El matasellos
Amaneció con niebla. La niebla de Robledal subía del río de madrugada y se quedaba enredada entre las casas hasta media mañana, cuando el sol de la sierra la quemaba de golpe.
Clara la vio llegar desde la ventana de la cocina, con la taza de café entre las manos y las cartas extendidas otra vez sobre la mesa, ordenadas por matasellos.
Había pasado la noche haciendo una lista.
Una lista de los lugares: Mérida, Salamanca, Cáceres, Plasencia, Trujillo.
Y dos pueblos pequeños que tuvo que buscar en el móvil porque no le sonaban de nada: Aldea del Cano y Casas de Millán.
Ciudades grandes y pueblos diminutos, repartidos por toda la provincia y la de al lado, sin un patrón geográfico que tuviera sentido si lo que uno imaginaba era a una chica mudándose de un sitio a otro.
Alguien que se movía. Alguien con coche y con razones para ir de pueblo en pueblo.
Encarna apareció a las nueve, como si tuviera horario, con una barra de pan bajo el brazo y la curiosidad por delante.
Se quedó parada en la puerta de la cocina al ver las cartas sobre la mesa.
Y a Clara no se le escapó el modo en que los ojos pequeños y rápidos de la vecina se detuvieron en ellas, las reconocieron.
Y volvieron a la cara de Clara con una alarma mal disimulada.
—Madrugas —dijo Encarna.
—No he dormido.
—Se nota. —Dejó el pan sobre el aparador, sin acercarse a la mesa, manteniendo una distancia que era en sí misma una confesión—. ¿Y eso qué es?
—Cartas de mi hermana. —Clara lo dijo despacio, observándola—. Las he encontrado en su cuarto. Llevaba años escribiendo a mi madre. ¿Tú lo sabías?
Encarna tardó en contestar. Cogió un trapo y se puso a limpiar una encimera que ya estaba limpia, dándole la espalda. Y cuando habló lo hizo con esa voz neutra que usa la gente del pueblo para no decir.
—Algo se decía. Que la chica escribía. Que estaba por el sur. —Frotó con fuerza una mancha que no existía—. Tu madre nunca enseñó las cartas a nadie, pero se sabía. Aquí se sabe todo.
—Aquí se sabe todo —repitió Clara—. Eso lo dijiste ayer.
—Y es verdad.
—Pues entonces dime una cosa, Encarna. —Se levantó y se acercó a ella, y la vecina dejó de frotar pero no se volvió—. Si aquí se sabe todo, ¿cómo es que nadie sabe lo que le pasó de verdad a Lucía?
El trapo se quedó quieto sobre la encimera. Por la ventana entraba la niebla, blanca, espesa, borrándolo todo afuera. Encarna respiró hondo, una vez, y cuando por fin se volvió hacia Clara tenía la cara de una mujer mayor muy cansada, una cara que de pronto había soltado treinta años de disimulo.
—Hija —dijo—. Hay cosas que es mejor no saber. Te lo digo yo, que te tuve en brazos cuando naciste. Tu madre se muere. Déjala morir en paz. Lo que haya que llorar, llóralo, pero no andes levantando piedras. Que debajo de las piedras hay bichos, y los bichos muerden.
—¿Qué bichos, Encarna?
Pero la vecina ya había vuelto a ponerse la máscara.
Negó con la cabeza, cogió el cesto de la compra y se fue murmurando que tenía que pasar por la farmacia a por las pastillas de Marta.
Y Clara se quedó sola con la frase resonándole en la cabeza.
«Debajo de las piedras hay bichos.» En un pueblo que vivía pegado a una cantera, la metáfora tenía un filo que helaba.
Subió a ver a su madre. Marta estaba despierta, como siempre, con el rosario en las manos y la mirada en la ventana blanca de niebla.
No se volvió cuando entró Clara. Y Clara, que había subido decidida a preguntarle por las cartas, a ponerle el fajo delante y exigirle la verdad, se quedó muda al verla así, tan pequeña, tan al borde de todo.
Pensó en lo que le había dicho su padre. «Has venido a despedirte de tu madre.» Pensó en lo que le había dicho Encarna. «Déjala morir en paz.»
Y pensó en Lucía, en una caja de hojalata con quince mentiras dentro, en una niña de catorce años que llevaba veinte sin envejecer en ninguna parte.
—Madre —dijo—. ¿Tú sabes de dónde venían las cartas de Lucía?
Marta no se movió. Las cuentas del rosario seguían pasando, una tras otra, lentas.
—Del sur —dijo—. Andaba por el sur.
—¿Y tú le contestabas?
Una pausa. Las cuentas se detuvieron un instante y volvieron a moverse.
—Nunca ponía remite —dijo Marta—. No se podía contestar.
Esa fue su manera de castigarnos. De castigarme a mí.
—Y ahí, por primera vez, la voz le tembló un poco, un temblor finísimo que tanto podía ser de pena como de otra cosa—.
Una se va y te deja sin poder ni escribirle. Solo recibir. Recibir y callar.
Clara la miró largamente. Era una buena respuesta.
Era una respuesta perfecta, de hecho: explicaba por qué Marta había guardado las cartas sin enseñarlas, por qué no había nunca un sobre de vuelta, por qué el silencio.
Una hija cruel que se va y solo permite que la madre la lea, no que le responda.
Encajaba con la versión oficial como una llave en su cerradura.
Encajaba demasiado bien.
—¿Por qué no me las enseñaste nunca? —preguntó Clara—. En todos estos años. Una llamada. «Tu hermana ha escrito, está viva.» Nada. Me dejaste pensar que se había esfumado sin más.
Marta volvió la cabeza, despacio, y la miró con sus ojos secos.
—Porque tú te fuiste también —dijo—. Y yo no iba a estar mandándoos noticias la una de la otra como una criada. Cada una hizo su vida lejos de esta casa. Cada una con lo suyo. —Volvió la cara a la ventana—. Baja, anda. Y deja esas cartas donde estaban. Son mías.
«Son mías.» La misma fórmula que «ese cuarto no se toca». La defensa de quien protege algo. Clara bajó la escalera con el fajo de cartas seguro en el bolso, sin pensar ni por un momento en devolverlas.
Y mientras bajaba tomó una decisión: esa misma tarde cogería el coche e iría a Plasencia. A la oficina de correos del último matasellos. A preguntar, a enseñar una foto vieja de Lucía, a seguir el rastro más fresco antes de que se enfriara más.
No sabía aún que en Plasencia no la esperaba Lucía. La esperaba el principio de un nombre que llevaba veinte años enterrado, y que no era el de su hermana.