Capítulo 15 El invernadero
Elena había agotado primero lo obvio: jardín, huerto, estanque.
Dio la vuelta a la casa con las manos en los bolsillos del abrigo y el cuello levantado, pensando en los sitios donde Clara habría escondido algo que no quisiera perder.
Solo entonces recordó el invernadero del fondo, pegado al muro, esa cáscara de hierro y cristal a la que siempre habían llamado invernadero por cortesía, aunque no hubiera dado nunca más frutos que telarañas, tiestos vacíos, botas con barro de hace siglos y un sillón de mimbre herido.
Mateo dijo: vamos, y la siguió por el sendero pisado duro por las heladas.
Era una tarde acerada de febrero, el cielo encendido en gris.
La puerta del invernadero protestó cuando él empujó.
Les golpeó en la cara un calor húmedo, sin llegar a ser amable, el resuello antiguo de un lugar cerrándose al sol.
El vaho empañaba los cristales por dentro.
La luz, filtrada, tenía algo de domingo enfermo.
Elena notó el olor de tierra y hierro. Bajo unas telas crudas que cubrían macetas como fantasmas domésticos, asomaba verde una sola planta obstinada: un geranio, su flor desobediente plegada, vivo aún.
A un lado, la mesa de siembra acumulaba restos de tierra seca, etiquetas de plástico, una cuchara vieja.
Fue agacharse para apartar un cajón y vio el sobre pegado al tablero por la parte de abajo, asegurado con cinta de carrocero, la cinta ya oscurecida en las orillas.
—Aquí —dijo, con esa satisfacción pequeña de quien encuentra una cosa que no sabía que buscaba.
Se sentó en cuclillas. Hizo falta una uña y paciencia para despegar el sobre sin romperlo.
La cinta soltó un quejido. Tenía polvo. Le temblaron un poco los dedos, no por frío.
Dentro, una sola hoja doblada en dos, con una caligrafía que Elena reconoció enseguida: la misma que en las listas de la compra clavadas con un imán en la nevera, pero ahora más torpe, inclinada, como si cada palabra hubiera costado un alto aliento.
Leyó de pie, con la espalda tocando el hierro frío de una estantería. A cada línea, el murmullo apagado de la nieve contra el vidrio parecía subir un punto.
No sé por dónde empezar. Qué cosa más absurda: precisamente lo que necesito contar es lo que peor se deja decir.
Mateo empezó a venir a cuidar la casa cuando yo ya no podía.
No se lo pedí. Un día apareció con las herramientas y anunció que había que cambiar unas tejas.
A la semana, sin decirlo en voz alta, ya habíamos pactado que vendría los martes y los sábados.
Le ofrecí pagarle. Dijo que me lo descontaría de los limones.
Siempre pensé que no era por mí. Venía porque necesitaba que algo siguiera. Que hubiese un jardín que regar, una llave que girara, una puerta que se abriera para él. Hay quien cuida un sitio porque es la forma que ha encontrado de no dejarse caer.
Yo lo dejé. Lo dejé hacer, y eso me pesa. Tendría que haberle dicho que se buscara su vida, y en lugar de eso le puse café.
Se me olvida que esto se acaba. Que el cuerpo lleva un tiempo largo avisando y yo, tozuda como he sido siempre, contestando que ya veremos.
Esta semana me caí en la cocina. No se lo dije a nadie.
Me levanté sola, con el orgullo entero y una cadera menos.
Te escribo sentada, de pie ya no aguanto tanto.
No te pido que lo perdones. Te pido que lo veas.
C.
Elena dejó ir el aire despacio. Sintió el peso de la hoja en la mano como si hubiera ganado un gramo por párrafo. Le dio la carta a Mateo.
Él la sostuvo un momento sin abrir, como si tomara temperatura, y la leyó apoyando un hombro en un armazón de hierro que sostenía macetas vacías.
Pasó las líneas con una lentitud que a Elena le dijo que no era la primera lectura mientras la hacía, que iba y venía, ampliando los bordes.
Cuando terminó, plegó el papel con cuidado, ajustando las esquinas como si fuera a volver a guardarlo bajo la mesa.
—Se cayó en la cocina —dijo, más bien para fijar la frase que como si la comunicara.
—¿Tú lo sabías?
—Sí. Yo la levanté. —No tocó el tema con adorno—. Me pidió que no te llamara.
—¿Y no me llamaste?
—No.
—¿Por qué?
Tardó un poco. Afuera, los copos, grandes, sordos, se pegaban al cristal y se deslizaban en una baba lenta.
—Porque si yo te escribía —dijo al fin—, quizá volvías por mí.
—¿Y no querías eso?
—Quería que volvieras por ti. Si volvías por mí, iba a ser distinto. Iba a ser una deuda.
Elena apoyó la mano en el canto de la mesa de siembra. Tuvo esa sensación de las maderas bien hechas cuando, con el tiempo, dejan de chocar y, de repente, encajan.
—Eso me lo tendrías que haber dicho hace veinte años.
—Tenía diecisiete.
—Cierto.
—Y no era muy bueno hablando.
—Ahora tampoco.
Se le dibujó una sonrisa sesgada.
—Estoy mejorando. —Se encogió un poco—. Lento.
A Elena se le escapó una risa que no iba contra nadie.
Se quedaron allí, el vaho domesticando la luz, el geranio como una insistencia absurda entre tanta tela, oyendo el ruido tenue de la nieve al posarse sobre las placas de cristal.
La carta, doblada, ocupaba su lugar entre los dos como un objeto útil: no un recuerdo exacto, sino una herramienta con la que tocaban al mismo tiempo las cosas que no habían sabido decir cuando tocaba decirlas.
Mateo, sin hacer ruido, apartó con la bota un cubo vuelto para que no les diera en el tobillo al salir.
Elena pasó la mano por el borde de la mesa donde había estado pegado el sobre; quedó un rectángulo más limpio, como cuando levantas una foto de una pared vieja y queda la marca.
No dijeron nada más. La puerta, al salir, volvió a quejarse.
Afuera, el frío les puso el abrigo. Dentro, la humedad les siguió hasta el porche.
La tarde, por una vez, no parecía pedirles otra cosa.
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