Capítulo 13 Palabras que faltaron
La cuarta pista venía mordida en la esquina, como arrancada con prisa, y decía: Donde nunca se tocó lo que decía.
Elena tardó buena parte de la tarde en atar cabos.
No encajaba con nada hasta que, de pie en el pasillo, oyó el silencio obstinado del salón y pensó en el piano.
No tenía lógica, salvo que la tuviera: un vertical negro con brillo cansado y teclas del color de un diente viejo; más cómoda para macetas, fotos y recibos que instrumento.
Clara repetía que lo guardaba “por respeto a la música” y, cuando estaba de vena, añadía que era herencia de un tío empeñado en refinar a la familia.
Nadie lo había tocado jamás. Pero dentro, agazapado bajo las cuerdas graves y entre fieltros de repuesto, había un sobre sujeto con una goma.
Lo sacó con cuidado, como si fuera una pieza delicada, y lo abrió apoyándolo en el atril.
Te voy a contar un secreto de vieja: lo que más lamenta la gente no son las meteduras de pata, sino las conversaciones que no tuvieron.
Pasa mucho con el amor. Todos creen que lo duro es encontrarlo, sostenerlo o merecerlo.
Vanidad pura. Lo arduo, hija, es soltar un «me da miedo esto» delante del otro sin que nadie se ofenda ni salga dando un portazo.
Yo no lo logré en medio siglo, y eso que tuve a un hombre más paciente que un santo (ni se te ocurra decírselo; desde donde esté se pondría insoportable).
Vosotros dos os quisisteis a los diecisiete con la fe de quien no ha leído nunca las letras pequeñas. Y luego os separasteis con la misma fe, convencidos de que si el otro te quiere te adivina sin necesidad de hablar. Tontería cara.
Por eso dejé estas cartas. No para empujaros ni para juntaros: de eso os ocuparéis vosotros, o no. Son para que, cuando no os salgan las palabras, tengáis a mano las mías, que son peores pero ya estaban.
Un día tócame ese piano, aunque sea a trompicones. Lleva cuarenta años esperando.
C.
Elena soltó una risa que le salió baja, involuntaria, y luego se quedó frente al mueble como si acabara de oírle la voz.
Probó una tecla con la yema. Un la huidizo, medio descompuesto, se quejó como tabla que deja de cargar peso.
Dejó que la vibración se deshiciera sola, con una terquedad que al final fue nada.
Salió al jardín. La tarde ya tiraba a azul y el frío de noviembre les trabajaba el aliento en nubes pequeñas.
Mateo estaba de rodillas junto al limonero, con una pala corta y una maceta envuelta en arpillera.
Había abierto un hoyo limpio, hondo. Ese rincón, que siempre había sido un pasillo de sombra, ahora tenía una intención.
—Tenemos que hablar —dijo ella sin rodeos.
Él clavó la pala en el suelo y la dejó recta, como un marcador.
—Sí.
Se sentaron en el banco de piedra pegado al muro.
La piedra acumulaba helada; se les pegaron los muslos a través del vaquero.
Elena no supo qué hacer con el sobre y acabó dejándolo entre ambos, puesto de canto como un ladrillo pequeño.
El limón olía a piel mojada. En la calle pasó un coche y el rumor quedó lejos.
—Lo siento —dijo—. Por cómo me fui. Y por después.
—Yo también.
—No sabía quién era.
—Yo tampoco.
—Pensé que si me iba estaba traicionando lo nuestro. Que había que elegir. —Se frotó las manos entre las rodillas, para hacerse sitio en la frase—. Y como no me atrevía a elegir, elegí lo que hacía menos ruido.
—Yo pensé que, si te quedabas, era por miedo. Por mí, o por tu abuela. Y que si te dejaba quedarte iba a pasarme la vida preguntándome si me habías escogido o si no habías podido irte.
—Éramos unos críos.
—Sí.
—Y nos pedimos respuestas de adultos.
Mateo bajó la vista a la tierra que se había metido bajo sus uñas. Tiró de un hilo de arpillera, lo dejó suelto.
—No quiero repetirlo —dijo—. No sé la receta. Pero no quiero.
—Yo tampoco.
Se quedaron así un rato, con el aire frío haciéndoles lagrimear y el olor a suelo removido dándoles algo que mirar sin que hiciera falta apartar la cara. Por encima del muro, una nube de estorninos arrugó un momento la luz, con ese ruido de tela que hacen cuando cambian de idea todos a la vez.
—¿Y ahora qué quieres? —preguntó él.
Elena tuvo preparada una respuesta razonable, ordenada, con lista de puntos. No fue la que salió.
—Tiempo.
Mateo tardó un segundo que a ella se le hizo justo el necesario. Luego soltó una risa limpia, breve, como quien reconoce una herramienta.
—Eso sí sé dártelo —dijo—. De eso voy bien.
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