La Casa de los Ecos Capítulo 3 Dentro
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Capítulo 3 Dentro

Malcolm tardó varios minutos en aparecer desde el camino.

Margaret lo oyó antes de verlo: el motor de la furgoneta apagándose detrás de las tejas, una puerta que se cerraba, el golpecito regular de su bastón sobre la gravilla húmeda.

Ella seguía frente a Ashford Manor con la llave de latón en la mano.

Había intentado metérsela de nuevo en el bolsillo, pero no lo había conseguido.

El frío del metal le había dejado una marca roja en la palma.

—La cerradura delantera se atasca cuando llueve —dijo Malcolm al llegar a su lado—. Hay que levantar un poco la puerta antes de girar.

No añadió nada más. No le preguntó si se encontraba bien, ni si quería esperar a que despejara.

La casa ocupaba todo el espacio entre ellos, con sus ventanas ciegas y sus chimeneas oscuras.

Margaret agradeció, pese a sí misma, que el anciano no se comportara como si aquella primera entrada fuera especial.

—¿Usted tiene llave? —preguntó.

—Una para los cobertizos y para el cuadro exterior. La casa es suya, señorita Chen. No me corresponde entrar sin permiso.

La palabra suya le resultó más difícil de aceptar que todas las demás.

Malcolm subió los tres escalones del porche y señaló el mecanismo de la cerradura.

La puerta principal era de roble, alta y desproporcionadamente pesada, dividida por paneles tallados que el agua había oscurecido.

Sobre el arco de piedra había un pequeño relieve cubierto de líquenes: una rama de espino y, debajo, una letra A apenas visible.

Margaret introdujo la llave.

No giró.

Volvió a intentarlo, levantando la puerta con el hombro como Malcolm le había indicado. El roble cedió apenas un milímetro. Hubo un roce áspero dentro de la cerradura, un sonido de metal que no se utilizaba desde hacía demasiado tiempo, y luego un clic.

Margaret se quedó quieta.

La puerta estaba entreabierta.

Del interior llegó una corriente de aire frío con olor a cera vieja, piedra húmeda y madera que había pasado décadas sin recibir luz.

Era el olor de su sueño. No parecido. No aproximado.

El mismo olor que, desde la adolescencia, había asociado con la mujer de vestido claro y la escalera que no sabía situar en ninguna parte.

Sus dedos se cerraron alrededor del picaporte.

—¿Señorita? —dijo Malcolm.

—Estoy bien.

La respuesta salió demasiado deprisa.

Empujó la puerta.

El vestíbulo se abrió ante ella en una penumbra azulada.

La luz de la mañana entraba por un ventanal alto sobre la escalera, debilitada por una capa de polvo en los cristales.

El suelo de piedra estaba cubierto por una alfombra central de tonos rojos y oro, desgastada hasta dejar al descubierto hilos pálidos.

A ambos lados se alzaban consolas de madera oscura, jarrones vacíos, candelabros de bronce y retratos cuyos rostros se habían hundido en la sombra.

Y, al fondo, la escalera.

Margaret no entró.

La barandilla ascendía en una curva amplia, de madera pulida y ennegrecida por los años.

El primer tramo desembocaba en un descansillo; desde allí, un segundo tramo se perdía hacia un corredor superior.

En la pared del fondo había una puerta alta, de marco blanco, exactamente donde la mujer de sus sueños había levantado la mano.

Durante unos segundos, no oyó nada salvo su propia respiración.

La escalera no se parecía a la de sus sueños porque compartiera los rasgos generales de una casa victoriana.

No era una coincidencia arquitectónica. Conocía las proporciones, los tres peldaños más anchos antes del descansillo, la curva mínima de la madera al comienzo de la barandilla, incluso la raya oscura en el papel pintado junto a la puerta de arriba.

Había estado allí.

La idea apareció con una claridad tan fría que Margaret dio un paso atrás.

No, se corrigió. No podía haber estado allí. Su madre habría tenido que traerla, o su padre, o alguien de la familia. Habría fotografías. Recuerdos. Una historia que David pudiera confirmar. No se visitaba una casa como aquella y se borraba por completo de la memoria.

A menos que uno fuera demasiado pequeño.

A menos que alguien hubiera decidido no recordarlo.

—La electricidad funciona en la planta baja —dijo Malcolm a su espalda—, salvo en el ala oeste.

El generador salta si se enchufan demasiadas cosas.

El agua no está cortada, pero no aconsejaría beberla hasta que se limpien los depósitos.

Las calderas son antiguas, pero el señor Bell paga una revisión anual.

Margaret se obligó a apartar la mirada de la escalera.

—¿Nadie vive aquí desde hace veinte años y el abogado paga la revisión anual de la caldera?

Malcolm se encogió de hombros.

—La señora Ashford detestaba que las cosas se echaran a perder por abandono.

—Sin embargo, dejó que esta casa se pudriera.

El anciano no pareció ofendido.

—Hay una diferencia entre dejar algo y abandonarlo.

