Capítulo 14 Un invierno largo
Elena llamó a Madrid un lunes por la mañana y dijo que se quedaba hasta marzo. Eligió la hora en que el sol alcanza el limonero y finge que el frío es un malentendido. Se apoyó en el alféizar, se frotó los dedos para quitarse el polvo de la tierra, marcó el número de Julián.
—Hasta marzo —repitió, y lo oyó respirar al otro lado con la paciencia de quien ya sabía la noticia.
—Marzo de este año —aclaró él, por si acaso—. Te me haces un clásico, Rivas.
—Marzo de este año.
Julián protestó lo justo, se quejó del caos de agenda, mencionó dos marcos que llevaban pidiéndole mano desde octubre. Después, con el tono práctico que lo salvaba del dramatismo, añadió:
—Trabaja desde allí. Lo que puedas. Me mandas fotos de lo que restaures, me cuentas en qué punto estás. Si te sale algo bonito, lo vendemos. A ver si así pagamos el alquiler del taller y yo la luz.
Elena aceptó. No dijo que llevaba tres semanas sin hacer otra cosa que lijar un marco de espejo y posponer un cajón que no encajaba de ninguna manera. Colgó y dejó el móvil boca abajo, como si así fuera a pesar menos.
El invierno en Valdemora no discutía: imponía normas.
A las seis la claridad se recogía y a las siete las calles se quedaban con sus sombras.
Las ventanas encendidas eran puntos precisos: la de Ramona encima de la panadería, la del ayuntamiento, la barra de la cafetería como una lámpara al fondo del pueblo.
El pan empezó a venderse antes, dos horas, porque la gente prefería llevarlo a casa con luz; Ramona lo anunció con un cartel torcido y una frase escrita en rotulador: Por el frío.
Los domingos la plaza se llenaba a la salida de misa; los hombres, con las manos hundidas en los bolsillos, hablaban de la helada como quien comenta la racha de un familiar que ha decidido dar la lata.
Elena aprendió que una nevada era material de tertulia para una semana entera y que llamar un martes a alguien sin motivo se recibía, a la vez, con recelo y una rara gratitud.
Instaló el taller en la cochera. Una nave baja de piedra, suelo de tierra apisonada, una ventana estrecha al sur que a mediodía le regalaba una hora de claridad oblicua.
Bajó del desván una cómoda de castaño cuyo cajón tercero se empeñaba en no cerrar, un par de sillas de anea con el asiento hundido y la cabecera de una cama de latón que había visto mejores habitaciones.
Mateo apareció una tarde con un banco de carpintero que había sido de su padre: patas macizas, mordidas en la madera como pequeños mapas.
—No me acostumbro a verlo en otra casa —dijo, pasándole la mano por encima con cuidado—. Pero aquí respira.
Elena colocó la radio azul en un estante.
La encendió. El aparato se quejó, buscó la emisora y, cuando la encontró, la mantuvo con un zumbido que a ratos parecía otra presencia.
Trabajó de diez a la hora en que la luz se fatigaba.
Tenía los dedos siempre fríos; empezó a ponerse los guantes sin dedos que había olvidado en una caja desde los tiempos de la carrera, y a colocar ladrillos calientes al pie de la mesa para engañar al invierno.
El encargo del misal había llegado de la manera menos solemne. Ramona le había dejado el libro envuelto en un trapo, encima del mostrador, entre los molletes y el pan de payés, como si se tratara de otra hogaza.
—Era de mi madre —dijo—. Los ratones le han cogido gusto a las esquinas. Si puedes hacer que aguante otros cincuenta años, te regalo un bollo a la semana.
Elena no pidió bollos. Aceptó el misal por obstinación y por no reconocer que llevaba dos semanas dando vueltas a un cajón.
La piel estaba hendida, las guardas desteñidas.
Había moho en tres pliegos, manchas antiguas de cera, páginas que querían despegarse unas de otras.
Le gustó ese tipo de dificultad: la que no depende de una ocurrencia, sino de constancia.
Inés apareció un martes con las gafas en la frente y un cuaderno bajo el brazo.
—Una lectura —anunció, como si repartiera panfletos de fiesta—. Jueves, seis y media, en la biblioteca. Pequeña, de andar por casa. Vienen doce personas: seis por educación, seis por el vino. Lees diez minutos.
—Inés —dijo Elena—, no soy escritora.
