Capítulo 3 Dentro #3
Margaret esperó que añadiera alguna explicación. Malcolm no lo hizo.
—¿Usted va a marcharse? —preguntó.
—Tengo que asegurar los cobertizos antes de que oscurezca. Volveré mañana si quiere que la acompañe a revisar el ala oeste.
Si quiere que la acompañe. Como si no supiera que aquella frase contenía una advertencia.
Margaret guardó silencio. El deseo de decirle que se quedara le resultó tan inesperado que se avergonzó de él.
No quería compañía. No quería testigos. Lo que quería era que alguien le explicara por qué aquella casa había invadido sus sueños, por qué un diario de 1974 hablaba de una Margaret que no podía ser ella y por qué cada objeto parecía dispuesto para esperar su mano.
Malcolm se dirigió hacia el pasillo.
—Hay mantas en el armario junto a la cocina —dijo—. Y una linterna en el cajón de la entrada. Si decide quedarse hasta tarde, no use la escalera sin encender las luces. La tercera tabla, contando desde abajo, está floja.
Margaret se volvió hacia la escalera visible desde el vestíbulo.
La tercera tabla.
En su sueño, siempre evitaba el tercer peldaño. Nunca había sabido por qué.
—¿Cómo sabe que no me quedaré? —preguntó.
Malcolm se detuvo junto a la puerta principal.
—No lo sé. Pero la casa suele conseguir lo que quiere.
Esta vez, Margaret no respondió.
Lo acompañó hasta la entrada. El aire del vestíbulo parecía más frío que antes. Malcolm recogió su bastón y se puso la gorra.
—Cerraré la verja al salir —dijo—. No con llave. Si necesita irse, podrá hacerlo.
—¿Y si necesito entrar de nuevo?
El hombre sostuvo su mirada.
—Entonces encontrará la manera.
Cuando se fue, Margaret esperó a oír el motor de la furgoneta alejarse. Permaneció junto a la puerta hasta que el sonido desapareció por completo entre los árboles. Después cerró el cerrojo.
El clic se propagó por el vestíbulo como una respuesta.
Por primera vez, estaba sola dentro de Ashford Manor.
La idea debería haberle dado miedo. En cambio, sintió una calma estrecha y peligrosa, como la que precedía a un ataque de pánico cuando todavía era posible confundirlo con concentración.
Se obligó a respirar despacio. Uno, dos, tres.
El aire olía a piedra húmeda. Cuatro, cinco. El vestíbulo permanecía quieto.
Decidió que subiría a la planta superior antes de marcharse.
No porque creyera que encontraría nada. Precisamente porque necesitaba demostrar que una escalera no podía conocerla mejor de lo que ella se conocía a sí misma.
Encendió las lámparas de pared. La luz titubeó, pero se mantuvo. Luego apoyó una mano sobre la barandilla.
La madera estaba más lisa de lo que esperaba.
Subió el primer peldaño.
Luego el segundo.
Al llegar al tercero, lo evitó por reflejo. Su pie se movió hacia el borde derecho antes de que pudiera detenerlo. La tabla central crujió bajo el aire, sin que nadie la tocara.
Margaret se quedó inmóvil.
No había elegido evitarlo.
Había sabido que debía hacerlo.
Continuó subiendo, más despacio. El descansillo se acercó. La puerta blanca del fondo ocupaba su campo de visión. A cada paso, la casa parecía devolverle una imagen que ella ya poseía: el borde de una moldura, el dibujo de la alfombra, la inclinación de la luz en el vidrio empañado.
Cuando llegó arriba, se dio cuenta de que estaba llorando.
No eran lágrimas de pena. Ni siquiera de miedo. Eran lágrimas de reconocimiento, silenciosas y humillantes, como si su cuerpo hubiera llegado a una verdad antes que su mente.
Y su mente se negaba a seguir.
Se las secó con el dorso de la mano y se obligó a mirar alrededor.
El corredor superior se extendía a su derecha, largo y estrecho, con puertas cerradas a ambos lados. A la izquierda estaba la puerta blanca. Tenía un pomo de latón opaco y una placa sin nombre. Margaret dio un paso hacia ella.
Entonces vio el retrato.
Colgaba en la pared opuesta, medio oculto por la sombra que proyectaba una lámpara apagada.
Era grande, más alto que ella, enmarcado en madera negra con un ribete dorado.
La mujer pintada estaba sentada en una silla de respaldo alto, junto a una ventana abierta.
Llevaba un vestido de seda color marfil y sostenía una rosa marchita entre los dedos.
Detrás de ella, un jardín se desvanecía en la bruma.
Margaret había visto aquel vestido.
La mujer del sueño se volvía siempre antes de mostrarle el rostro. Pero llevaba ese mismo tono pálido. Esa misma caída de tela sobre las muñecas. Esa misma quietud tensa en los hombros.
Se acercó.
Al pie del marco había una pequeña placa:
Eleanor Sinclair, 1920.
La mujer tenía el cabello rubio oscuro, recogido en un moño bajo. Sus ojos eran verdes. Su expresión no era triste ni alegre; era la de alguien que ha escuchado una noticia y todavía no ha decidido qué parte de sí misma va a sobrevivirla.
Margaret levantó una mano hacia el lienzo.
No llegó a tocarlo.
Observó la curva de la boca. La forma del mentón. La línea recta de la nariz. El espacio entre las cejas. Cada rasgo se reunió ante ella con una precisión insoportable.
Era yo. Pero no era posible.