Capítulo 4 El hombre #3
—A hacer algo que no implique que un desconocido me examine como si fuera parte de su archivo histórico.
—No la estoy examinando.
—Entonces deje de hablar como si me hubiera estado esperando.
James se levantó también. Era mucho más alto de lo que parecía sentado, y Margaret tuvo que inclinar la cabeza para mirarlo a los ojos. No retrocedió.
—No la estaba esperando a usted —dijo—. Estaba esperando que alguien volviera a abrir esa casa.
La honestidad de la frase la descolocó. No era una disculpa. Tampoco una amenaza. Era algo peor: una verdad que podía ser cierta sin explicarlo todo.
Margaret tomó su abrigo del respaldo de la silla.
—¿Dónde vive su padre?
James tardó apenas un instante en contestar.
—En la casa de campo junto al cementerio, al final de Kirk Road.
—¿Y sus papeles?
—No son públicos.
—No le he pedido que me los preste. Sólo he preguntado dónde están.
Por primera vez, James sonrió de verdad. No fue una sonrisa amplia. Apenas un movimiento que suavizó la dureza de su boca y volvió menos vigilantes sus ojos.
—Eso también dice bastante de usted.
Margaret no supo si sentir ganas de golpearlo o de preguntarle qué más creía saber. Eligió ninguna de las dos cosas.
—Voy a volver a la casa —dijo.
—No se quede sola allí esta noche.
—¿Por qué? ¿La calefacción? ¿Las tuberías?
—Porque acaba de llegar y está asustada.
—No estoy asustada.
James dejó que la mentira existiera sin discutirla.
—Hay un hostal arriba de la tienda de Morag. Ella le dará una habitación. Mañana, si todavía quiere respuestas, podemos hablar.
—¿Podemos?
—Puedo enseñarle lo que mi padre ha reunido. Algunas cosas. No todas.
—Qué generoso.
—No se trata de generosidad.
—¿Entonces de qué se trata?
Su expresión volvió a cerrarse. Durante un segundo pareció más joven y mucho más cansado.
—De ser cuidadoso.
Margaret se puso el abrigo.
—La gente cuidadosa no deja que una mujer llegue sola a una casa abandonada donde parece conocer habitaciones que nunca ha visto.
James no intentó defenderse.
—Tiene razón.
La respuesta la dejó sin réplica.
Morag se acercó con una bolsa de papel.
—Llévese el scone —dijo—. No es bueno desperdiciar comida, por mucho que una tenga problemas más grandes.
Margaret tomó la bolsa. El calor atravesó el papel y le calentó los dedos.
—Gracias.
Morag le indicó con un gesto la escalera estrecha al fondo del local.
—Cuando decida que no quiere dormir en la casa, suba. La habitación de la ventana está libre. No hace falta que me dé explicaciones.
Margaret asintió. Esa clase de amabilidad, ofrecida sin condiciones, era más difícil de soportar que la curiosidad.
Antes de salir, miró a James una última vez.
—¿Eleanor Sinclair era una Ashford? —preguntó.
—No que yo sepa.
—¿Entonces qué tenía que ver con la casa?
James se acercó un paso, pero mantuvo la distancia suficiente para que no pareciera una invasión. Afuera, la lluvia había empezado a caer con más fuerza. Las gotas golpeaban el cristal entre ellos.
—Esa es la pregunta que debería hacerle a la casa —dijo.
Margaret negó con la cabeza.
—No voy a preguntarle nada a una casa.
La sonrisa de James fue casi imperceptible.
—Entonces tendrá que escucharla con mucha atención.
Abrió la puerta para dejarla salir. El aire frío entró de nuevo en la cafetería. Margaret bajó el escalón y se detuvo bajo el toldo, con la bolsa de papel en una mano y las llaves de Ashford Manor en la otra.
Desde la calle, la cafetería parecía pequeña y luminosa. Vio a Morag volver al mostrador. Vio a James quedarse junto a la puerta, observándola a través del cristal, aunque esta vez no intentó ocultarlo.
Ella debería haber regresado al coche. Debería haber conducido hasta Inverness, reservado una habitación en un hotel impersonal y pasado la noche rodeada de gente que no conocía su nombre.
Podía llamar a Nora. Podía fingir que todo aquello era una historia extraña pero manejable, una herencia incómoda que resolvería con abogados y presupuestos de restauración.
En cambio, miró hacia la carretera que se alejaba entre los árboles.
La niebla ya estaba cubriendo el desvío hacia Ashford Manor.
James había dicho que había cosas que no debía saber todavía. Malcolm había dicho que las casas formulaban preguntas en su propio orden. Bell había cumplido las instrucciones de una mujer muerta con más lealtad que compasión.
Todos parecían hablar de la casa como si tuviera voluntad.
Margaret no sabía si creía en eso.
Pero sabía que el retrato tenía sus ojos.
Volvió a entrar en la cafetería.
James no se movió.
—Una pregunta más —dijo Margaret.
—No prometo una respuesta.
—Ya me había dado cuenta.
El cansancio hizo que su voz sonara menos cortante de lo que pretendía. James bajó la vista un instante, como si hubiera escuchado algo distinto en ella.
—Pregunte.
Margaret cerró los dedos alrededor de las llaves.
—¿Qué pasó en Ashford Manor?
La cafetería quedó en silencio. Incluso Morag dejó de mover las tazas detrás del mostrador.
James miró primero las llaves, después el rostro de Margaret.
—Hay cosas que la casa quiere que sepas. Y cosas que preferiría que no supieras.