Capítulo 16 El pan de las cinco
Ramona había llamado a media tarde, sin preámbulos, como si el teléfono fuese una escalera de mano.
—Mañana, cinco, la puerta de atrás.
Y colgó. Ni un adiós.
A las cinco seguía siendo de noche de noviembre y el pueblo crujía como una casa vieja.
Elena cruzó la calle mayor con el gorro calado hasta las orejas y las manos en los bolsillos del abrigo.
Había farolas encendidas que parecían cansadas y un olor a humo, a leña mojada, que se metía por la bufanda.
La panadería tenía la persiana a medio alzar y, por la rendija, se escapaba una franja tibia.
Entró por el patio, empujó la puerta de atrás y la envolvió un calor de horno que terminaba de despertar el mundo.
Dentro, la luz era amarilla y franca. El obrador olía a levadura, a cáscara tostada, a madera quemada.
Ramona, pequeña y ancha de hombros, llevaba las mangas arremangadas y los antebrazos enharinados hasta el codo.
Tenía la cara como esculpida a cuchillo y una voz hecha para atravesar paredes. Le tendió un delantal sin ceremonia.
—Póntelo. Las manos, ahí.
Elena obedeció. La mesa de mármol estaba fría; la masa, al tacto, algo vivo que se resistía y se pegaba como si tuviera voluntad. Ramona le marcó el ritmo con dos golpes secos sobre la mesa.
—Con calma. No seas bruta. Esto respira.
A Elena se le iba por los dedos, se le entumecía, se encogía si la maltrataba.
Al segundo intento, cuando dejó de apretar y empezó a acompañar el movimiento, la mezcla cedió.
Era el peso justo, un giro, un plegado más.
Afuera quedaba noche para rato. El horno de leña, abierto como una boca, arrojaba un calor que hacía sudar hasta las paredes encaladas y dejaba en suspenso el vaho de las dos, visible y espeso, como si también amasaran aire.
—Ahí —dijo Ramona, tocándole el dorso de la mano con los nudillos—. No acaricies. Convence.
A las seis, la puerta del patio volvió a sonar. Rebeca entró con el pelo todavía húmedo, la raya torcida por las prisas y una libreta sujetada contra el pecho. Tenía veintitantos y unos ojos de quien calcula incluso cuando no quiere. Llevaba las botas manchadas de sal de la calle.
—Mamá, el horno eléctrico ha llegado. Dicen que lo instalan el lunes.
—No quiero horno eléctrico.
—Ya lo hemos hablado.
—Tú lo has hablado.
—Mamá.
El intercambio no subió de temperatura. Tenía la eficacia de un ejercicio repetido cien veces: media frase aquí, media allá, la pausa exacta para no romper del todo.
Elena bajó la vista a la masa y siguió el pliegue, el giro, el peso.
La libreta de Rebeca decía «proveedores» con bolígrafo azul en la cubierta; su pelo olía a champú barato y a madrugada.
—No voy a vender el pan a una máquina —dijo Ramona, poniendo un bollo en una bandeja como quien deja un argumento encima de la mesa.
—No vas a vender el pan si no llegamos a los pedidos. —Rebeca apretó los labios—. El lunes, mamá.
Empujó la puerta de salida con más fuerza de la necesaria.
El golpe rebotó en la campana de la entrada y dejó colgando un tintineo desganado.
Ramona siguió quieta, la pala en la mano, inmóvil un segundo con una concentración que no era del horno.
Después cogió un pedazo de masa, lo aplastó con calma y lo abrió con los dedos, como si buscara una grieta.
—Tu abuela y yo íbamos a abrir un café.
Elena levantó la cabeza con harina en las pestañas.
—¿Cuándo?
—Hace treinta años. —Ramona habló al mármol, no a ella—. Aquí, donde ahora hay el bar. Ella ponía el dinero y yo el pan. Había un local, lo íbamos a alquilar juntas. Mesas de mármol, libros, música, un poco de todo.
