La Casa de los Ecos Capítulo 2 El viaje #2
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Capítulo 2 El viaje #2

El metal estaba frío.

—¿Ha estado usted dentro de la casa? —preguntó.

Bell tardó un instante demasiado largo en responder.

—No desde hace muchos años.

—¿Por qué no?

—Porque no era necesario.

Cuando salió a la calle, la llovizna se había detenido. El río Ness avanzaba gris entre las orillas de piedra y el cielo parecía haber descendido unos metros sobre los tejados. Margaret se quedó junto al coche con el llavero cerrado en el puño.

No tenía hambre, aunque no había comido desde el amanecer. Se obligó a comprar un sándwich en una panadería cercana y condujo fuera de Inverness sin probar más que dos bocados. Después, la carretera se estrechó.

El mundo empezó a vaciarse.

Las casas aisladas aparecían de pronto entre los árboles y desaparecían igual de rápido.

Muros de piedra cubiertos de musgo dividían campos donde las ovejas se movían como manchas de lana sucia.

Unas pocas chimeneas expulsaban humo vertical antes de que el viento lo deshiciera.

La lluvia regresó, primero como una capa fina sobre el parabrisas, luego como un golpeteo constante que obligó a Margaret a poner los limpiaparabrisas a máxima velocidad.

Siguió la ruta indicada por Bell: una carretera secundaria, un desvío junto a un puente de piedra, una curva cerrada después de una hilera de fresnos. El navegador perdió señal diez minutos antes de llegar. La flecha azul quedó suspendida sobre una pantalla gris, sin carreteras ni nombres.

—Perfecto —murmuró.

La carretera terminaba en una bifurcación sin señales claras. A la izquierda, un camino descendía hacia un grupo de edificios bajos. A la derecha, otro se internaba en un bosque cuya niebla parecía más espesa que la de los alrededores. Margaret eligió la izquierda por puro instinto.

Ravensholm apareció un minuto después.

No fue una llegada. Fue como si el pueblo hubiera ido formándose lentamente alrededor del coche: primero una casa de piedra detrás de un seto, luego una parada de autobús vacía, después una sucesión de tejados de pizarra y ventanas oscuras que se asomaban a una calle principal demasiado estrecha.

No había nada espectacular en él. Ni una torre antigua, ni una plaza amplia, ni el tipo de belleza evidente que atraía a los visitantes.

Sin embargo, tenía una presencia difícil de ignorar.

Las casas se inclinaban unas hacia otras con la complicidad de quienes han soportado demasiados inviernos juntas.

Los carteles de las tiendas tenían letras desvaídas.

La oficina de correos compartía edificio con una pequeña tienda de comestibles; la cafetería, con dos mesas vacías junto a la ventana, estaba frente a un pub de fachada blanca que aún no abría.

Cerca de la iglesia, una cabina telefónica roja se oxidaba bajo una capa de musgo en la base.

Margaret redujo la velocidad.

Vio a una mujer mayor cruzar la calle con una bolsa de compras. Un hombre sacaba cajas de una furgoneta frente a la tienda. Dos adolescentes, enfundados en uniformes escolares, esperaban bajo el alero de la parada de autobús. Todos miraron el coche.

No de manera abierta. No exactamente.

Pero lo miraron.

Era fácil atribuirlo a la rareza de una desconocida conduciendo despacio por un pueblo pequeño.

Margaret se dijo eso una vez. Se lo repitió cuando la mujer de la bolsa se detuvo junto a la acera y siguió el coche con los ojos hasta que pasó.

No había nada misterioso en que la gente notara lo extraño. Lo extraño era ella.

Aparcó junto a la oficina de correos y salió bajo una llovizna leve.

El aire era más frío que en Inverness y olía a turba húmeda, humo de leña y hojas en descomposición.

Al otro lado de la calle, un hombre estaba arrodillado junto a un panel de madera desmontado de la fachada de la cafetería.

Tenía una caja de herramientas abierta a su lado y un jersey grueso de lana bajo una chaqueta encerada.

Con una espátula pequeña retiraba con paciencia restos de pintura de una letra dorada.

La palabra que estaba restaurando decía MORAG’S .

Margaret se acercó a la esquina y consultó el papel con las indicaciones de Bell. Aquel era el desvío, pensó. La iglesia a la izquierda. El puente de piedra más adelante. Pero la lluvia había vuelto borrosos los detalles, y ninguna de las curvas le resultaba del todo segura.

—¿Puedo ayudarla? —preguntó el hombre.

Su voz no era alta, pero atravesó el ruido de la lluvia.

Margaret levantó la mirada.

Él se había puesto de pie. Era alto, de hombros anchos, con el cabello castaño oscuro humedecido en las puntas y una cicatriz breve junto a la mejilla izquierda. Sus ojos eran azules, pero no de un azul limpio ni fácil de recordar: tenían el color opaco y cambiante del agua antes de una tormenta.

