Capítulo 19 La sexta carta
La pista de la sexta casilla apareció al fondo de un bolso de mano que Elena descolgó del interior del armario de Clara.
Era de piel gastada, color vino, con el forro cosido a mano en una esquina.
Dentro, entre una polvera sin espejo y un monedero con dos botones desparejados, un papelito doblado: Donde se cose lo que se rompe.
El cesto de costura llevaba días desfilando por su vista sin que ella se decidiera a tocarlo.
Mimbre claro, el asa remendada con una venda de tela y unas puntadas cuidadas; en un lateral, una etiqueta descolorida que alguna vez debió decir “agujas”, ahora apenas un susurro de tinta.
Lo había empujado a un lado cuando ordenó el cuarto, lo había pasado por alto al abrir el aparador del pasillo, le había negado la importancia dos mañanas seguidas. Ese miedo pequeño a ver lo obvio.
Lo colocó sobre la mesa de la galería y levantó la tapa.
Había ovillos, algunos empezados, lana gris, verde botella, un par de calcetas en espera; un dedal con una abolladura en el borde; una cajita de cartón con alfileres, su tapa cubierta de flores que habían perdido el rojo; una cinta métrica enrollada con obediencia y, en el fondo, un sobre grueso.
Pesaba más que los anteriores. En la esquina, con la caligrafía tensa de Clara: Abril.
Se lo llevó al jardín. Ya había anochecido.
Colgó la lámpara de pinza de la rama baja del limonero, donde todavía resistían unos frutos pequeños, y se echó una manta sobre los hombros.
El aire traía frío de agua cercana y olor a tierra.
En la casa, a su espalda, solo una línea de luz en la cocina que se apagó pronto; el resto, negro y quieto.
Abrió el sobre con cuidado. Dentro había varias hojas, el papel más grueso, la tinta marcada. Leyó.
Querida Elena:
Quiero que me disculpes por las cartas anteriores. He escrito con cierta pose. Me gusta parecer más serena de lo que soy. Es un vicio de la edad: se acumulan tantas frases que una acaba tomándolas por convicciones.
Aquí va la verdad, que no es tan elegante.
Cuando te fuiste, quise cerrar la casa con llave.
No lo hice, porque era mía y aún necesitaba abrirla.
Pero durante dos años cerré la puerta del cuarto que era tuyo, y no lo abrí ni para quitarle el polvo.
Me decía que era por no molestar tus cosas.
Mentira: era para castigarte con algo que ni siquiera podías ver.
No te escribo esto para que te sientas culpable.
Al contrario: te lo escribo porque en el resto de las cartas parezco una mujer sabia, y ya sé que a esta edad las mujeres sabias son una especie muy sospechosa.
Yo quise que te quedaras. Con todas mis fuerzas.
A costa de lo que hiciera falta. Y también quise que te fueras, porque me habría dolido más verte hacerte pequeña aquí que verte marchar.
Las dos cosas a la vez. Las dos con la misma fuerza.
No sé cómo se resuelve eso; a mí nunca se me resolvió.
Lo único que sé es que no hay que odiar los lugares para poder amar otros. Yo lo creí durante años, y me equivoqué. Se puede querer un pueblo y una ciudad. Un jardín y una estación. Un pasado y una promesa. A una persona, y tu propio camino.
No hagas de la libertad una excusa contra el amor. Y no hagas del amor una cárcel para la libertad. Es lo mismo que me dijeron a mí, y no lo entendí hasta que fue tarde.
Te quiere, a su manera torpe, más de lo que ha sabido decir,
Tu abuela
P. D. Perdóname lo del cuarto. He pasado más tiempo enfadada con una puerta de lo que puedo justificar.
Elena dejó las hojas sobre las rodillas, sujetándolas con los pulgares para que la brisa no las moviera.
El frío era limpio. Sobre el tejado, un grupo de estrellas formaba una figura sin nombre para ella.
Pensó que Mateo habría sabido cuál era y cómo encontrarla otra vez en otra noche.
El árbol, aún con algunas hojas, dejó caer una al suelo con ese ruido mínimo de papel.
Pensó en el cuarto de arriba, el que había sido suyo: la cama hecha, la colcha azul, los cuentos apilados con orden de museo, las estanterías de la niña que fue inmóviles en su sitio.
Nunca se había preguntado de quién era el gesto de mantener ese orden.
Se le humedecieron los ojos y no hizo nada por evitarlo. No pedía consuelo. Era otra cosa: una rendición a medias, como si alguien, muy cerca y a la vez en otra orilla del tiempo, hubiera abierto por fin una puerta que chirriaba.
Un perro ladró lejos. En el camino hubo un crujido de grava.
Mateo apareció con dos tazas de algo humeante y una manta plegada bajo el brazo.
Llevaba el jersey con aquella pelusa que ella había visto ya en el andén.
Dejó la manta sobre el respaldo del banco, le puso una taza en la mano y ocupó el hueco a su lado.
Hombro con hombro. El vapor les subió a la cara.
Se quedaron así, mirando una oscuridad que no exigía nada.
Él no preguntó. Ella no explicó. Fue suficiente.
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