La Casa de los Ecos Capítulo 4 El hombre
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Capítulo 4 El hombre

Margaret no recordaría con claridad cómo bajó la escalera.

Más tarde conservaría fragmentos: la presión de la barandilla bajo su mano; el estremecimiento de la tercera tabla, evitada otra vez sin que pudiera decidirlo; el roce de su hombro contra una pared cubierta de papel descolorido.

Recordaría haber cerrado puertas, aunque no cuáles.

Recordaría el vestíbulo, la luz amarilla de las lámparas y la puerta principal abierta ante ella como una boca.

No recordaría haber dejado la casa.

Cuando recuperó conciencia de sí misma estaba sentada al volante, con la puerta del coche cerrada y las dos manos agarradas al volante.

El parabrisas se había cubierto de gotas.

La niebla ocultaba la mitad de la fachada.

Sólo la torre oeste se elevaba sobre los árboles, oscura y quieta, como si no perteneciera al mismo mundo que el camino de grava y la furgoneta de Malcolm ya desaparecida.

Margaret miró el reloj.

Habían pasado diecisiete minutos.

Durante diecisiete minutos no sabía qué había hecho.

En el asiento del copiloto estaban su bolso, la cámara y el cuaderno negro de las inspecciones.

No recordaba haberlos recogido dentro de la casa.

La cámara tenía la tapa puesta; el cuaderno seguía cerrado con la goma elástica, intacto.

Sobre el dorso de su pulgar había un arañazo fino, una línea roja ya seca.

No le dolía. La observó con la concentración de quien examina una grieta en una pared y espera que, si la mira el tiempo suficiente, revele por sí sola de dónde viene.

Aquellos objetos demostraban que había caminado hasta el coche, que había abierto la puerta, que había pensado en irse. Pero no le devolvían el camino. Sólo dejaban claro que su cuerpo había seguido adelante sin contar con ella.

Respiró por la nariz, contando hacia atrás desde diez.

Era una técnica que había aprendido a los dieciséis años, cuando los ataques de pánico empezaron a parecerle una forma vergonzosa de desobediencia física.

Su madre la había llevado a un médico. Después a otro.

Ansiedad, le dijeron. Estrés. Tendencia familiar, quizá.

Catherine había asentido con una preocupación demasiado cuidadosa y nunca volvió a mencionar el asunto.

Diez.

Nueve.

Ocho.

El retrato regresó completo antes de que llegara al uno.

Los ojos verdes. La rosa marchita. La curva exacta de una boca que podía haber sido la suya si la historia hubiera cambiado de dirección en algún punto imposible. Eleanor Sinclair, 1920.

Margaret abrió la guantera, buscó la botella de agua y bebió sin sentir sed. El líquido estaba tibio. Se obligó a mirar de nuevo hacia la casa.

Una casa no podía provocar una pérdida de memoria.

Un retrato no podía convertir una coincidencia en una prueba.

Ella era Margaret Chen. Había nacido en Glasgow en 1992.

Su padre había muerto cuando tenía diez años.

Había estudiado arquitectura en Edimburgo, había restaurado iglesias, almacenes y fachadas victorianas.

Conocía los mecanismos por los que un lugar podía producir una impresión: la escala, el olor, la luz, la memoria asociativa.

Sabía que el cerebro completaba patrones porque necesitaba hacerlo.

Sabía demasiadas cosas como para sentarse en un coche y temerle a una mujer pintada más de cien años atrás.

Pero sus manos temblaban mientras se lo repetía.

Aun así, encendió el motor con manos que todavía no obedecían del todo.

El camino de salida parecía más largo que el de llegada.

Los tejos cerraban el cielo sobre el coche y la grava crujía bajo las ruedas con una lentitud intolerable.

Margaret no volvió la vista hacia la casa.

No quería descubrir que una figura había aparecido en una ventana.

No quería descubrir que no había aparecido ninguna y sentirse decepcionada por ello.

Al pasar por los cobertizos, vio una puerta abierta que no recordaba haber visto antes. Dentro, detrás de una cortina de sombra, se adivinaba la forma de algo cubierto por una lona. Redondo, demasiado alto, como un carruaje o una estatua.

Continuó conduciendo.

La verja estaba abierta.

No había nadie esperando al otro lado. Malcolm había cumplido su promesa de no cerrarla con llave.

Margaret cruzó despacio y oyó cómo el hierro volvía a unirse detrás de ella con un gemido largo, no del todo cerrado.

En el espejo retrovisor, el nombre de la placa desapareció entre las ramas: Ashford Manor .

Se detuvo en la carretera unos metros más adelante.

El teléfono tenía cobertura otra vez. Durante un momento contempló la posibilidad de llamar al despacho de Bell y exigir una explicación.

Podía preguntar por Eleanor Sinclair. Podía exigir la lista completa de propietarios, el parentesco de Moira, los antecedentes de cualquier persona relacionada con la finca.

Podía decirle al abogado que la casa contenía documentos personales, fotografías sin identificar y una mujer de 1920 que tenía su cara.

Imaginó el silencio al otro lado de la línea.

No estaba preparada para escuchar otro silencio.

