercó. El candado era bueno, de los caros, reluciente. La cadena, gruesa. En un poste, atornillado, un cartelito desvaído por el sol: PROPIEDAD PRIVADA.
PROHIBIDO EL PASO. Y debajo, casi borrado, el nombre de una sociedad. Clara entornó los ojos: EXPLOTACIONES Y REFORMAS… El resto estaba comido. Sacó el móvil e hizo una foto.
Estaba guardándolo cuando oyó el motor.
Un todoterreno subía por el camino, despacio, con el ruido grave de las marchas cortas.
Clara sintió el impulso de esconderse y se odió por sentirlo: no hacía nada malo, estaba en un monte público mirando una verja.
Pero el cuerpo fue más rápido que la cabeza.
Se apartó hacia la caseta de bloques, a la sombra del techo hundido, y desde allí vio llegar el coche.
Un todoterreno blanco, impecable para un camino de barro. Se detuvo junto al portón. Bajó un hombre.
Clara lo reconoció enseguida, aunque hacía veinte años que no lo veía y el tiempo lo había ensanchado y le había puesto canas. La forma de moverse no cambia. La de Tomás era la misma: tranquila, segura, la de quien está cómodo en todas partes porque en todas partes lo reciben bien.
El veterinario sacó una llave del bolsillo, abrió el candado, retiró la cadena y empujó el portón.
Antes de cruzar, se quedó quieto un momento, mirando alrededor con una calma que a Clara, escondida a veinte metros, le pareció cualquier cosa menos inocente.
Miró el monte. Miró el camino. Miró, sin verla, la caseta donde ella contenía la respiración.
Luego metió el coche en la zona prohibida, hacia las pozas, y cerró el portón tras de sí.
Clara se quedó pegada a los bloques fríos, con el corazón retumbando, haciéndose la única pregunta que importaba.
¿Qué tenía que hacer el veterinario del pueblo, el que curaba las vacas, el que su madre defendía con uñas y dientes, en una cantera cerrada con candado, detrás de una verja que abría con su propia llave?