Capítulo 3 Dentro #2
La sala de estar era más estrecha y menos solemne.
Tenía paredes revestidas de madera hasta media altura, sillones gastados alrededor de una chimenea pequeña y estanterías llenas de libros.
Una radio portátil descansaba sobre un aparador.
Margaret se acercó a ella y giró la rueda.
Sólo respondió un chasquido de estática.
Sobre una mesa junto a la ventana había un diario abierto.
No parecía viejo al principio. Era un volumen de tapa verde oscura, con las esquinas cubiertas de cuero y un elástico roto sujeto alrededor de las páginas.
Estaba abierto por la mitad, como si alguien hubiera estado escribiendo y se hubiera levantado al oír la puerta.
La tinta de las páginas era de un azul apagado.
Las líneas formaban una escritura inclinada, apretada, irregular.
Margaret se acercó.
—¿Esto estaba así? —preguntó.
—Desde que yo recuerdo.
—¿Abierto?
—Sí.
—¿Y nadie lo guardó?
—No era mío para guardarlo.
Margaret inclinó la cabeza. No podía leer las palabras.
No porque la letra fuera incomprensible, sino porque algo extraño le ocurría cuando intentaba seguirla: las letras parecían cambiar de lugar en la página.
Sabía que era una impresión causada por el cansancio, por la falta de luz, por la irritación que le producía aquel sitio. Aun así, parpadeó y retrocedió.
En la parte superior de la página había una fecha.
Octubre de 1974.
Debajo, la escritura cambiaba. Las líneas ya no parecían frases, sino series de letras repetidas y signos breves, agrupados con una regularidad demasiado deliberada para ser una caligrafía apresurada.
Margaret distinguió algunos caracteres aislados, pero ninguna palabra completa.
No era una mala letra: era un sistema que no entendía.
—¿Quién escribió esto? —preguntó.
Malcolm no se movió.
—No podría asegurarlo.
—¿No podría o no quiere?
El anciano miró el diario, no a ella.
—Hay cosas que la gente dejó para quien tuviera derecho a encontrarlas.
Margaret cerró la tapa con un golpe suave. El sonido fue más alto de lo que esperaba en la habitación silenciosa.
—He heredado la casa. ¿No se supone que eso me da algún derecho?
—Le da el derecho a decidir qué hará con ella.
—No es lo mismo.
—No —admitió Malcolm—. No lo es.
La respuesta, por alguna razón, la desarmó más que las evasivas anteriores.
Se alejó de la mesa y se dirigió hacia la ventana.
Los postigos estaban cerrados, pero encontró la aldaba y la movió.
Uno de los paneles cedió con un gemido. La luz gris entró en la sala y reveló partículas de polvo suspendidas en el aire.
Afuera, el jardín descendía hacia el bosque, una extensión confusa de árboles desnudos, estatuas vencidas y senderos cubiertos de hojas.
Junto a la ventana había un pequeño escritorio de nogal. Margaret lo había visto al entrar, pero no le había prestado atención. Ahora descubrió que uno de los cajones estaba entreabierto.
Se acercó.
—¿Puedo? —preguntó, más por costumbre que por esperar una respuesta.
Malcolm no contestó.
Dentro había una caja de madera forrada con papel azul.
La tapa se levantó con facilidad. Contenía cartas atadas con una cinta color marfil, varias docenas, quizá más.
Los sobres eran de diferentes tamaños y tonos.
Algunos tenían manchas oscuras de humedad; otros conservaban la blancura amarillenta del papel antiguo. Ninguno llevaba sello.
Margaret tomó el primero.
El anverso estaba dirigido a alguien cuyo nombre había sido tachado con tinta. Sobre la línea negra aún se distinguía la primera letra: una T.
No lo abrió.
No porque respetara la intimidad de una desconocida.
La casa había dejado de merecer esa clase de cortesía en cuanto sus habitantes decidieron escribir su nombre en un diario cincuenta años antes de que ella naciera.
No lo abrió porque, de pronto, sintió que si rompía el sello no podría volver a fingir que aquello era una equivocación administrativa.
—¿Moira escribió estas cartas? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Y quién sabe?
—Algunas respuestas no las tiene nadie ya.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Es la más honesta que puedo darle.
Margaret dejó el sobre en la caja. Notó que sus manos temblaban y las cerró a los costados.
Al salir de la sala de estar, no volvió de inmediato al vestíbulo.
Abrió una puerta que Malcolm no había mencionado y se encontró en un comedor pequeño, separado de la cocina por una puerta de vaivén.
No tenía el aire ceremonial del salón principal.
Había una mesa ovalada de roble, seis sillas de respaldo recto y un aparador bajo cargado de vajilla.
Sobre una silla, alguien había dejado un cárdigan azul marino cuidadosamente doblado.
Margaret se acercó antes de poder evitarlo.
La prenda estaba cubierta de polvo, pero conservaba la forma de un cuerpo que ya no estaba.
Al levantar una esquina de la manga, descubrió una etiqueta cosida a mano con dos iniciales: M.
A. . No sintió nada concreto al leerlas.
Ningún recuerdo. Ninguna imagen. Sólo el mismo vacío que le había dejado la firma de la carta.
En el aparador había una hilera de fotografías más recientes, todas de color desteñido.
Una mostraba a una mujer de unos sesenta años frente a un invernadero; otra, a dos niños junto al río, envueltos en abrigos de los años setenta.
En una tercera, la mujer aparecía de perfil, sentada ante esa misma mesa.
Su rostro quedaba oculto por un reflejo del flash, pero el gesto de sus manos sobre un sobre blanco le resultó inexplicablemente familiar.
—¿Esa es Moira? —preguntó Margaret.
Malcolm se había quedado en el umbral.
—Sí.
Era la primera respuesta directa que le daba desde su llegada.
Margaret miró otra vez la fotografía. Moira Ashford parecía una mujer común: cabello gris recogido, gafas grandes, un vestido oscuro con cuello de encaje.
Costaba reconciliarla con la autora de una carta que hablaba de una casa capaz de reconocer a las personas.
—¿Por qué me dejó esto? —preguntó.
—Eso sólo ella podría explicárselo.
—Pero usted la conocía.
—La conocía lo suficiente para saber que, si decidió dejarle la casa, tenía un motivo.
—¿Y no le dijo cuál?
—Las personas mayores suelen creer que el silencio es una manera de proteger a los jóvenes —dijo Malcolm—. A veces se equivocan.
Margaret quiso preguntarle si hablaba de Moira, de Catherine o de alguien más. Pero una corriente de aire recorrió el comedor y movió apenas el cárdigan sobre la silla. Los dos miraron hacia la puerta de vaivén.
Del otro lado, en la cocina, algo golpeó una vez contra una superficie de metal.
Malcolm no pareció alarmado.
—Una tubería —dijo.
Margaret no estaba segura de haber preguntado.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse? —preguntó Malcolm.
La pregunta llegó sin transición.
—No lo sé.
—Hay un hostal en el pueblo. La señora Morag tiene dos habitaciones libres. No le recomendaría pasar aquí la noche todavía.
—¿Por la electricidad?
—Por muchas cosas.