Capítulo 4 El hombre #2
James se acercó a la barra. Pidió café sin mirar el menú. Luego volvió la cabeza hacia Margaret.
—¿Le importaría que me sentara?
No parecía estar pidiendo permiso. Sin embargo, la pregunta le dio a ella una salida que no había esperado.
—Sí —dijo—. Me importaría.
Una sombra de diversión le cruzó el rostro.
—Entonces me sentaré en la mesa de al lado.
Arrastró una silla a la distancia suficiente para que Margaret pudiera reclamar la victoria sin obtener soledad.
Morag dejó el café frente a él y desapareció en la cocina.
La pareja mayor junto a la ventana redujo el volumen de su conversación.
El hombre del periódico pasó una página que ya parecía haber leído.
Margaret untó mermelada en el scone sin tener ganas de comer.
—¿Hace esto con todos los desconocidos? —preguntó.
—¿Hacer qué?
—Aparecer donde estoy y responder preguntas que no he hecho.
—No. Con algunos espero a que formulen la pregunta correcta.
—Eso debe de ahorrar mucho tiempo.
James bajó la vista hacia su café.
—A veces.
Ella lo estudió con más calma que la primera vez.
A la luz de la cafetería, su cara parecía más cansada.
La cicatriz de la mejilla no era profunda; una línea pálida que cruzaba la piel cerca del pómulo.
Sus manos, alrededor de la taza, eran de alguien que trabajaba con ellas: nudillos marcados, una pequeña mancha de pintura blanca junto al pulgar, una uña rota.
No parecía un hombre que inventara misterios por entretenimiento.
Eso no significaba que no los ocultara.
—¿Qué sabe de Ashford Manor? —preguntó.
La pregunta quedó entre ambos. James la escuchó con una atención que no fingía.
—Lo suficiente para saber que la casa no ha sido amable con mucha gente —dijo.
—No le he preguntado si es amable.
—No. Pero es una pregunta más útil de lo que parece.
—¿Quién era Eleanor Sinclair?
Por primera vez, James no tuvo una respuesta preparada.
Dejó la taza en el plato.
—¿Ha visto el retrato?
Margaret sintió que la rabia regresaba, rápida y limpia.
—¿Cómo sabe que hay un retrato?
—Porque he estado en esa casa.
—Malcolm dijo que no entra nadie.
—No entra nadie ahora. Yo estuve hace años, con mi padre. Antes de que la señora Ashford decidiera cerrar las puertas.
—¿Y la mujer del retrato?
James miró hacia la ventana. Una niña con un impermeable amarillo pasaba de la mano de un hombre. La escena duró un segundo y se perdió bajo la lluvia.
—Eleanor Sinclair era una mujer de Ravensholm —dijo—. O eso dicen los registros. Vivió aquí a principios del siglo pasado. Su familia tenía tierras cerca del río. Murió joven.
Margaret frunció el ceño.
—¿En 1920?
—No exactamente.
—El retrato está fechado en 1920.
—Las fechas de los retratos pueden significar muchas cosas. El año en que se pintaron. El año en que alguien quiso que parecieran pintados. El año en que ocurrió algo que no tenía nada que ver con la pintura.
—¿Y cuál de esas cosas es?
—No lo sé.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿De verdad no lo sabe?
—De verdad no sé lo suficiente.
La respuesta era frustrante, pero no sonó evasiva. James no hablaba como Bell. No construía frases para que rebotaran contra una pared. Hablaba como alguien que había llegado hasta el límite de lo que podía afirmar y no estaba dispuesto a fingir que había más terreno firme.
—Se parecía a mí —dijo Margaret.
Las palabras salieron tan bajas que por un momento pensó que nadie las había oído.
James no cambió de expresión. Eso fue peor que cualquier reacción.
—¿Mucho? —preguntó.
—Lo suficiente.
—Entiendo.
—No, no entiende.
—Probablemente no.
Margaret apartó el plato. El scone seguía intacto.
—No es sólo el retrato. Conozco la escalera.
Conozco una puerta de la planta de arriba.
Sabía que la tercera tabla estaba floja antes de pisarla.
No he estado nunca en esa casa, James. No tengo recuerdos de ella.
No tengo ninguna razón para conocerla. Y no quiero que me diga que las casas antiguas tienen manías o que la gente del pueblo habla así porque lleva mucho tiempo junto a las paredes.
James la observó sin interrumpirla.
El silencio que siguió no era uno de los silencios calculados de Bell. Era más peligroso. Parecía contener una decisión.
—Mi padre tiene algunos papeles —dijo por fin—. Copias de registros, fotografías antiguas, notas de investigación. Lleva años reuniéndolos.
—¿Sobre Eleanor?
—Sobre la familia Ashford. Sobre la casa. Sobre lo que ocurrió aquí antes de que las versiones oficiales empezaran a no coincidir.
—¿Y por qué no me lo dijo esta mañana?
—Porque no sabía si usted había venido a vender la propiedad, a derribarla o a pasar una noche y no volver.
—Y ahora lo sabe.
James volvió a mirar la taza.
—Ahora creo que no podrá irse tan fácilmente.
La frase debería haberla enfurecido. En parte lo hizo. Pero debajo de la ira había otra cosa: el alivio irritante de que alguien hubiera puesto nombre a la idea que ella no quería aceptar.
—¿Qué versiones no coinciden? —preguntó.
—Las de los periódicos, los registros parroquiales y las familias que vivían aquí. Las de quienes querían recordar y las de quienes preferían no hacerlo.
—Eso sigue sin decirme nada.
—No debería decirle demasiado hoy.
—¿Por qué no?
James levantó la mirada. Sus ojos tenían el mismo color que el río bajo el puente.
—Porque cuando alguien lleva toda la vida sin saber de dónde viene, cualquier respuesta puede convertirse en una jaula.
Margaret se quedó inmóvil.
—No sabe nada de mi vida.
—Sé que Moira Ashford dejó la casa a una mujer que no sabía que existía. Sé que usted ha llegado sola. Sé que preguntó por Eleanor antes de preguntar por el valor de la propiedad. Eso dice bastante.
—¿Sabe quién soy?
La pregunta cambió el aire entre ellos.
James no respondió enseguida. No apartó la mirada, pero tampoco pareció dispuesto a sostenerla para siempre.
—Sé su nombre —dijo al fin.
—Todo el pueblo parece saber mi nombre.
—Ravensholm es pequeño.
—Eso no es una respuesta.
—No. Es la única que tengo por ahora.
Margaret se puso de pie.
La silla raspó el suelo. La pareja mayor junto a la ventana guardó silencio. Morag apareció en el marco de la cocina, con una bandeja vacía entre las manos.
—¿Adónde va? —preguntó James.