Capítulo 2 El viaje #3
Margaret aparcó en el arcén y tomó el teléfono.
No había cobertura. Miró de nuevo la verja.
Estaba cerrada, pero un candado moderno colgaba de la cadena.
Recordó las instrucciones de Bell: el señor Reid la esperará en la entrada de la finca .
Quizá se hubiera retrasado. Quizá ella hubiera llegado antes de lo previsto.
Esperó cinco minutos.
Luego diez.
La niebla empezó a espesarse.
Fue entonces cuando una figura surgió entre los árboles del lado opuesto de la verja.
Un hombre mayor caminaba despacio por el camino privado, apoyándose en un bastón.
Llevaba una gorra de lana y un impermeable verde oscuro.
Cuando llegó a la entrada, levantó la vista como si la hubiera reconocido a pesar de no haberla visto nunca.
—Señorita Chen —dijo.
Margaret se obligó a no mostrar sorpresa.
—¿Señor Reid?
—Malcolm. Lo siento. Una oveja había quedado atrapada cerca del río. No podía dejarla ahí.
Tenía un acento local más marcado que el de James y unos ojos grises, acuosos, que parecían no perder detalle.
—El señor Bell dijo que me esperaría.
—Y aquí estoy. Sólo que no siempre se puede escoger qué cosa necesita más prisa.
Desató el candado con una llave que sacó de su bolsillo. La cadena cayó con un sonido áspero.
—¿Ha conocido usted a Moira Ashford? —preguntó Margaret.
Malcolm no levantó la cabeza, pero sus manos se detuvieron sobre el candado.
—Sí, señorita.
—¿Era familia mía?
La verja se abrió unos centímetros. El hombre se detuvo.
—Eso no me corresponde decirlo.
—Todo el mundo parece creer que no le corresponde decirme nada.
Malcolm la miró entonces. No había desafío en su expresión. Sólo una tristeza discreta, casi compasiva.
—Hay casas que hacen las preguntas en su propio orden —dijo—. Ésta siempre ha sido una de ellas. Y siempre ha esperado a la persona correcta para hacerlas.
La frase produjo en Margaret una irritación tan inmediata que estuvo a punto de volver al coche.
—No es una persona —dijo—. Es un edificio.
—Claro que sí.
Malcolm abrió por completo la verja y se hizo a un lado.
—Pero no deje que la oiga decirlo.
Margaret lo miró, incapaz de decidir si aquello era una broma o una advertencia. El hombre no ofreció ninguna ayuda. Sólo señaló el camino que ascendía entre los árboles.
—Siga hasta que el bosque se abra. Yo iré detrás con mi furgoneta. Hay un sitio para aparcar junto a la entrada principal.
Margaret volvió a ponerse al volante. La verja se cerró tras ella con un golpe de hierro que sonó demasiado definitivo.
El camino subía en curvas suaves. A ambos lados se extendían jardines que alguna vez debieron de haber sido formales: setos desbordados, estatuas cubiertas de hiedra, parterres convertidos en maleza.
A través de la niebla, distinguió los restos de un invernadero con paneles de vidrio rotos y, más allá, la sombra negra de unas caballerizas.
Todo estaba abandonado, pero no muerto.
Esa fue la primera idea que le vino a la cabeza.
La finca no parecía vencida por el tiempo; parecía contenerlo.
Los árboles habían crecido, la hiedra se había adueñado de los muros y el agua había oscurecido la piedra, pero cada elemento conservaba una forma de atención.
Como si, bajo la capa de abandono, alguien hubiera esperado que un día volviera a ser visto.
El bosque se abrió.
Y Ashford Manor apareció ante ella.
Margaret dejó de respirar.
La casa se elevaba sobre una loma suave, más grande de lo que la fotografía había permitido imaginar.
La piedra clara de sus muros estaba manchada por décadas de lluvia.
Tenía tres plantas, tejados de pizarra inclinados, chimeneas altas y una torre cuadrada en el lado oeste.
Las ventanas oscuras reflejaban el cielo de una manera opaca, sin devolver ninguna imagen reconocible.
A un lado, un porche de piedra se abría hacia una escalinata baja; al otro, una hilera de ventanas salientes desaparecía bajo una enredadera que había subido hasta el segundo piso.
No era la casa de sus sueños.
Era peor.
Era la casa de sus sueños después de haber existido de verdad. Después de haber estado esperándola.
La escalera estaba allí, aunque desde fuera sólo podía verla a través de una ventana alta del vestíbulo. La curva de la barandilla oscura. El descansillo. La sombra de una puerta en la pared del fondo.
Margaret apretó las manos sobre el volante.
En algún lugar detrás de ella, la furgoneta de Malcolm avanzaba por el camino. El motor sonaba apagado por la niebla. Pero frente a la casa no había movimiento. Ninguna cortina se agitó. Ninguna luz apareció en las ventanas.
Aun así, Margaret tuvo la certeza de que no estaba llegando a un lugar vacío.
Bajó del coche.
El aire estaba helado. El silencio era tan completo que pudo oír el goteo constante del agua desde los tejados, el roce de las ramas y, más lejos, el río oculto entre los árboles. Se quedó de pie ante la fachada, con la carta de Moira Ashford en el bolsillo interior del abrigo.
Margaret sacó la llave de latón. El metal estaba tan frío que le quemó la palma.
La niebla se movió lentamente sobre el jardín.
La casa respiraba. Y parecía estar esperándola.