La casa de las promesas perdidas (Los jardines de las promesas) Capítulo 10 El verano de los diecisiete
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Capítulo 10 El verano de los diecisiete

Encontró la radio en el cuarto de costura, en una caja baja donde Ramona había ido guardando retales que ya no servían para nada y, sin embargo, no se tiraban.

Era una caja como tantas de la casa, con una tapa sin bisagra y un olor antiguo a almidón.

Elena apartó un puñado de telas con flores marchitas y botones sueltos y, al tocar el plástico azul, las manos le vacilaron como si, en vez de un cacharro viejo, hubiera tocado algo vivo.

Pequeña, de plástico azul, la antena doblada en una curva obstinada, una pegatina de un grupo que ya no existía pegada torcidamente en la esquina.

Funcionaba cuando quería: se encendía con un chasquido alegre y, de pronto, un minuto después, todo nieve.

Mateo la llevaba colgando de una cuerda a la mochila aquel verano, y la golpeaba con el canto de la mano, con delicadeza de mecánico que sabe dónde está el fallo.

A veces se salvaba una canción, a veces solo una voz de locutor de madrugada que contaba carreteras.

Elena le dio la vuelta sin prisa, con esa atención que en la casa iba reservando a los objetos que parecían esconder algo.

En el compartimento de las pilas, un papel doblado en cuatro, aprisionado como si hubiera estado esperando a ser rescatado.

Lo desdobló con cuidado. Su letra de los diecisiete años, redonda, apretada, sin miedo aún a ocupar sitio.

París. Roma. Lisboa. Cada nombre tachado con una raya horizontal, y, encima de todas las rayas, más grande, más oscuro, otra vez: París.

Se sentó en el suelo, encajó la espalda contra la pata de la mesa de la máquina de coser y apoyó los pies descalzos en el dibujo frío de las baldosas.

Afuera, el patio aguantaba una luz de noviembre que no entraba del todo.

Dentro, en el cuarto, polvo fino en el borde de una lata de hilo, una aguja clavada en un acerico en forma de tomate.

Cuando cerró un momento los ojos, el verano de los diecisiete no vino por partes: le cayó encima entero.

Fue el último. Lo supieron en julio sin necesidad de decirlo ni de hacer planes.

Ella había pedido una beca a una escuela de restauración de Madrid por tozudez más que por estrategia, sin consultarlo con nadie y usando el correo de la biblioteca para que no la pillaran en casa.

En junio, un sobre con membrete llegó a su nombre. Decía que sí.

Se lo contó primero a Mateo, en la piedra grande del río, con los pies metidos en el agua que corría con esa prisa que dan las tormentas de la víspera. Él tardó en contestar lo suficiente como para que a ella le diera tiempo a contar los círculos que nacían y se abrían alrededor de sus tobillos.

—Es lo que querías —dijo al final.

—Sí.

—Entonces me alegro.

Mentía. O, si no mentía, aún no sabía cómo decir lo que quería decir sin que se le desbaratara la voz.

La segunda sílaba le vibró y a Elena le entraron ganas de ahorrárselo.

Le dio un empujón con el hombro y él se lo devolvió con más fuerza de la necesaria.

Siguieron así, choqueando como dos críos que se están despidiendo sin atreverse, hasta que a uno se le escapó una risa y el otro contestó con otra, y ya no hubo que completar la frase.

Agosto se les quedó pegado al cuerpo en el río.

Ella llevaba siempre un cuaderno de tapas duras donde apuntaba ciudades como si las nombrara pudiera acercarlas.

Él cargaba con la radio y con un termo de café frío que detestaba y aun así bebía, quizá por no darle la razón a nadie.

Las toallas se extendían sobre las rocas planas, y los bañadores tardaban en secar lo justo para que el sol doliera un poco.

A veces, cuando el calor aflojaba, se tumbaban boca arriba y cerraban los ojos para enterarse por el oído de que el verano seguía allí: grillos, un avión lejano, la risa cascada de unas niñas que no veían.

Mateo tenía un libro de astronomía forrado con papel de regalo que ya se sabía de memoria. Al atardecer, cuando el cielo perdía capas y salían, una a una, las primeras luces, abría el libro sin mirarlo y alargaba el brazo con una precisión que no usaba para nada más.

—Eso es Vega. Esa es Deneb. Eso, si no fuera una nube, sería Altair.

A Elena los nombres se le deshacían. No le interesaban las constelaciones como concepto: le interesaba esa voz más lenta que usaba él cuando señalaba el cielo, la seguridad que le salía, de golpe, del gesto. A veces, por llevarle la contraria, decía:

—Eso no es nada. Te lo estás inventando.

—Ojalá —contestaba él—. Lo malo es que están ahí aunque no las mires.

Una tarde, con el cuaderno apoyado en las rodillas, escribió París con tinta negra, debajo Roma, debajo Lisboa, y luego le pasó una raya a cada una como si esa violencia de la línea sirviera de algo.

—¿Qué haces? —preguntó Mateo sin sacar los pies del agua.

—No quiero decidir todavía.

—Yo sí sé dónde quiero estar —dijo él, y clavó la vista en el borde contrario del río.

—Eso es porque eres un privilegiado.

—¿Por qué?

—Porque ya sabes quién eres.

Él se lo pensó con la formalidad con que contestaba en los exámenes de física, como si hubiera una sola solución correcta.

—No sé quién soy —dijo—. Solo sé dónde me siento bien.

Elena bajó la vista y cerró el cuaderno con la palma. La verdad era que quería decir que a ella le pasaba exactamente lo mismo, pero se le atragantaba la distancia entre saberlo y pronunciarlo. Tenía diecisiete años. No encontró puente.

La última noche de agosto volvieron a pie por la carretera vieja, los dos cansados como de haber nadado más de la cuenta.

Habían estado en el río hasta que las sombras se llenaron de frío.

A lo lejos, las luces de la casa de Clara encendidas como si hubiera gente en todos los cuartos.

El asfalto retenía todavía calor y los mosquitos parecían haberse dado un festín.

Al llegar al portón, Mateo se paró. Llevaba las manos hundidas en los bolsillos de una chaqueta que por la manga le quedaba corta desde primavera. Se balanceó una vez, ligero, y se aclaró la garganta como si fuera a empezar un discurso y se hubiera olvidado del principio.

—Prométeme una cosa.

—Depende.

—Que si te vas no vas a pensar que tienes que dejar de querer esto.

—Eso no lo puedo prometer.

—Entonces prométeme que no vas a desaparecer.

Ella lo sostuvo la mirada el tiempo justo para entender que lo decía de verdad. A esa edad, pensaría mucho después, uno está convencido de que las promesas valen solo con decirlas de frente.

—Eso sí.

De aquella noche nadie archivó el resto.

Ni el coro insistente de los grillos, ni el olor nítido del jazmín trepando por la pared, ni el roce torpe de su mano con la de él cuando se despidieron y ella decidió no apartarla.

Lo único que perduró fue la promesa. Fue la única que los dos quisieron mantener y, por eso mismo, la que más dolió cuando, con los años, se fue rompiendo sin que nadie tirara de ella.

Elena dobló de nuevo la lista, marcó con el dedo las arrugas viejas del papel y la deslizó en el hueco de las pilas, como se devuelve algo a su sitio para que siga haciendo su trabajo.

—Voy a quedarme con esto —dijo al cuarto vacío.

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