—Busco Ashford Manor —dijo ella.

El hombre no respondió de inmediato.

No fue una pausa larga. Apenas el tiempo de cerrar la caja de herramientas con una mano. Pero Margaret la reconoció porque llevaba una semana aprendiendo a reconocer silencios.

—No queda lejos —dijo al fin—. Si toma la calle de la iglesia y sigue el río, verá un puente. Después del puente hay una curva a la derecha. La entrada queda unos cientos de metros más adelante, detrás de los tejos.

—Gracias.

—Con esta niebla es fácil pasarla de largo.

—Eso me han dicho.

El hombre miró el papel que ella sostenía, luego el llavero de latón que asomaba de su mano. Su expresión siguió siendo tranquila, pero algo se cerró en ella.

—¿Es usted de la familia? —preguntó.

Margaret sintió una resistencia inmediata, absurda y defensiva.

—No lo sé.

Por primera vez, él pareció a punto de sonreír.

—Una respuesta bastante honesta.

—¿Y usted? ¿Conoce la casa?

El hombre echó un vistazo hacia el letrero desmontado, como si quisiera medir hasta dónde podía alejarse de su trabajo.

—Conozco la historia de muchas casas de por aquí. Es parte de mi trabajo.

—¿Restaurador de letreros?

—Restaurador de lo que todavía merece la pena reparar —dijo, sin molestarse—. Y, cuando hace falta, historiador local.

La respuesta habría podido sonar presuntuosa en otra persona. En él sólo sonó cansada.

—Margaret Chen —dijo ella, antes de pensar por qué se presentaba.

Él la observó un segundo. Luego, como si hubiera estado esperando precisamente ese nombre, asintió.

—James MacLeod.

El apellido no le dijo nada. Aun así, tuvo la impresión de haberlo visto antes. No en un documento ni en la pantalla del ordenador, sino en alguna parte menos concreta: escrito al margen de un sueño, quizá, o pronunciado por una voz que se apagaba antes de que pudiera entenderla.

James volvió a mirar hacia la carretera.

—No llegue demasiado tarde. La luz cae rápido aquí en octubre.

—No pensaba quedarme.

Esta vez sí sonrió, aunque fue una sonrisa tan leve que pudo haber sido sólo un cambio en la lluvia sobre su rostro.

—Eso dicen muchos.

Margaret no respondió. Se dirigió al coche, consciente de que él la miraba hasta que cerró la puerta. Cuando arrancó, no miró hacia atrás.

Sin embargo, al incorporarse de nuevo a la carretera, lo vio por el espejo retrovisor. James seguía de pie junto a la cafetería, con una mano apoyada sobre la caja de herramientas. La calle gris lo había ido borrando poco a poco, pero no apartaba la vista de su coche.

Margaret tuvo la impresión de que había estado esperando que ella llegara.

El puente de piedra apareció donde él había dicho.

Era estrecho, de un solo carril, y el río que pasaba por debajo descendía oscuro entre rocas lisas. Al cruzarlo, Margaret sintió un movimiento brusco en el pecho, tan intenso que apretó el freno. La respiración se le aceleró. Sus manos se tensaron sobre el volante.

No era miedo. O no únicamente.

Había visto aquel puente.

No en fotografías. No en mapas. Lo había visto bajo la luz azul de sus sueños, sin saber qué era, con el sonido del agua golpeando las piedras y una figura pálida al otro lado. En el sueño, la mujer siempre caminaba hacia los árboles. Margaret la seguía sin alcanzarla nunca.

Un coche apareció detrás de ella, a cierta distancia. El conductor no tocó el claxon, pero Margaret reaccionó de inmediato y avanzó. Su respiración se había vuelto demasiado rápida. Bajó un poco la ventanilla. El aire frío entró en el coche, mezclado con el olor del río y de la tierra mojada.

Es una coincidencia , se dijo.

Había puentes de piedra por toda Escocia.

Pero no logró convencerse.

Después de la curva, el pueblo desapareció detrás de los árboles.

La carretera se volvió estrecha y privada, protegida a ambos lados por un muro bajo de piedra.

Los tejos formaban un pasadizo oscuro sobre el asfalto.

Sus ramas se inclinaban unas hacia otras, pesadas de agua, y la niebla se acumulaba entre los troncos como humo retenido.

Margaret redujo la velocidad hasta casi detenerse.

A su derecha apareció una verja de hierro forjado. Dos pilares de piedra sostenían los extremos, cubiertos de líquenes, y en uno de ellos quedaba una placa inclinada donde apenas pudo leer el nombre:

ASHFORD MANOR

El señor Reid no estaba junto a la entrada.