La Casa de los Ecos Capítulo 2 El viaje
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Capítulo 2 El viaje

Margaret salió de Edimburgo antes de que amaneciera por completo.

A las seis y media, la ciudad era una sucesión de farolas apagándose, escaparates vacíos y semáforos que cambiaban de color para nadie.

La lluvia de los días anteriores había dejado el asfalto negro y brillante.

Desde el interior del coche, las fachadas de piedra parecían deslizarse una detrás de otra, conocidas y distantes a la vez: los edificios georgianos de las avenidas, los cierres metálicos de las tiendas, los contornos oscuros de las colinas recortándose tras una capa de nubes bajas.

Margaret condujo sin música.

Había preparado el viaje como una inspección: combustible, teléfono, mapas sin conexión, linterna, botiquín, cámara y guantes. El termo de café ocupaba el asiento del copiloto; el sobre, el bolso. También llevaba la carta de Moira Ashford, aunque no recordaba haberla guardado.

No pensaba leerla de nuevo.

Aun así, antes de incorporarse a la carretera hacia el norte, la sacó del bolso y comprobó que seguía allí.

El papel, doblado en cuatro, parecía no pesar nada.

Eso era lo que más la irritaba: que unas pocas líneas escritas por una mujer muerta hubieran conseguido alterar el orden de sus pensamientos durante cuatro días.

La casa te reconocerá.

La guardó bruscamente.

El jueves llegó demasiado deprisa. El abogado Bell no podía recibirla hasta el mediodía; su secretaria le había indicado que los documentos estarían preparados.

Había considerado el tren. Habría sido más sensato.

Podría haber trabajado durante el trayecto y convertido la excursión en una anomalía manejable.

Pero el tren no le habría permitido detenerse.

La idea la incomodó en cuanto apareció. No sabía por qué quería conservar esa posibilidad.

Quizá porque una casa heredada de una desconocida era, en teoría, algo de lo que una persona sensata debía poder alejarse en cualquier momento.

Quizá porque las tres horas de carretera le darían tiempo para recuperar el control antes de llegar.

O quizá porque una parte de ella temía que, si compartía el viaje con otras personas, alguien notaría que algo estaba mal.

Cruzó el Forth Road Bridge mientras el cielo adquiría un color gris pálido, casi metálico.

A su izquierda, el agua se extendía bajo las nubes con una inmovilidad engañosa.

Más allá quedaban la ciudad, los informes de obra, la iglesia de St. Columba y los mensajes de Nora preguntando si había llegado bien a «la mansión maldita».

Margaret no había respondido.

La autopista se abrió ante ella. Condujo primero entre campos húmedos y lomas de un verde apagado, atravesando pueblos que aún parecían dormidos.

Luego la carretera comenzó a elevarse y a perder sus bordes urbanos.

Los letreros azules anunciaban Perth, Aviemore, Inverness.

Cada nombre reducía un poco la distancia entre ella y el punto amarillo que había marcado en el mapa.

Ravensholm.

Le parecía un nombre inventado por alguien que no hubiera vivido nunca allí. Demasiado oscuro, demasiado deliberado. Un nombre que pertenecía más a una leyenda que a un pueblo.

A media mañana, los bosques sustituyeron a los campos.

Los abedules y los pinos se apretaban a ambos lados de la carretera, sus troncos húmedos levantándose entre jirones de niebla.

La visibilidad se estrechaba y se abría de nuevo con cada curva.

Por momentos, el paisaje parecía no haber terminado de decidir si mostrarle una montaña, un lago pequeño o el vacío gris de la mañana.

Margaret bajó la velocidad.

Había visitado las Highlands muchas veces de niña, aunque sus recuerdos eran imprecisos.

Viajes de verano con su madre y su hermano.

Una habitación de hotel demasiado calurosa.

El olor a lana mojada. David persiguiendo algo entre la hierba alta mientras Catherine lo llamaba desde una puerta.

No recordaba los nombres de los lugares ni las carreteras que habían tomado.

Su padre aún vivía entonces, y esa simple certeza volvía los recuerdos extrañamente planos, como fotografías expuestas demasiado tiempo al sol.

No recordaba una casa.

No recordaba ninguna escalera.

En un área de descanso junto a un pequeño embalse, aparcó para beber café.

El viento golpeaba el coche con ráfagas breves.

Del otro lado del agua, las colinas desaparecían dentro de una neblina azulada y, de vez en cuando, una franja de luz descendía desde las nubes y encendía un pedazo de páramo antes de extinguirse.

Margaret permaneció sentada con las manos alrededor del termo.

Su teléfono mostró dos barras de cobertura. Abrió el contacto de Catherine. Durante unos segundos, contempló el nombre como si fuera una puerta cerrada.

No llamó.

No quería oír la grabación de un hotel en Singapur. No quería dejar un mensaje que su madre pudiera borrar antes de escucharlo. Sobre todo, no quería preguntarle por Ashford Manor y descubrir, por la manera en que Catherine guardaba silencio, que el apellido significaba algo.

