Capítulo 18 Una semana en Madrid
Madrid la recibió con la cortesía automática de las ciudades grandes: luces que no se apagan, gente que no levanta la vista, el rumor continuo de ruedas sobre asfalto mojado.
Elena bajó del tren con la mochila a la espalda y la maleta rodando detrás, y en el vestíbulo de la estación le dio en la cara ese olor a café primero y a goma caliente después, mezcla de bar de esquina y freno de autobús.
En la salida había una pancarta enrollada a medias y dos operarios montando unas vallas; en la calle de siempre, la zanja seguía abierta, ahora con cinta roja y blanca nueva.
En la siguiente, una manifestación que nadie parecía estar esperando doblaba ya hacia Atocha con tres megáfonos desafinados.
En su portal, un cartel recién impreso anunciaba reunión de comunidad para tratar “humedades en el patio interior y uso irregular de trasteros”.
Abrió la puerta de su piso con la llave que no había cambiado de llavero.
El recibidor olía a armario cerrado. Dejó la maleta en el pasillo y apoyó la frente un momento en el marco, como si tantease con la piel la temperatura de aquello que en algún momento había llamado casa.
Avanzó. El salón la miró desde su orden.
Techos altos, molduras limpias, la mesa de madera clara que tanto le había costado encontrar, los libros por gamas, del rojo al azul.
Las plantas aguantaban con dignidad; la sansevieria había sobrevivido sin que nadie la cuidase.
En la lámpara del mercadillo, el polvo formaba una pátina que delataba semanas sin manos.
No había una taza huérfana, ni un jersey a medio doblar, ni una nota en la nevera diciendo “leche”.
Todo estaba listo para catálogo. Tardó un momento en concederse la verdad: faltaba el ruido pequeño de vivir.
Abrió dos ventanas. Entró la tarde con su tráfico, y un par de restos de hojas del plátano de la acera aterrizaron en el parqué.
Puso una olla con agua. Sacó del congelador un panecillo.
El cuchillo se le escapó en un gesto torpe, hizo un ruido sordo en la encimera, y ella tuvo la tentación absurda de pedir perdón a su cocina.
Dejó que el hervidor se ocupase solo y se sentó en el suelo, la espalda contra el mueble bajo de la televisión.
El zumbido del frigorífico marcaba un compás.
El jueves cenó con Paloma. Eligieron un bistró de techos bajos en Arganzuela, con las paredes tapizadas de botellas. Paloma llegó a la hora exacta, el abrigo colgando del brazo y una sonrisa de quien entra en su terreno.
—Estás distinta —dijo antes de pedir—. ¿Pedimos croquetas o fingimos que ya hemos cenado?
—No he cenado.
—Pues croquetas —decidió—. Y vino. Si vas a contarme cosas, mejor con lubricante.
Elena dudó sobre por dónde empezar. Paloma la examinaba sin prisa, con ese gesto suyo de ajustar el enfoque.
—¿Peor? —arriesgó Elena, con media broma.
—Más lenta. —Paloma acomodó la servilleta sobre las rodillas—. Y hablas de tu pueblo como si fuera un sitio real. Antes decías “el pueblo de mi abuela”; ahora dices “Valdemora”. Con nombre y apellido.
—Es que tiene nombre. —Elena se encogió, sabiendo lo obvio que era la defensa.
—Ya. —Paloma se le iluminó una ceja—. Estás enamorada.
—No estoy enamorada del pueblo.
—Del pueblo no.
Las croquetas llegaron en una fuente pequeña. Paloma partió una con la cuchara y esperó. Elena masticó despacio. No era el lugar para el inventario completo de las últimas semanas, pero tampoco quería hacerse la turista que vuelve con souvenirs.
—Fui a ver un taller. —Dejó la frase caer, como quien ofrece una prueba.
—Ajá. ¿Y?
—Y es precioso.