Antes de que Margaret pudiera pedirle que explicara aquella respuesta, Malcolm se dirigió al lateral del vestíbulo y accionó dos interruptores. Tras un momento de vacilación, unas lámparas de pared encendieron una luz tenue, amarillenta. La casa no se iluminó; simplemente se hizo visible.

El polvo cubría las molduras y se acumulaba en los bordes de las mesas.

Había huellas de humedad sobre el techo, finas como venas oscuras.

Un papel pintado de ramas y flores, en colores ya agotados, se desprendía en una esquina.

Sin embargo, nada estaba dispuesto como en una casa vacía.

Los paraguas seguían en un paragüero junto a la puerta.

Unos guantes de cuero descansaban sobre una consola.

Encima de ellos, un cuenco contenía llaves, monedas antiguas y dos botones de nácar.

Como si la persona que había vivido allí hubiera salido un momento y esperado volver antes de que terminara la tarde.

Margaret se quitó el abrigo sin decidir por qué. Lo dobló sobre el brazo.

—¿Puede mostrarme la casa? —preguntó.

Malcolm la miró con cautela.

—Puedo señalarle lo importante. La casa la tendrá que conocer usted misma.

Otra frase para la que no tenía paciencia.

—Señáleme lo importante, entonces.

Malcolm le mostró primero las dos puertas del vestíbulo.

A la derecha estaba el salón principal; a la izquierda, una sala de estar más pequeña.

Detrás de la escalera había un pasillo hacia la cocina, el antiguo cuarto de servicio y una despensa.

El ala oeste, explicó, contenía una biblioteca, un despacho y varias habitaciones que habían permanecido cerradas porque una filtración en el techo necesitaba repararse.

La planta superior guardaba dormitorios, un cuarto de costura, baños y un ático.

—¿Qué hay detrás de aquella puerta? —preguntó Margaret, señalando la del descansillo.

Malcolm siguió la dirección de su mirada.

Por primera vez desde que la había visto, pareció verdaderamente incómodo.

—Un pasillo hacia las habitaciones del ala oeste.

—¿Por qué está cerrada?

—Porque la cerradura es temperamental.

—¿Y no hay otra forma de llegar allí?

—La hay. Desde el corredor superior.

No era una explicación. Pero al menos no era una mentira tan pulida como las del señor Bell.

Margaret pasó junto a él y abrió la puerta del salón principal.

El aire era más frío allí dentro. Los postigos estaban cerrados, de modo que la única luz provenía de una lámpara baja encendida por Malcolm y de la claridad que se filtraba entre las tablas.

La habitación era enorme. Un fuego apagado ocupaba la pared central bajo una repisa de mármol gris.

Había sofás cubiertos por fundas, cortinas pesadas, una mesa de té con tazas dispuestas sobre una bandeja de plata y un piano de cola junto a la ventana.

Las tazas estaban cubiertas de polvo.

Margaret se acercó despacio. Una de ellas conservaba una marca marrón en el fondo, como si hubiera contenido té hasta el día en que alguien dejó de volver.

—¿Señora Ashford vivía sola? —preguntó.

—La mayor parte del tiempo.

—¿Qué significa eso?

—Que a veces recibía visitas.

—¿Familia?

Malcolm se dirigió al piano y pasó una mano por la madera, sin llegar a tocarla.

—No sabría decirle, señorita.

El salón estaba lleno de fotografías. Margaret no las había advertido al principio porque estaban distribuidas por todas partes: sobre la repisa, en una mesa lateral, junto al piano, sobre una vitrina baja.

Había rostros en blanco y negro, celebraciones de Navidad, niños con abrigos gruesos, una mujer de cabello rubio oscuro de pie junto a una ventana.

Las más recientes parecían de los años setenta.

En una de ellas, tres personas posaban frente a la fachada de Ashford Manor: un hombre delgado con traje, una mujer de expresión seria y una niña de unos ocho años que no sonreía.

Margaret se quedó mirando a la niña. Algo en su postura, en la manera en que miraba hacia la cámara, le resultaba insoportablemente familiar.

Margaret tomó el marco.

La niña tenía el cabello oscuro recogido con una cinta. Su rostro no se parecía al suyo. No mucho. Pero los ojos, pensó con una incomodidad que no pudo justificar, tenían algo familiar.

—¿Quiénes son? —preguntó.

Malcolm estaba junto a la puerta.

—No lo sé.

Ella se volvió hacia él.

—¿No lo sabe o no puede decírmelo?

El hombre bajó la vista.

—Las fotografías no llevan nombre.

Margaret miró de nuevo el marco. Era cierto. No había fecha ni inscripción en el reverso. Sólo una pequeña mancha de humedad en la esquina de la imagen.

La frustración empezó a adquirir una forma concreta dentro de ella. No era sólo la casa, ni el retrato de la escalera que no había podido olvidar, ni la carta de Moira. Era la manera en que todas las personas relacionadas con aquel lugar parecían haber aprendido a responder sin responder.

Dejó la fotografía sobre la mesa con más cuidado del que sentía.

—¿Qué más?

Malcolm asintió hacia la puerta.

—La sala de estar. Después, si quiere, la cocina.