Guardó el teléfono y condujo hacia Ravensholm.

El pueblo parecía distinto al haberlo visto desde dentro de la casa.

Antes había sido una colección de edificios apagados, una escala necesaria entre la carretera y la propiedad.

Ahora cada ventana cerrada, cada puerta sin cartel y cada chimenea que soltaba humo le pareció una posibilidad de información negada.

Era ridículo. Los habitantes no tenían por qué saber nada de Moira Ashford.

No tenían por qué conocer a una mujer que había muerto en 1974, si es que Eleanor Sinclair había muerto entonces.

No tenían por qué mirarla como si acabara de cambiar algo que el pueblo llevaba años esforzándose por mantener quieto.

Aparcó frente a la cafetería de la mañana.

El letrero, restaurado a medias, decía ahora MORAG’S en letras doradas. La pintura nueva brillaba débilmente bajo la llovizna. La caja de herramientas de James MacLeod no estaba junto a la pared. Tampoco él.

Margaret se quedó dentro del coche con el motor apagado.

No quería entrar. No tenía hambre ni ganas de hablar con un extraño. Pero la idea de regresar inmediatamente a la casa le produjo un rechazo físico tan intenso que la hizo abrir la puerta.

Como si la casa estuviera esperando. Como si supiera que volvería.

Una campanilla sonó cuando entró en la cafetería.

El lugar era más cálido de lo que esperaba.

Había cinco mesas pequeñas, un mostrador de madera clara y una vitrina con bollos, panecillos y tartas bajo cristales empañados.

En una pared, un mapa antiguo de la región ocupaba el espacio entre fotografías de equipos de fútbol locales y una pizarra donde se anunciaba sopa de puerro, estofado de ternera y té con scones.

Sólo había tres clientes. Una pareja mayor tomaba café junto a la ventana. Un hombre leía el periódico en el rincón más alejado. Detrás del mostrador, una mujer de cabello plateado recogido bajo un pañuelo azul levantó la vista de una cafetera.

—¿La señorita de la casa? —preguntó.

Margaret se detuvo.

La mujer sonrió de inmediato, como si hubiera dicho algo inocente.

—Perdone. Malcolm me comentó que venía alguien de Edimburgo. No suele venir mucha gente por aquí con esa clase de coche.

La explicación era razonable. Demasiado razonable.

—Supongo que no —dijo Margaret.

—Soy Morag. ¿Quiere sentarse? Tiene aspecto de necesitar algo caliente.

Margaret estuvo a punto de responder que no tenía aspecto de nada. Pero el olor a sopa, café y pan tostado le recordó que no había comido desde el mediodía.

—Té —dijo—. Y un scone, por favor.

—¿Con mantequilla o con mermelada?

—Con lo que sea.

Morag inclinó la cabeza, como si esa respuesta confirmara una sospecha, y señaló una mesa cerca de la estufa.

Margaret se sentó de espaldas a la pared.

Era una costumbre adquirida sin que supiera cuándo: necesitaba ver la puerta, la ventana y las manos de las personas que entraban.

Desde allí contempló la calle a través del vidrio empañado.

El pueblo parecía contener la respiración.

Morag dejó una tetera, una taza y un plato con un scone todavía caliente.

—¿Ha podido ver la casa? —preguntó.

—Sí.

La mujer no insistió de inmediato. Vertió la leche en un pequeño recipiente y colocó la mermelada junto al plato.

—Es una casa hermosa —dijo al fin.

—Eso depende de lo que uno entienda por hermosa.

Morag soltó una risa corta.

—Entonces ya ha empezado a conocerla.

Margaret alzó la vista.

—¿Todo el mundo aquí habla de ella como si fuera una persona?

La sonrisa de Morag se apagó apenas.

—Todo el mundo aquí habla como habla. No le dé más importancia de la que tiene.

—Eso es lo que dice la gente cuando sabe que algo tiene importancia.

Morag apoyó las manos sobre el borde de la mesa. Tenía dedos grandes, con pequeñas quemaduras antiguas sobre la piel.

—La gente de Ravensholm lleva mucho tiempo viviendo al lado de Ashford Manor. Las casas viejas acaban por convertirse en parte del tiempo de uno. Se habla de ellas. Se les atribuyen manías. No significa que sean… otra cosa.

—¿Conoció usted a Moira Ashford?

La campanilla de la puerta sonó antes de que Morag respondiera.

El aire frío entró primero, cortando el olor cálido de la cafetería. Después apareció James MacLeod, con una chaqueta oscura mojada de lluvia y un rollo de planos bajo el brazo. Se detuvo al verla.

No fue una pausa larga. Apenas un segundo. Pero Margaret sintió que la cafetería cambiaba de tamaño alrededor de ese segundo.

James se quitó la gorra de lana y se pasó una mano por el cabello húmedo.

—Veo que encontró la entrada —dijo.

No había sorpresa en su voz.

Margaret miró a Morag. La mujer fingía ordenar unos sobres de azúcar detrás del mostrador.

—La encontré —dijo Margaret—. El señor Reid fue lo bastante amable como para abrir la verja.

—Malcolm suele serlo cuando decide serlo.