La casa de los espejos rotos (Pueblos que callan 1) Cartas de una muerta
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Cartas de una muerta

Clara dio la vuelta al sobre. Estaba abierto con cuidado, por arriba, con un abrecartas. Sacó la hoja: papel pautado, arrancado de un cuaderno, doblado en tres. Y la letra otra vez, esa letra de íes coronadas que le encogía el pecho.

«Querida mamá: estoy bien. No te preocupes por mí.

Aquí hace buen tiempo y he encontrado trabajo en una cafetería.

La gente es maja. Sé que estás enfadada por cómo me fui, pero algún día lo entenderás.

Dale un beso a papá. No a Clara, que esa estará tan contenta de tener el cuarto para ella sola. Te quiere, Lucía.»

Clara la leyó tres veces. La última frase le arañó: «No a Clara, que esa estará tan contenta». Era cruel y era exacta.

El tipo de cosa que su hermana de catorce años habría escrito para hacer daño, porque se peleaban, porque a esa edad las hermanas se odian con la misma fuerza con que se quieren.

Sonaba a Lucía. Sonaba tanto a Lucía que por un momento Clara sintió un alivio absurdo: la posibilidad imposible de que todo fuera verdad, de que su hermana estuviera viva en algún sitio, sirviendo cafés y odiándola desde lejos.

Pero.

El pero estaba en el matasellos. Mérida. Tres años después.

Abrió el segundo sobre. SALAMANCA. Otro año. «Querida mamá: he cambiado de ciudad. Lo de la cafetería no salió bien…» El tercero: CÁCERES. El cuarto, otra vez MÉRIDA.

Las fue desplegando sobre la colcha, ordenándolas por fecha como quien arma un rompecabezas. Una carta al año, más o menos. Siempre a la madre, nunca al padre, nunca a ella. Siempre la misma letra. Siempre el mismo tono: estoy bien, no te preocupes, algún día lo entenderás, no me busques.

Quince cartas. Las contó dos veces. La última estaba fechada hacía menos de tres años. Lucía, o quien fuera, había seguido escribiendo casi hasta ayer.

Y entonces lo vio. Lo que el estómago ya había empezado a torcer en la cocina, sin que la cabeza supiera por qué.

La letra no cambiaba.

Clara puso la primera carta junto a la última. Quince años entre una y otra. Una niña de catorce que se va de casa y a la que, según las cartas, le pasa la vida entera por encima: cambia de ciudad, de trabajo, madura. Pero su letra, no.

Su letra seguía siendo la misma letra redonda de una cría de instituto, con las íes coronadas por circulitos. Esa coquetería de adolescente que se abandona con los años, como las pulseras de hilo. Nadie escribe a los treinta como escribía a los catorce. Nadie.

A menos que la mano que escribía no hubiera cumplido años. A menos que fuera otra mano, de otra edad, copiando una y otra vez la letra de una niña a partir de un modelo. A partir, por ejemplo, de un diario de tapas de tela que estaba allí mismo, sobre la mesa.

Clara cogió el diario. Lo abrió por cualquier página. Y allí estaba la letra de Lucía, la de verdad, la de los catorce años: un chico del instituto, lo pesada que era su madre, las ganas de irse del pueblo.

La misma letra de las cartas. Idéntica. Demasiado idéntica.

Se le heló la sangre.

Porque una cosa era que tu hermana se hubiera ido.

Y otra muy distinta era que alguien hubiera fabricado, durante quince años, la prueba de que se había ido.

Quince años de cartas falsas, franqueadas en pueblos distintos para que parecieran de verdad, escritas con una letra copiada de un diario.

Y mandadas a una madre que las abría con un abrecartas y las guardaba con lavanda en el cuarto cerrado de su hija.

¿Las guardaba sabiendo que eran falsas? ¿O las recibía creyéndolas verdaderas?

Esa era la pregunta. Y Clara entendió, sentada en aquella cama, que la respuesta cambiaba el mundo entero según cayera de un lado o de otro.

Si su madre creía que las cartas eran de Lucía, entonces Marta era una víctima más, engañada durante quince años por alguien cruel.

Pero si su madre sabía que eran falsas, y aun así las abría con cuidado y las guardaba con lavanda…

Entonces su madre las escribía. O sabía quién las escribía. Y por qué.

Clara cerró los ojos. La habitación olía a lavanda, a polvo y a veinte años de silencio. Por la rendija de la persiana entraba un hilo de luna que caía justo sobre las cartas, sobre aquella letra de niña que mentía con la voz de una muerta.

Oyó un ruido. Un crujido. El cuarto escalón.

Apagó la linterna de un manotazo y se quedó inmóvil, con el pulso en la garganta, como a los dieciséis cuando volvía de madrugada. Pasos en el pasillo. Lentos, arrastrados. Los pasos de una enferma que no debería poder levantarse.

La sombra de su madre se detuvo al otro lado de la puerta entreabierta.

El camisón blanco, el pelo ralo. No entró.

Se quedó allí, en el umbral del cuarto prohibido, mirando hacia la oscuridad donde su hija mayor estaba sentada sobre la cama de la pequeña, con quince cartas falsas extendidas sobre la colcha.

Clara no supo si su madre la veía. La luz no daba para tanto.

Pero durante un instante larguísimo las dos estuvieron allí, separadas por dos metros de oscuridad y por veinte años.

Y Clara tuvo la certeza, animal, de que su madre sabía exactamente lo que había encontrado.

De que llevaba años esperando, entre el terror y el alivio, el día en que alguien abriera la caja.

—Vuelve a la cama, madre —dijo Clara en voz baja. Su propia voz le sonó ajena, la de una mujer adulta que ya no era la niña de aquella casa.

Marta no contestó. Se quedó un segundo más. Luego la silueta dio media vuelta, los pasos se alejaron, crujieron los muelles de su cama, y después nada. Solo el río.

Clara recogió las cartas, las ató como pudo, guardó la caja en el bolso en vez de devolverla a su sitio y bajó a la cocina a esperar el amanecer. No iba a dormir. Y supo también, con una claridad fría que la asustó, que no iba a volverse a su vida en cuanto enterrara a su madre.

Que no iba a poder. Que aquellas cartas eran un hilo, y que iba a tirar de él hasta el final. Aunque al final estuviera lo que ya empezaba a sospechar.

Una cantera. Una niña. Un pueblo que callaba.