La Casa de los Ecos Capítulo 1 La carta #3
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Capítulo 1 La carta #3

Miró el contacto de David. Durante un segundo pensó en llamar a su hermano y preguntarle si el apellido Ashford le decía algo.

Pero David respondería con la misma perplejidad que ella, quizá con una broma, quizá con una observación práctica sobre vender la propiedad y repartir los problemas.

No quería escuchar ninguna de las dos cosas.

En lugar de ello, encendió el ordenador.

Buscó Ravensholm, Highlands .

El pueblo apareció en la pantalla como si hubiera estado esperando a que alguien lo buscara.

Era un pequeño agrupamiento de calles junto a una carretera secundaria, a cierta distancia de Inverness: una iglesia, una oficina de correos, una tienda de comestibles, una cafetería y un pub.

No había página turística. No había imágenes brillantes de senderistas, ni recomendaciones de hoteles, ni listas de actividades para un fin de semana.

Sólo algunas fotografías tomadas por particulares: piedra gris, ventanas pequeñas, una carretera flanqueada por árboles, niebla descendiendo sobre una colina.

Nada sugería que algo importante hubiera sucedido allí. Pero algo había sucedido. Algo lo bastante importante como para que una mujer muerta dejara una casa a una desconocida.

Buscó Ashford Manor Ravensholm .

Los resultados fueron escasos. Un registro de edificios de interés local mencionaba una residencia victoriana tardía, de estilo ecléctico, construida para Thomas Ashford, maestro constructor.

Otra entrada, publicada años atrás en un foro de historia regional, hablaba de una casa cerrada "desde antes de que yo naciera" y de un antiguo propietario que había desaparecido en circunstancias poco claras.

La página se había archivado. No había más información.

Margaret abrió una fotografía borrosa de la fachada.

Era una imagen tomada desde el borde de una carretera, quizá durante el verano.

La casa emergía tras unos árboles oscuros: tres plantas de piedra pálida, ventanas altas y estrechas, tejados inclinados, una torre cuadrada en el lado oeste.

Incluso reducida a unos pocos píxeles, parecía excesiva para el paisaje que la rodeaba.

No era una casa construida para protegerse del clima; era una casa construida para ser vista.

Sintió que el estómago se le tensaba.

No por miedo exactamente. Por reconocimiento.

La escalera de su sueño no aparecía en la fotografía. Tampoco la mujer del vestido claro. Sin embargo, la silueta de la torre le produjo una familiaridad tan repentina que retiró la mano del ratón.

Se obligó a reír, sin sonido.

—No seas ridícula —dijo en voz alta.

Su voz se perdió en el salón.

A las seis y cuarto volvió a llamar al señor Bell. Esta vez respondió su secretaria, quien le informó de que el abogado estaba en una reunión. Margaret dejó su nombre y pidió que le reservaran una cita para el jueves. Cuando colgó, volvió a mirar el mapa.

El viaje desde Edimburgo no era complicado.

Podía conducir hasta Inverness en poco más de tres horas si el tráfico acompañaba.

Desde allí, Ravensholm quedaba a menos de media hora según la ruta sugerida.

Podía ir el jueves por la mañana, reunirse con el abogado, ver la propiedad y regresar esa misma noche.

No tenía por qué convertirlo en algo mayor de lo que era.

Podía ser una casa heredada.

Podía ser un problema administrativo.

Podía ser, incluso, una oportunidad profesional.

Una propiedad victoriana con más de un siglo de historia, abandonada en las Highlands y necesitada de una evaluación seria.

La parte más racional de Margaret ya hacía inventarios: presupuesto de emergencia, inspección de cubierta, análisis de humedad, fotografías, límites de la finca.

Una lista, se dijo, era el comienzo de cualquier control.

Sin embargo, cada vez que su mirada volvía a la carta, las palabras se imponían a las listas.

La casa te reconocerá.

Catherine no contestó esa noche. Tampoco escribió.

Margaret calentó una sopa que no tenía hambre de comer, revisó por inercia dos correos de trabajo y dejó preparada una maleta pequeña sobre la cama.

Puso dentro unos vaqueros, dos jerséis, botas impermeables y el estuche con su cámara.

Añadió una linterna. Después vaciló antes de meter el viejo cuaderno negro que llevaba a las inspecciones, el que usaba para dibujar plantas, anotar medidas y registrar las primeras impresiones de un lugar.

Al final lo guardó también.

Afuera, la lluvia había cesado. La ciudad brillaba bajo las farolas con un resplandor dorado y triste. Margaret apagó las luces una por una, tal como hacía siempre, y se acostó sin deshacer la maleta.

Tardó mucho en dormir.

Cuando por fin lo consiguió, volvió a soñar con la escalera. Esta vez la mujer no se dio la vuelta. Se limitó a levantar una mano hacia la pared, como si señalara una puerta que Margaret no había visto antes.

Y Margaret, dentro del sueño, supo exactamente dónde estaba esa puerta.

Al despertar, todavía era de noche. El apartamento estaba quieto. En la silla junto a la cama, la maleta esperaba cerrada.

Sobre la mesilla, la carta de Moira Ashford parecía más blanca que el resto de la habitación.

Margaret la tomó una vez más y la sostuvo entre los dedos.

La casa existía. Y por alguna razón, era mía.