Capítulo 17 La oferta
La llamada llegó en marzo, una mañana de sol flojo. Elena tenía la lija en la mano y el polvo de la madera pegado a las uñas. La silla, vieja y coja, le devolvía un olor a barniz antiguo que se mezclaba con el del café frío de la taza olvidada.
—¿Elena Rivas?
La voz se coló clara por el altavoz del móvil, que vibró sobre la mesa como si tuviera prisa.
—Sí.
—Soy Lidia Ferrer, de la Galería Ferrer, en Madrid. Perdone que la moleste. Julián me dio su número. Llevo semanas mirando las fotos que le mandó de esa cómoda de castaño y me gustaría ofrecerle algo.
No era una voz que tanteara el terreno. Sonaba a agenda llena y a gente que decía que sí antes de colgar. Elena dejó la lija sobre el asiento y se limpió en el pantalón el polvillo claro, más por hacer algo con las manos que por necesidad.
—¿Ofrecerme qué?
—Una exposición. Y un taller propio, en el local que tenemos detrás de la galería. No sería un encargo, sería suyo. Queremos su trabajo, no su mano de obra.
Elena buscó una silla libre y no la encontró. Se dejó caer en el suelo, apoyando la espalda en la pared. El cemento estaba frío a través de la camiseta.
—No sé qué decirle.
—Puede decirme que lo piensa. Le doy una semana para contestarme. Si quiere, venga a verlo. Conozca el espacio, nos conocemos nosotras.
Lidia no apretaba, pero todo estaba ya en fila.
Fechas, metros, una primavera que pedía cosas.
Elena dijo que sí a la visita con esa prudencia que suena igual que un sí con todas las letras.
Colgó. Se quedó unos segundos con el móvil en el regazo, oyendo a lo lejos el golpe de un carrito contra el bordillo y la persiana de Ibáñez que bajaba y subía como un acordeón testarudo.
Le dieron una semana para contestar. Ella la usó para no pensar en el tema, lo cual consiste en pensarlo a todas horas, en la ducha, en el banco del mercado mientras esperaba a que Ramona terminara de pedir bacalao, frente al fregadero con las manos en el agua caliente.
Hizo cuentas en una libreta de tapas blandas: alquiler, materiales, luz, la madera que allí no conocía todavía por su nombre.
Tachó, volvió a sumar. Imaginó el espacio detrás de la galería, un cuarto blanco con olor a cola, con una mesa larga donde el castaño y el nogal no fueran una casualidad bien pagada, sino una elección.
Calculó el precio de sus días. Pensó en la posibilidad de vivir de lo que ella creaba y no de lo que otros le encargaban, en presentarse diciendo: este es mi trabajo.
Era exactamente lo que, a los dieciocho, habría aceptado sin pestañear.
Ahora no sabía qué era. Le dolían las ganas y, a la vez, el miedo a elegir mal.
Se prometió no convertir a Mateo en el eje de la decisión. Tampoco quería rechazar algo por miedo a perderlo, como si él fuera un vaso de cristal y Madrid, una mesa inestable. Había una zona intermedia donde las cosas no se rompían, pero aún no sabía cómo llegar ahí.
Se lo contó una noche de la semana siguiente.
La mesa de nogal tenía manchas de vino antiguo que la luz de la cocina sacaba como mapas.
Quedaban las sobras de una tortilla que se había quedado reseca por los bordes, un poco de ensalada y media barra de pan que había que rescatar antes de que al día siguiente fuera arma contundente.
—Me han ofrecido algo en Madrid —dijo, cuando ya estaban recogiendo los platos y la casa estaba en ese silencio que no pesa—. Lidia Ferrer. De la Galería Ferrer. La conoce Julián, le pasó mis fotos. Una exposición y un taller propio. Detrás de la galería. No sería un encargo.
Él la escuchó sin interrumpir, con la cara quieta, las manos entretenidas en girar el vaso entre los dedos como si leyera lo que quedaba de agua.
Dejó que Elena soltara todos los datos: la semana de margen, el plan de ir a verlo solo, los números en la libreta, el olor que se había inventado para el sitio.
—Deberías ir —dijo cuando ella terminó.
Elena sintió algo hueco en el estómago, un pequeño descorche.
—¿Eso es lo que quieres?
—Lo que quiero es que no vuelvas a construir tu vida alrededor de una renuncia.
Ella tragó. La tortilla, súbitamente, tenía la densidad de una piedra.
—¿Y nosotros?
Mateo dejó el vaso en la mesa, con cuidado, como si tuviera una marca que cuadrar con la veta del nogal.
—Nosotros tendremos que aprender a existir sin convertir la distancia en una tragedia.
—Eso suena difícil.
—Lo será.
—¿Me esperarías?
Negó con la cabeza, despacio. A Elena se le resbaló un tenedor dentro del fregadero.
—Iba a decirte que no te esperaría —continuó—. Te acompañaría.
Ella lo miró. La palabra quedó entre los dos, con el vapor que aún subía del agua caliente.
—¿Cómo?
—Como se pueda. Con llamadas, con trenes, con lo que haya. —Se pasó la mano por la nuca, incómodo con sus propias frases—. Esperar es quedarse quieto. Yo ya lo hice y no funcionó. Prefiero moverme.
La diferencia parecía de gramática y, sin embargo, abría otra forma de estar. Algo que no consistía en contar días en el calendario ni en guardar un sitio en la mesa como si fuera una vela encendida. Elena apoyó la palma sobre la de él, que estaba tibia.
—Voy a ir a verlo.
—Está bien.
—Solo a ver el sitio.
—Está bien.
—No voy a firmar nada.
—Elena… —se le afinó la voz, entre risa y cansancio—. Ya has dicho eso tres veces.
Ella recogió el tenedor del fondo del fregadero. El agua estaba casi fría. Afuera pasaba alguien con una radio encendida, una canción muy vieja que hablaba de irse y volver. No era un presagio. Era solo la hora en que la gente, en marzo, empieza a cerrar ventanas.
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