—Yo tampoco —contestó Inés—. Te pido que cuentes lo que haces. El misal ese, por ejemplo. Mateo me dijo que te había salido bonito.
—Es de Ramona.
—Mejor. Así viene y arrastra a la mitad del pueblo.
Elena sopesó una resistencia y la dejó caer. Pensó en su abuela, en las tardes de invierno en el piso de Madrid en que hablaban bajito para no molestar al vecino, y en ese impulso rancio de no hacer ruido. Le dijo que sí.
El jueves, la biblioteca olía a libros viejos, a abrigo mojado y a vino abierto antes de tiempo.
Inés había puesto una mesa al fondo con vasos de plástico y una botella decente; al lado, una caja con tiritas por si acaso alguien se hacía daño con el cristal de una opinión.
Había más de veinte personas, no doce. Ramona ocupó la primera fila, con los brazos cruzados, dejando una bolsa de papel a sus pies.
La señora Amalia, la frutera, apareció con una tarta cubierta con un paño y la dejó, solemne, sobre la mesa como si se tratara de un documento.
Elena se sentó con sus notas. Había escrito, sin adornos, cosas que se dicen cuando no esperas preguntas: cómo limpiar el moho con una brocha apenas húmeda, cómo reforzar un lomo sin que se note, cómo se rellena una laguna con papel japonés y paciencia,
cómo a veces lo más honesto es no arreglar la mancha, porque la mancha cuenta algo que no conviene tapar.
Levantó los ojos y encontró caras conocidas y otras que no.
Vio a Pilar y a Teresa Mena en la tercera fila, muy juntas; vio a Inés al lado de la puerta, como guardiana de tiempos; y, apoyado contra el marco, a Mateo con el gorro en la mano.
Empezó a leer. La voz le salió seca, útil, como quien explica una receta que ha hecho tantas veces que ya no se fija.
Mientras hablaba, se obligó a apoyar los dedos en el borde de la mesa para no moverlos.
Hubo una risa breve cuando dijo que el moho hay que tratarlo como a un invitado pesado: sin concederle la casa, pero tampoco permiso para ofenderse.
Luego, ese silencio de pueblo que se parece al de una iglesia, atento sin solemnidad, que da permiso para continuar.
Notó que esperaban otra cosa: no tanto la técnica como la grieta. Algo más impuro. Dudó. Siguió con la técnica.
—A veces el tiempo ha hecho su trabajo —leyó—, y lo único que nos corresponde es limpiarle los restos de barro y dejarlo estar.
Terminó sin redoble. Se oyeron unos aplausos sin entusiasmo de teatro, pero con afecto.
Inés dijo que había tarta y vino; alguien preguntó por el precio de arreglar una Biblia; Consuelo, desde un lateral, comentó que su padre tenía un atlas con todas las islas que ya no existen, a ver si eso se podía salvar.
Ramona, sin levantarse, dijo en voz alta:
—Está bien, la chica.
Eso fue como colocar una piedra en su sitio. Desde el fondo, Mateo no acompañó los aplausos, pero tenía una expresión que Elena reconocía sin necesidad de catálogo. Se permitió respirar un poco más hondo.
Después cortaron la tarta. La señora Amalia dijo que llevaba naranja confitada "de la buena"; a Elena le supo a un gesto. Un hombre al que no ponía nombre le preguntó si el papel japonés era japonés de verdad. Ella dijo: sí. Él, satisfecho, se llevó dos vasos de vino.
Salieron a la calle del río con los abrigos subidos. El frío les metía prisa sin empujarlos. Alguien, en una casa cercana, había encendido encina y esa madera llenaba la calle de un humo dulce. Caminaron sin decir nada unos pasos, escuchando el agua que no se veía.
—¿Te ha gustado? —preguntó ella al fin.
—Mucho.
—¿Qué parte?
—La que no has leído.
—¿Cómo sabes que había una?
—Porque te conozco.
—Eso no es verdad.
—Más que a otros.
Elena se mordió una respuesta que venía con demasiado abrigo.
En una ventana un gato apoyó la cara en el cristal; un niño pasó con botas que rechinaban sobre la escarcha.
Ella repasó, sin proponérselo, cuánto tiempo llevaba sin sentirse tan poco extranjera en ninguna parte.
No era una revelación: era una silla que, al fin, dejaba de cojear.
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