Capítulo 12 El río
Fue Mateo quien propuso ir al río. Era un domingo helado de diciembre y Elena llevaba tres días sin hablar con nadie que no fueran los cuadernos del archivo.
La mañana había comenzado con ese ruido leve de los radiadores que tardan en decidirse, y con la sensación de tener la casa en pausa, como si el aire estuviera esperando la señal de continuar.
En la mesa quedaban las migas del pan de la noche anterior y el sobre de la beca, doblado, ya sin urgencia.
—Voy a ver si el vado está transitable después de la lluvia —dijo Mateo desde el marco de la cocina. No entró. Se quedó ahí, con la chaqueta puesta y las manos ocupadas en algo que a Elena se le escapó—. Si quieres venir, hay bocadillos.
—¿De qué?
—De lo que hay.
Cogieron las bufandas casi a la vez. Ella se pasó la mano por la nuca, una costumbre antigua cuando no sabía si le apetecía salir, y notó la tirantez de dormir poco dos noches seguidas.
Aun así, se dejó llevar por la promesa sencilla de un sitio con agua en movimiento.
Salieron por el camino viejo, el que atravesaba los sembrados, con ese olor limpio que deja la escarcha cuando el sol todavía no la ha rendido.
La hierba se partía bajo las botas con chasquidos pequeños.
A la altura de la pila de piedra, el cuerpo de Elena cambió de paso sin que ella lo mandara.
Más adelante, esquivó la raíz que sabía de memoria y, antes del recodo, aminoró.
La misma coreografía de los veranos, actualizada al invierno.
Vio por el rabillo del ojo que Mateo hacía lo mismo. Tocaron los mismos hitos con naturalidad, sin consultarlo. Esa precisión compartida los mantuvo un tramo largo sin necesidad de hablar. Ni siquiera era silencio: era un avanzar con la vista puesta en el terreno, una especie de acuerdo físico.
El río estaba en su sitio, más negro por el cielo encapotado.
La piedra grande seguía donde siempre, con esa forma de lomo que a Elena le había parecido, de niña, la espalda de un animal dormido.
Ahora, junto a la piedra, alguien había instalado una mesa de madera nueva, de las de área recreativa, con un barniz que todavía brillaba.
El agua bajaba rápida, espesando el rumor del campo, y no había nadie.
El vado, desde lejos, no parecía de fiar.
Se sentaron frente a frente en la mesa, con los guantes apartados y las manos agarrando el papel de los bocadillos con un cuidado exagerado, como si el envoltorio pudiera dar instrucciones.
El queso asomó por un lado, frío y firme.
Mateo abrió una botella de agua con un gesto corto. Ninguno había traído café.
—No venía aquí desde que era… —empezó Elena, sin rematar.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no te has acercado a la orilla.
Se dio cuenta entonces de que estaba a dos metros del borde, con las manos en los bolsillos del abrigo. La constatación le hizo avanzar un paso. El frío le subió por las espinillas.
—Tú sí vienes —dijo.
—Bastante. A veces por trabajo, a veces no.
Mateo dio un mordisco, masticó despacio, tragó. Tenía las uñas un poco negras de tierra. Cuando volvió a hablar, lo hizo casi hacia la piedra, como si aquello tuviera que oírlo el lomo inmóvil del río.
—Mi madre estuvo enferma el año en que te fuiste.
Nada serio, o eso dijeron: un problema de corazón que se estabilizó, pero yo tenía diecisiete años y nadie me lo explicó bien.
Pensé que iba a quedarme solo con la casa y las gallinas.
—Se le plegó la comisura, sin llegar a una sonrisa—.
Así que me quedé. No fue una decisión. Fue una manera de no tener que tomarla.
El papel del bocadillo se le pegó a los dedos a Elena. Lo apartó un poco.
—¿Y después?
—Después se le pasó, y yo ya estaba en el vivero de don Eusebio, y me gustaba, y tenía veinte años y ya era el que sabía injertar. A los veintitrés me ofrecieron un puesto en un jardín botánico de Valencia. Lo pensé un mes. Me acuerdo de haber ido a mirar los horarios del autobús.
—¿Y por qué no fuiste?
—Porque una tarde mi madre se cayó por las escaleras del patio.
Nada. Un golpe. Pero estuve a punto de llegar tarde a algo que ni siquiera sabía que iba a pasar, y me dije: aquí te toca.
—Se encogió un poco, como si se quitara una brizna de la manga—.
Podría contarlo como un sacrificio. Pero no lo fue del todo.
Me quedé porque me daba miedo el sitio al que quería ir.
Elena dejó el bocadillo a medias. El queso, al aire, le pareció más blanco.
—¿Te arrepientes?
—Claro. —No hubo que rascarle la respuesta—.
Casi todos los días de los primeros diez años.
Los últimos tres o cuatro ya menos. Ahora me arrepiento de cosas concretas: de no haber ido a ese jardín, de no haber estudiado, de no haber comprado una furgoneta mejor.
Es un arrepentimiento bastante productivo.
Ella se acomodó la bufanda con un gesto que tapó lo que no quería mostrar del todo.
—Gracias por decírmelo.
—¿Por qué?
—Porque durante veinte años pensé que tú habías tenido la vida perfecta, con los rosales y el pueblo y mi abuela, mientras yo me iba al sitio donde nadie me conocía. —Notó cómo se le subían a la boca palabras antiguas que ya no usaba—. Me decía que me ibas a estar esperando.
—No es verdad.
—Ya lo sé.
—Yo no estaba esperando nada. —Apoyó los codos en la tabla—. Estaba trabajando. Esperar da mucho tiempo libre.
Elena soltó una risa que le quitó algo de frío. Se le mezcló con un poco de vergüenza vieja, de esas que cambian de sitio con los años pero no desaparecen.
—Una vez me contaste que de niño querías ser astrónomo.
—Y tú te acuerdas.
—Todavía tienes el libro.
—Está en mi casa. —Ahora sí, la cara se le abrió—. Todos los inviernos lo saco. Miro el cielo desde la era, cuando no hay luna. No hace falta irse lejos para mirar arriba. Me costó veinte años entenderlo, pero es así: hay cosas que se hacen en el sitio donde uno está.
La frase se quedó un momento entre los dos, sin ponerse solemne.
El río sonaba como una radio mal sintonizada.
Un mirlo cruzó bajo y desapareció en la espesura de la otra orilla.
Elena, sin darse cuenta, se fue hasta el borde.
El barro, firme por la helada, aguantó. Vio pasar una hoja que giraba sobre sí misma y pensó en el gesto mecánico de los papeles en el archivo, en las cajas con nombres de gente que ya no estaba, en el lomo del espejo en la sala recogiendo la luz de noviembre.
—La mía tampoco fue perfecta —dijo—. Mi vida.
—Ya lo sé.
—¿Cómo?
—Lo veo en tus manos.
Elena bajó la vista. Tenía los nudillos agrietados, la piel áspera por el pegamento y los disolventes, una uña partida, la cicatriz oblicua en el pulgar por un formón que se había resbalado en 2011. Manos de quien ha sostenido peso y pocas veces lo ha soltado a tiempo. No necesitó esconderlas.
Mateo le tomó una. No hubo ceremonia. La sujetó como se prueba una herramienta para ver si está bien. Y esta vez no la soltó.
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