—Vaya. —Paloma brindó en el aire, contenta—. Te tengo que querer mucho para alegrarme por algo que suena a mudanza logística.
—No he firmado nada.
—Ese tono ya te lo oí con lo del voluntariado de agosto que se convirtió en siete meses. —Paloma no apretó más. Se inclinó un poco hacia delante, habló flojito, como si no hiciera falta subrayar—: ¿Estás bien?
—Creo que sí.
—¿Él está bien?
—También.
—Pues ya. —Paloma cambió de carril con soltura, como de costumbre—. Por cierto, Ibáñez ha vuelto a enviar un correo. Quiere que le revises el texto de la nota para no quedar como un ogro.
Elena rió por lo bajo. Paloma empezó a contar una anécdota del despacho. Se aferraron a esa cotidianidad como a una barandilla.
El viernes fue a la galería. Ladrillo visto por fuera, el portal alto de una nave que había sido almacén y ahora olía a blanqueo reciente.
Dentro, el silencio tenía brillo. El eco retozaba entre los cinco metros de techo.
Lidia Ferrer la esperaba a la entrada del espacio con un pañuelo naranja anudado al cuello y esa disposición de quien ve llegar a alguien que podría interesarle laboralmente, pero no por ello va a regalar adjetivos.
—Le enseño el espacio —dijo Lidia, tendiéndole una mano seca, un apretón breve.
Cruzaron la sala principal —dos obras colgadas, una instalación en montaje— y entraron a la nave de atrás.
Allí, la luz caía desde unos lucernarios en rectángulos perfectos.
Bancos de trabajo alineados, electricidad en las paredes a la altura de cintura, un fregadero industrial, estanterías metálicas.
La ventana daba a un patio mínimo, en el que un ciruelo habría pasado inadvertido si no estuviera a punto de reventar flores.
—Tiene acceso por el callejón para carga y descarga.
—Lidia recorría el perímetro con enumeración de ventajas prácticas—.
Altura suficiente para piezas grandes, se puede colgar sin pedir permiso cada vez.
El alquiler es este, con posibilidad de revisarlo al año, y pedimos un mínimo de seis meses.
No hacemos contratos más largos al principio, por prudencia de ambas partes.
Elena acompañaba, conteniendo el impulso de tocar la madera de los bancos.
En la cabeza, la escena se desplegaba sola: las herramientas ordenadas por familias, los botes de pigmento en fila, Mateo contándole algo sobre una bisagra, ella probando el peso de una espátula nueva, un curso un sábado con tres alumnas que nunca se habían manchado las manos.
El deseo le asaltó con la claridad de un hambre conocida.
—¿Qué opina? —preguntó Lidia, recogiéndose el pañuelo con un gesto contenido.
—Que es muy bonito. —La palabra se le quedó corta. Se mordió el labio—. Y… necesito tiempo.
—Todos lo necesitan. —Lidia no perdía el buen humor—. Lo que suelen no tener es tanto como creen.
Elena asintió con la cabeza, más para sí que para ella. La flor del ciruelo parecía agrandarse con cada minuto.
Ese viernes por la noche llamó a su madre. No era domingo, y en casa de Marta el teléfono a deshora sonaba a “algo habrá pasado”. Contestó al segundo tono.
—¿Pasa algo? —preguntó, sin saludo.
—Nada. —Elena caminaba por el pasillo, descalza, el móvil pegado a la oreja—. Quería preguntarte una cosa.
El murmullo de la televisión al fondo, tal vez las noticias. Un vaso que se deja sobre la mesa. Y la espera.
—Dime.
—¿Conocías a Pilar? La madre de Mateo.
Al otro lado, el ruido de la tele bajó de golpe. Siguió un silencio de esos que no se rellenan con sonidos de cocina.
—Claro que la conocía. —Marta alargó la frase un poco, como si buscara una postura cómoda—. ¿A qué viene eso?
—He encontrado una foto. —Elena apoyó la espalda en la pared fría—. Eras tú, era ella. Con dieciséis. Erais amigas.