En vez de eso, abrió un correo que había recibido esa mañana de la secretaria del señor Bell.

La esperamos a las doce. El despacho se encuentra en Church Street. Por favor, traiga un documento de identidad y los documentos que recibió. El señor Bell le facilitará las llaves de la propiedad y los datos del encargado de la finca.

Las palabras eran ordinarias. Su tono, completamente neutro. Margaret volvió a leerlas hasta que dejó de parecerle que ocultaban algo.

A las once y cincuenta y dos entró en Inverness.

La ciudad estaba más animada que la carretera.

Había peatones con paraguas, autobuses que salpicaban los bordillos y escaparates iluminados en calles estrechas.

Margaret aparcó cerca del río Ness, pagó un ticket que se arrugó al salir de la máquina y caminó hasta Church Street bajo una llovizna tan fina que parecía permanecer suspendida en el aire.

El despacho de Bell, Fraser & Grant ocupaba la planta baja de una casa de piedra clara con una puerta lacada de negro. Por dentro olía a papel, cera y calefacción antigua. Una mujer de cabello blanco, recogido en un moño perfecto, la recibió desde un mostrador de madera.

—Señorita Chen. El señor Bell la espera.

Margaret la siguió por un pasillo cubierto de retratos al óleo. Hombres de mandíbula severa, mujeres con vestidos oscuros, un niño que miraba desde un marco ovalado con una tristeza impropia de su edad. Ninguno llevaba el apellido Ashford, se dijo. Ninguno tenía por qué interesarle.

Alistair Bell era más joven de lo que su voz había sugerido. Tendría poco más de cuarenta años, con gafas finas y una corbata azul marino impecablemente anudada. Se levantó al verla entrar y le tendió una mano.

—Señorita Chen. Gracias por venir.

—He pensado que era mejor averiguar qué está pasando antes de que la casa se caiga encima de alguien —dijo ella.

Una sonrisa breve atravesó la expresión del abogado y desapareció casi enseguida.

—Es una forma razonable de enfocarlo.

Su despacho tenía dos ventanas altas orientadas a la calle, estanterías llenas de carpetas y un escritorio donde la esperaba una carpeta gris.

Bell le explicó, con frases cuidadas, que la transmisión de propiedad estaba en curso y que los aspectos más técnicos de la sucesión requerirían tiempo.

Sin embargo, el testamento permitía que tomara posesión de la casa de inmediato.

Había seguros vigentes, un inventario incompleto y un encargado de mantenimiento que vigilaba los límites de la finca una vez por semana.

—¿Malcolm Reid? —preguntó Margaret al leer el nombre en la documentación.

—Exactamente. Vive en Ravensholm. Se ha ocupado de las reparaciones urgentes y de la seguridad exterior durante años.

—¿Años?

Bell entrelazó las manos sobre el escritorio.

—La señora Ashford vivía fuera de la propiedad desde finales de los noventa. Después de su muerte, el señor Reid continuó con sus funciones mínimas a petición de los albaceas.

—¿Y nadie consideró que sería útil decirme quién era Moira Ashford antes de entregarme una casa?

El abogado sostuvo su mirada. No había hostilidad en sus ojos, pero sí una reserva que Margaret reconoció de inmediato. Era la misma que aparecía en los peritos cuando un propietario preguntaba si una grieta era grave y la respuesta honesta tenía demasiados matices.

—Puedo decirle que la señora Ashford era una persona muy privada —respondió—. También que estaba convencida de que usted debía ver la casa antes de conocer determinados detalles de su historia.

—¿Qué detalles?

—Los que, si decide continuar, podrán revisarse más adelante con la documentación correspondiente.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo ofrecer hoy.

Margaret apoyó ambas manos sobre la carpeta. Sintió el viejo impulso de controlar la conversación, de exigir planos, fechas, nombres completos, pruebas. Pero sabía reconocer una pared cuando la tenía delante. Y el señor Bell, con su cortesía impecable, era una pared.

—¿Por qué después del primero de octubre? —preguntó.

La expresión del abogado no cambió, aunque su dedo rozó el borde de un documento. Margaret vio el movimiento. Vio también que él sabía que ella lo había visto.

—Era una instrucción de la testadora.

—¿Y usted nunca se preguntó por qué?

—Los abogados aprendemos a no confundirnos con los escritores, señorita Chen. Nuestro trabajo consiste en cumplir las instrucciones de los muertos, no en interpretar sus símbolos.

Era una frase ingeniosa. Margaret habría podido apreciarla en otra circunstancia.

—Los muertos no escriben símbolos —dijo—. Los vivos los ponen donde les conviene.

Bell bajó la vista. Luego abrió un cajón y sacó un llavero pesado. Había una llave grande de latón, dos llaves más pequeñas y una etiqueta de cuero agrietado donde se leía, casi borrado, A. M.

—El señor Reid la esperará en la entrada de la finca. Le recomiendo que lo llame antes de llegar. El acceso es fácil de pasar por alto con niebla.

Margaret tomó las llaves.