La casa de los espejos rotos (Pueblos que callan 1) La persiana bajada
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La persiana bajada

Su padre subió pasadas las nueve, cuando el puchero ya estaba frío y Clara había fregado los platos por hacer algo con las manos.

Lo oyó antes de verlo: el roce de la chaqueta en la pared, el cuidado torpe de quien ha bebido lo justo para creerse sobrio.

Miguel apareció en la puerta de la cocina y se quedó mirándola como se mira a un fantasma que llega tarde.

—Clarita —dijo.

Nadie la llamaba así desde hacía veinte años. Le dolió de un modo absurdo.

—Hola, papá.

La abrazó. Olía a vino, a tabaco y a ese frío de calle que traen los hombres que pasan la tarde fuera de casa. Clara le devolvió el abrazo con cuidado, midiéndolo. No sabía cuánto cabía en él.

Su padre siempre había sido un hombre de pocas palabras y muchas ausencias. La taberna, el huerto, el monte. Cualquier sitio menos la casa.

—Te has hecho mayor —dijo él, separándose, con los ojos húmedos de los borrachos tristes—. Mírate. Una mujer.

—Han pasado años.

—Han pasado, sí. —Se sentó pesadamente en su silla, la del cabecero, las manos abiertas sobre el hule—. ¿Has subido a ver a tu madre?

—Sí.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que subas antes de que se te pase la hora.

Miguel soltó una risa breve, sin alegría.

—Esa, hasta muriéndose, mandando. —Lo dijo con una ternura cansada.

En aquella casa el amor se había vuelto costumbre hacía mucho, una manera de soportarse que ya nadie distinguía del cariño—.

Sube tú con ella esta noche. A mí me echa, dice que ronco.

—Bajó la voz—. La verdad es que no quiere que la vea así.

Clara le calentó un poco de puchero y se sentó enfrente mientras comía, despacio, con la cabeza gacha.

Por la ventana se veía el huerto en sombras y, más allá, la mole negra de la sierra.

Hacía veinte años, en aquella misma cocina, en aquella misma mesa, su madre les había dicho lo que se iba a decir y lo que no.

«Lucía se ha ido. No volverá por ahora. No quiero a nadie llorando ni preguntando por las calles.

Lo que pase en esta casa, en esta casa se queda. » Y se había quedado. Veinte años.

—Papá —dijo Clara, y la voz le salió pequeña—. ¿Tú piensas en ella alguna vez?

Miguel dejó la cuchara. No levantó la cabeza. Por un momento Clara creyó que no iba a contestar.

—Todos los días —dijo al fin—. Todos los días de Dios.

—Y entonces la miró, y en sus ojos había algo que Clara no le había visto nunca: miedo.

Un miedo viejo, hecho ya parte del cuerpo—.

Pero en esta casa no se habla de eso, hija.

Tu madre… —Tragó saliva—. Déjalo estar. Has venido a despedirte de tu madre.

Despídete, y vuélvete a tu vida, que tienes una vida. No remuevas.

—No estoy removiendo nada.

—Pues no lo remuevas. —Lo dijo casi con dureza. Y enseguida pareció arrepentirse: alargó la mano y tocó la de su hija, apenas un roce—. Es lo único que te pido.

Acabó el puchero en silencio, le dio un beso en la frente que olía a vino y subió a acostarse al cuartito de atrás, donde dormía desde hacía años para no molestar a Marta.

Clara se quedó sola con el ruido del río y el reloj de pared marcando una hora falsa, porque también ese reloj llevaba media vida adelantado.

No tenía sueño. Apagó la luz y subió. Pero no entró en su cuarto. Se quedó parada en mitad del pasillo, frente a la puerta cerrada.

La de Lucía.

La persiana de aquel cuarto era lo primero que veía cualquiera al llegar a la casa.

Veinte años bajada. Marta no había dejado subirla nunca, ni para ventilar ni para limpiar.

«Ese no se toca.» El cuarto se había quedado fuera del tiempo, igual que el pueblo, igual que el reloj de la torre.

Un pequeño altar de catorce años, clausurado por una madre que prefería un altar a una tumba, porque un altar no obliga a admitir que hay un muerto.

Clara puso la mano en el pomo. Estaba frío. Giró despacio y la puerta cedió con un quejido largo. No tenía llave.

Nunca la había tenido, comprendió con un escalofrío. No hacía falta llave. Bastaba la prohibición.

Dentro, la persiana lo dejaba todo a oscuras. Encendió la linterna del móvil y el haz barrió la habitación.

El tiempo se había detenido allí de una manera obscena. La cama hecha, con la colcha de florecitas que Lucía odiaba. Los pósters descoloridos, las esquinas curvadas: un grupo de música que ya no existía, un futbolista que sería viejo.

En la estantería, los libros del instituto, los cuadernos, una caja de zapatos con caracolas.

Sobre la mesa, un estuche de bolígrafos resecos y un diario de tapas de tela.

Clara lo recordaba bien: de niña había intentado leerlo a escondidas más de una vez, y Lucía la había pillado, y se habían tirado de los pelos como se tiran las hermanas.

Había polvo sobre todo, una capa fina de años. Y, sin embargo, el aire no olía a abandono. Olía, débilmente, a lavanda.

A las bolsitas que Marta metía en los cajones. Alguien entraba allí. Su madre entraba allí, a oscuras, a cambiar la lavanda de los cajones de una hija que llevaba veinte años sin ponerse aquella ropa.

A Clara se le cerró la garganta. No era solo pena. Era pena y rabia y una sospecha que aún no tenía forma. ¿Por qué conservar el cuarto de una hija que «se fue»?

Si una hija se va, una madre la espera, deja el cuarto por si vuelve. Pero esto no era esperar. Esto era guardar luto sin atreverse a llamarlo luto. Era saber y fingir no saber a la vez.

Pasó la luz por la mesa otra vez y se detuvo. Junto al diario, medio escondida bajo un cuaderno, había una caja de hojalata de las de galletas, abollada en una esquina. Clara la conocía. Lucía guardaba allí sus tesoros: cromos, una pulsera, cartas de las amigas del campamento.

La cogió. Pesaba más de lo que recordaba. La abrió.

Dentro no había cromos ni pulseras. Había cartas. Un fajo, atado con una goma reseca que se rompió al tocarla. Sobres con sellos, dirigidos a aquella casa, con una letra que Clara reconoció en el acto: redonda, inclinada, con las íes coronadas por circulitos en vez de puntos.

La letra de Lucía.

Cartas de Lucía. Decenas. Cartas que su hermana, la que «se fue», había estado mandando a casa durante años.

Clara se sentó al borde de la cama de su hermana muerta, en aquel cuarto que olía a lavanda y a mentira. Con manos que ya no le obedecían, sacó el primer sobre y miró el matasellos.

Y algo, en el fondo del estómago, empezó a torcerse.