—Éramos… —Marta dejó caer la palabra y la recogió—. Éramos inseparables. Hasta que me fui a Alicante.
Elena pasó la uña por una irregularidad de la pintura de la pared. El año en que Marta se fue a Alicante era un dato que ella conocía de oídas, sin haber preguntado nunca qué quedó al otro lado.
—¿Y qué pasó después?
—Nos escribíamos. —Marta habló en voz más baja—. Muchos años, hasta los treinta. Luego dejé de contestar.
—¿Por qué?
—No sé. —La honestidad le salió con aristas—. Me daba vergüenza. Habían pasado tantos años que ya no sabía cómo empezar. Iba dejándolo para el mes siguiente, y de pronto había pasado una década. —Se oyó un pequeño resoplido—. No es una historia bonita, Elena.
—Ya. —Elena apoyó la frente en el antebrazo—. Lo entiendo.
—¿Lo entiendes?
—Un poco.
En la cocina de Marta, una silla debió de arrastrarse un palmo.
—Elena…
—Dime.
—¿Estás bien?
Se quedó mirando su estantería por el rabillo del ojo. El lomo azul de un libro que había comprado en un aeropuerto, la foto sin marco apoyada detrás —ella y Clara en una playa en enero, los abrigos hasta la barbilla—, la planta que había decidido vivir.
—Creo que sí.
—¿Vas a volver?
La pregunta no tenía comillas. Marta no precisaba a dónde. Elena la escuchó con esa doble luz rara con que se mira una habitación a dos horas distintas del día.
—Voy a volver —dijo.
Colgaron con electricidad todavía en la línea, como si el hilo siguiera tendido por la casa.
El sábado lo dedicó a pequeñas cosas: una lavadora, recoger el correo acumulado —tres catálogos, una carta del banco, una nota del cartero con una entrega fallida—, limpiar el filtro del lavavajillas.
Cruzó a la ferretería a por bombillas y el dependiente le contó, sin que ella se lo pidiera, que su hija se iba a estudiar a Nápoles.
Por la tarde, se llevó el contrato sin firmar a una cafetería, lo apoyó junto al café y el bolígrafo y no lo tocó.
Lidia había mandado un correo con el documento adjunto y un “sin prisa, pero me alegra pensar que encajaría aquí”.
Elena contestó “gracias, lo estoy pensando”, y eso, sorprendentemente, fue suficiente por ese día.
El domingo, al amanecer, cerró las ventanas.
La casa tenía otra vez el olor de antes, pero algo se le había mezclado: un resto de jabón de manos de invitado, quizá, la toalla húmeda doblada mal en el baño.
Dejó la llave donde siempre la dejaba, en el cuenco de cerámica junto a la puerta, y volvió a cogerla enseguida porque la necesitaba para cerrarla.
Le dio la vuelta a la cerradura con cuidado, como para no despertar a nadie.
Bajó las escaleras con la maleta rebotando en cada descansillo.
El tren a Valdemora iba medio lleno de gente de fin de semana.
A una niña dos filas más atrás le compraron un zumo en lata y lo apretó con tanto entusiasmo que la mitad cayó sobre su sudadera.
Elena se quedó mirando el campo pasar por la ventanilla, los campos de cereal de ese color intermedio que no tiene palabra precisa, y sacó del bolso el contrato.
Lo dobló de nuevo sin abrirlo. El andén de su estación la recibió con viento; el pelo se le metió en la boca.
Mateo estaba allí. Tenía las manos en los bolsillos, el jersey con una pelusa en el hombro. No hizo preguntas. No dijo “¿qué tal?”. Le quitó la maleta con un gesto que ya era suyo y dijo, como quien habla de una cosa que hay que resolver enseguida:
—¿Has comido?
Era su forma más limpia de decir que se alegraba. Y Elena, que a base de días había aprendido ese idioma, entendió.
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