La casa de las promesas perdidas (Los jardines de las promesas) Capítulo 11 La beca
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Capítulo 11 La beca

Tardó unos días en rendirse la carta. Elena había recorrido la casa con la notita de la tercera casilla en el bolsillo trasero del pantalón, sacándola cada tanto como quien consulta la clave de un crucigrama: Donde te mirabas antes de salir.

Lo repitió en voz baja en la escalera, en la galería, en la despensa, sin dar con nada.

Lo encontró por azar, al bajar con prisa una mañana.

Cruzó el recibidor, se vio al vuelo en el espejo grande del marco dorado, ese con el azogue picado en las esquinas que distorsionaba un poco la luz, y se reconoció en la costumbre automática del gesto: alzar la barbilla, comprobar que el pelo no hacía de las suyas,

asegurarse de que la cara daba el pego de haber dormido.

Se acercó, pasó los dedos por el borde tallado del marco, sintió la capa fina de polvo que no terminaba nunca de desaparecer de esa casa, y lo descolgó con cuidado.

Detrás, sujeto con dos tiras de cinta que ya no pegaban bien, había un sobre amarillento con una aureola seca de café en la esquina. No llevaba el sello de la flor.

Lo sostuvo un momento entre las manos antes de abrirlo. Tenía ese peso de los papeles en los que alguien se ha detenido.

Elena me dijo que le habían dado la beca un miércoles, y yo estaba amasando. Tenía las manos llenas de harina, así que le contesté sin abrazarla, y he pensado luego más de una vez que fue una manera mezquina de recibir la mejor noticia de su vida.

Voy a decir lo que no dije: estaba furiosa.

No con ella. Conmigo, que había criado a una niña con demasiadas ganas de mirar lejos y ahora me quejaba de que lo hiciera.

Con su madre, por haber tenido la ocurrencia de irse a Alicante antes que ella.

Con el pueblo, con la casa, con el pan que se me pegaba a los dedos.

Y sí, un poco con ella. No se te ocurra decirle a nadie que lo he escrito.

Mateo no fue a despedirla a la estación. Me lo dijo él mismo cuando ya era tarde. Se quedó en el río con la radio y esperó a que pasara el tren de las cuatro y diez. Se quedó allí sentado hasta que se hizo de noche. Supongo que le pareció menos humillante que quedarse en el andén.

Ella le había prometido no desaparecer. Y no desapareció, no de golpe.

Llamó las primeras semanas, luego los domingos, luego cuando podía.

Después los cumpleaños. Después cuando había alguna noticia.

Nadie se da cuenta de cuándo se acaban las llamadas; una mañana uno se levanta y descubre que hace un año que no suena el teléfono.

Desaparecer no es irse. Es ir dejando de volver hasta que ya no se nota.

Yo tuve mi parte. La llamé poco. Le eché en cara lo de las llamadas, cuando lo que debí hacer fue coger un tren.

Escribo esto con rabia para que se note que la tuve. No hay nada más falso que una anciana que cuenta sus enfados con serenidad.

C.

Elena dejó la hoja sobre el aparador y tragó saliva, sin éxito.

El recibidor olía a cera vieja y a polvo calentado por un sol tímido de noviembre que entraba sesgado por el ventanuco.

Se apoyó un instante en la madera, como si el mueble pudiera sostenerle la sorpresa amarga de verse escrita en pasado en la letra de su abuela.

Recordó, con la nitidez incomprensible de las cosas que no deberían persistir tanto, no la estación, sino la tarde de antes.

La cocina abierta a la callejuela, un hilillo de aire frío entrando por la ventana, la maleta medio abierta sobre la mesa y un par de camisetas formando una montaña absurda al lado del frutero.

Mateo había aparecido sin avisar, con el pelo aún mojado y una camiseta que le quedaba corta desde primavera.

Llevaba en la mano la bolsa de la radio como si viniera de dejarla en algún lado o como si no supiera qué hacer con ella.

Si me quieres, déjame ir, dijo ella, con esa voz lisa que usaba para ganar discusiones por agotamiento.

Eso no significa que quiera perderte, respondió él despacio, palabra por palabra, como si masticara algo que no pasaba.

Ella se fue al día siguiente en el tren de las cuatro y diez.

En el andén no había nadie conocido y eso la alivió con vergüenza.

No pensó entonces dónde podía estar mirando la persona que no estaba allí.

Ahora lo veía: el río, la orilla húmeda, el transistor encendido junto a la mochila, la cabeza gacha fingiendo escuchar una alineación de fútbol para no escuchar el paso del tren.

No era una imagen suya, sino prestada por la frase de la carta, pero se le clavó como si tuviera recuerdos de aquello.

Volvió al presente con una punzada en la mandíbula.

Se llevó la mano al bolsillo para tocar el papel de la pista, por comprobar que seguía ahí.

La casa parecía haber contenido la respiración mientras ella leía.

Afuera, una moto pasó y desapareció en la cuesta.

Dentro, el espejo, ahora apoyado de canto en el suelo, duplicaba el alféizar y un trozo de la escalera con una distorsión benigna, como si todo estuviera un poco lejos de lo que fue.

Pensó en la última vez que había telefoneado a Clara: un domingo de noviembre, seis años atrás.

Había atajado el miedo de no saber de qué hablar contándole durante siete minutos el estado de un marco decimonónico que estaba restaurando.

Madera carcomida, pan de oro, polvo de tiza.

Su abuela dijo qué interesante dos veces, y a Elena eso le bastó para colgar con el alivio tonto de quien ha tachado una tarea.

Cumplido. Después salieron cafés, trabajos, una mudanza, un romance mal cerrado, más cafés, y al año siguiente alguien le comentó en una cena que la tarde se había alargado y que ya no existían los domingos de invierno, y ella se rió y no volvió a llamar.

Volvió al sobre. Lo dobló con cuidado, siguiendo los pliegues del papel que ya marcaban la ruta. Hubo algo de plegaria manual en aquel gesto, como si al alisar las arrugas pudiera enderezar el modo en que habían hablado de las cosas importantes.

En la cocina, la radio seguía colgada del gancho donde Elena la había puesto sin pensar el primer día.

La descolgó con las yemas y notó el plástico tibio del asa.

La llevó al salón y la dejó en la repisa, junto a la pila de revistas atrasadas y una maceta con una hiedra que, contra toda lógica, había sobrevivido al verano seco y a los olvidos.

No pulsó ningún botón. El silencio de la casa, después de la carta, tenía una textura precisa, y había aparatos que, si se encienden, devuelven a uno un tiempo que ya no toca.

Hay cosas que es mejor reconocer que no se pueden recuperar enteras.

Se sentó un momento en el brazo del sofá, con el sobre entre las rodillas, y dejó que el peso de la palabra beca se acomodara donde tenía que acomodarse: en el sitio donde empieza algo que no es huida ni castigo, sino una forma torpe de hacerse cargo.

Afuera entraba la luz de noviembre con un empeño suave.

El espejo, en el suelo, devolvía ese trozo de claridad como si la guardara para cuando hiciera falta.

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