La casa de los espejos rotos (Pueblos que callan 1) El hombre que cae bien
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El hombre que cae bien

Bajó del monte por otro camino, dando un rodeo para no cruzarse con el todoterreno.

Llegó a casa con las botas embarradas de un barro rojizo que se le pegaba a las suelas y no quería soltarse.

Barro de la cantera. Lo miró un buen rato antes de limpiarlo.

No sabía aún que ese mismo barro, ese rojo de óxido y caliza que no había en ningún otro punto del término, iba a ser semanas más tarde lo que lo cambiara todo.

Por la tarde, Tomás llamó a la puerta.

Clara lo vio desde la ventana de arriba: el todoterreno blanco aparcado en la calle, reluciente, sin rastro de haber subido a ningún monte.

Y el hombre en el umbral, con un maletín de cuero y una caja de cartón bajo el brazo.

Cuando abrió, Tomás le dedicó una sonrisa que era, tuvo que reconocerlo, una sonrisa buena. Cálida. De las que desarman.

—Clara —dijo, como si la conociera de toda la vida. En cierto modo era verdad—. No te habría reconocido por la calle. La última vez que te vi llevabas trenzas.

—Hola, Tomás.

—Vengo a ver a tu madre, le toca el control de hoy. —Levantó el maletín. Y le tendió la caja—. Y le he traído esto.

Dentro había latas de caldo concentrado, sobres de un complemento, una caja de compresas. Cosas de enfermo. Cosas íntimas que un veterinario no tenía por qué traer y que sin embargo traía.

—Las farmacias de la ciudad lo tienen más barato. Yo bajo a menudo, no me cuesta nada.

Clara lo dejó pasar. No había manera de no dejarlo pasar sin parecer ella la grosera.

Y esa era su fuerza, lo entendió subiendo la escalera detrás de él: Tomás te ponía siempre en el sitio del desagradable si desconfiabas.

Hacía favores. Traía cosas. Sonreía. ¿Quién recela del que sonríe y trae el caldo de tu madre moribunda?

Arriba, Marta se transformó. Fue una cosa pequeña, pero Clara la vio clara. Llevaba dos días viendo a su madre dura y seca, y de pronto, al entrar Tomás, algo en su cara se aflojó. Se volvió casi de niña.

—Tomás, hijo —dijo Marta, con un alivio que no había tenido para su propia hija—. Ya creía que hoy no venías.

—¿Cuándo le he fallado yo a usted, Marta? —El veterinario dejó el maletín en la cómoda, se sentó al borde de la cama y le cogió la muñeca para tomarle el pulso. Todo con gestos suaves, de quien lo ha hecho mil veces—. A ver ese corazón. Mírela. Más fuerte que yo.

—Qué voy a estar.

—Que sí. Que usted nos entierra a todos.

Le sonrió, y Marta le sonrió de vuelta. Y Clara, de pie junto a la puerta, miró la escena con una incomodidad que le subía por la garganta.

Su madre, que no se dejaba querer por nadie, que la había recibido a ella con un «no hacía falta», miraba al veterinario como se mira a un hijo.

Como se mira a un protector. Como se mira, pensó Clara, y enseguida quiso no haberlo pensado, a alguien de quien dependes.

Tomás le hizo las cosas de enfermo: la tensión, el azúcar con un pinchazo en el dedo, unas preguntas sobre el dolor y el sueño.

Lo anotó todo en una libretita, con letra menuda y ordenada.

Cambió una caja de pastillas por otra. Le dejó a Clara las dosis bien explicadas.

Fue impecable. Fue el hombre más útil y más bueno de Robledal.

Y Clara entendió por qué el pueblo lo quería, por qué su madre lo defendía, por qué nadie sospecharía jamás de él.

Y por eso mismo, porque era demasiado perfecto, porque encajaba demasiado bien en el hueco de todas las necesidades, desconfió con una fuerza que la asustó.

Lo acompañó a la salida. En el zaguán, junto al espejo manchado, Tomás se detuvo y la miró con una atención que parecía interés y que a Clara le pareció otra cosa: una manera de medir.

—Tu madre te necesita más de lo que dice —comentó—. Las mujeres como ella no piden. Pero te necesita. Has hecho bien en venir. ¿Te quedarás mucho?

—Lo que haga falta.

—Claro. —Sonrió—. Cualquier cosa que necesites, lo que sea, de día o de noche, me llamas. Aquí no hay médico, ni farmacia después de las ocho, no hay casi nada. Pero estoy yo.

Le tendió una tarjeta con su número. Cartulina buena, con un dibujito de una vaca y un perro.

Clara la cogió.

—¿Y tú llevas mucho aquí? —preguntó, como sin darle importancia—. No me acuerdo de ti de pequeña.

—Vine cuando tú ya te habías ido, más o menos.

—Se puso la chaqueta—. Llevo… ¿veintitantos años?

Veintidós, veintitrés. Llegué de prácticas, sustituyendo al veterinario viejo, y me quedé.

El pueblo engancha. Aunque tú no lo creas, con esas ganas de irte que se te notan en la cara. —Le guiñó un ojo—. Engancha.

Veintidós, veintitrés años. Clara hizo la cuenta sola mientras lo veía bajar al coche. Lucía había desaparecido hacía veinte. Tomás había llegado dos o tres años antes de aquella noche.

Estaba aquí. Cuando pasó, estaba aquí.

No probaba nada. Cuando Lucía desapareció, estaba el pueblo entero.

Pero el dato se le quedó dentro, frío, junto al barro rojo de las botas, la verja con candado y la libretita de letra menuda donde el hombre que caía bien a todos anotaba, con pulcritud de contable, las dosis de una vieja que lo miraba como a un salvador.

Desde arriba, Marta la llamó:

—¿Se ha ido ya Tomás?

—Sí, madre.

—Es un santo, ese hombre. —La voz le llegaba débil, convencida—. Un santo. Que no se te olvide tratarlo bien.

Clara guardó la tarjeta en el bolsillo, junto a la foto de Lucía que llevaba doblada desde la noche anterior. No dijo nada. Pero pensó: a los santos no se les vigila con candado el agujero del monte.