Aplastó la masa de nuevo y la volvió de cara. La mesa, de tanto uso, tenía arañazos que se cruzaban como mapas.
—Firmamos una servilleta, con un lápiz, en esta misma mesa.
Elena intentó imaginar la servilleta: el borde ondulado, una firma apretada de Ramona, la letra de su abuela. La abuela. Clara. El nombre apareció con su olor a colonia vieja y a melocotón en conserva.
—¿Y qué pasó?
Ramona levantó por fin la vista. Tenía harina en una ceja, como una cana recién nacida.
—Que ella se echó atrás. Una semana antes de firmar el contrato. Dijo que no podía. Que tenía miedo de que le gustara demasiado.
—¿Qué?
—Eso dijo. «Tengo miedo de que me guste demasiado y luego no pueda volver a la casa.»
No había que explicar qué casa. En Valdemora, «la casa» no necesitaba apellido. Ramona se encogió un poco, más por dentro que por fuera.
—Estuvimos dos años sin hablarnos de eso. Después seguimos como si nada. Pero yo lo llevaba dentro.
Elena dejó la masa con cuidado y se limpió las manos en el delantal, sin conseguir quitársela del todo. La promesa, la servilleta, el bar de ahora ocupando aquel deseo quieto. Pensó en la ventana del bar, en el espejo empañado, en las mesas que no eran de mármol.
—Lo siento.
—No es culpa tuya.
—Ya. Pero lo siento.
Algo se aflojó en la cara de Ramona, como cuando se descorcha un frasco que llevaba demasiado cerrado.
—Se lo dije, ¿sabes? Al final. Un día que vino por pan, cuando ya estaba mal. Le dije: «Clara, sigo enfadada contigo por lo del café». Y ella contestó: «Ramona, yo también».
Las dos se rieron con esa risa sin sonido que te deja flojas las costillas.
El horno reclamó con un soplido; Ramona se acordó de que estaba al mando.
Metió la pala y sacó una bandeja completa.
Al apoyar los panes sobre el mármol, la corteza empezó a hablar en pequeños crujidos, uno detrás de otro, como pasos por grava.
—Toma —dijo, señalando uno—. Este es el tuyo. Lo hiciste tú, aunque lo hayas hecho mal.
Elena lo sostuvo con las dos manos. Pesaba lo justo para notarlo y estaba bastante caliente como para que tuviera que moverlo de un lado a otro. El olor le subió a la nariz y, con él, una especie de orgullo ridículo, infantil.
—Gracias.
—No me des las gracias. Eso no se hace en esta casa. —Ramona ya estaba con otra hornada—. Si quieres darme algo, convence a mi hija de que no venda el alma a una máquina.
Elena sonrió para ella. No iba a prometer lo que no sabía cumplir. Se quitó el delantal, se sacudió la harina de los dedos y se guardó en el bolsillo una goma de pelo que había terminado con harina también.
Salió al alba con el pan en un brazo y los nudillos blancos.
El frío le rozó la cara después del calor del obrador y el vapor de su propia respiración se le encajó en la bufanda.
El pueblo empezaba a desperezarse: un perro rascando una puerta, una persiana metálica que subía a medias, la furgoneta de Ibáñez aparcando en doble fila.
Al pasar frente a la cafetería —que había sido tienda de telas y, antes, promesa de café—, se detuvo.
El escaparate devolvía un reflejo desvaído de su abrigo oscuro y del pan apretado contra el pecho.
Las mesas de dentro no eran de mármol. La cafetera soltó un resoplido breve, ajeno a aquel acuerdo en una servilleta que ya no existía.
No supo por qué se quedó un momento. Tampoco supo por qué, al reanudar el paso, el pan le pesó menos.
Siguió andando, con la harina dejándole señales en el abrigo como un mapa de por dónde había pasado.
Detrás, en el obrador, alguien —Ramona o Rebeca, no alcanzaba a distinguir desde la calle— cerró una puerta.
El sonido fue limpio, sin portazo. Como si, de momento, todo pudiera quedarse abierto por dentro.
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