La casa de las promesas perdidas (Los jardines de las promesas) Capítulo 9 La mesa para dos
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Capítulo 9 La mesa para dos

La mesa de la cocina, de pino y con manchas de café en las esquinas, cojeaba. Elena tardó dos días en admitir que no había cuña de cartón capaz de salvarla y un día más en decirlo en voz alta. Lo soltó un miércoles por la tarde, sin dramatismo, como quien señala una grieta en la pared.

—Te hago una —dijo Mateo, sin levantar demasiado la voz.

—No necesito una mesa nueva.

—Necesitas una mesa. Esa se cae.

—Eso no es una razón.

—Es una razón suficiente. Para una mesa.

Acordaron que no era urgente y, sin embargo, al día siguiente a las once apareció con una cinta métrica.

Después de la tormenta de esa primera noche, el pueblo había entrado en su invierno templado: charcos como espejos rotos en el camino, los limones del patio aún colgando tercos y un frío que no dolía pero obligaba a pensar en mantas.

Elena siguió con lo suyo sin proponérselo del todo: despejó el cuarto de costura para poder andar sin rozar cajas, bajó cortinas y las dejó en remojo con jabón de sosa, abrió la cochera pequeña junto al granero y la fue convirtiendo en un taller donde al menos cupieran la mesa de luz y la paciencia.

Cuando hablaba de Madrid, el tiempo verbal empezó a moverse: dejó de decir «cuando vuelva» y se le escapó un «acabo esto y ya veremos».

Nadie se lo subrayó. Ramona le metía una hogaza en la bolsa con el gesto de quien vigila una medicación y le prohibía dar las gracias; Inés le dejaba libros en el alféizar de la ventana, sin fecha, con papeles doblados como señal; a las once, con una puntualidad casi impúdica,

Mateo reaparecía con una caja de herramientas y un pretexto variable.

Tardó una semana en traer la mesa. La descargaron entre los dos al mediodía, cuando la cocina estaba llena de luz y el suelo aún recordaba la humedad de la noche.

Era de nogal, tablones cepillados a mano con un canto que pedía dedos, y un grosor que sugería estabilidad y vida larga.

Elena le dio la vuelta como si fuese un cuadro caro, recorriendo nudos y vetas con un ojo que no perdonaba atajos.

Buscó la falla por oficio, con esa mala costumbre de quien se gana la vida encontrándolas. No la halló.

—¿Cuánto te debo? —dijo, más por protocolo que por otra cosa.

—Nada.

—No.

—Entonces cocinas.

—Eso ya es una amenaza.

La amenaza se cumplió sin más dramatismo.

Era jueves y ya olía a noche. Elena batió huevos, peló patatas con una eficacia aprendida a base de cenas apañadas, y dejó que cuajaran en la sartén hasta que la tortilla quedó alta y tímidamente dorada.

Abrió, de la despensa, un tarro de tomate etiquetado con una fecha de hacía dos años y la letra de Clara.

Lo hizo como se abre cualquier tarro; por dentro, un temblor pequeño.

Mateo colocó los platos, cortó pan de Ramona, sirvió vino sin preguntar cuánta era la medida justa.

Los vasos se vaciaron con la naturalidad de lo que cae por su propio peso.

Hablaron de cosas pequeñas, casi con cuidado.

Del cuadro que ella tenía a medias en Madrid y que la esperaba como esperan los pájaros sobre la cornisa, de lo poco que entendían los jardineros municipales la poda del cerezo de la plaza, de si un pueblo podía tener más vecinos por metro cuadrado que una ciudad.

Elena defendía que sí con una teoría basada en pasillos estrechos; Mateo opinaba que no y se enredó con los metros cuadrados de las cocinas.

Se permitieron reír. Descubrieron, con sorpresa ajena, que él huía de las películas que terminaban mal y que ella las buscaba.

—Así sé cuándo llorar y me ahorro la sorpresa.

—Eres imposible.

—Has tardado veinte años en darte cuenta.

—Tardé bastante menos. —Mateo se entretuvo con una miga en el mantel—. Lo que tardé fue en aceptarlo.

Elena apartó otro triángulo de tortilla y se concentró en no quemarse los dedos.

Cuando terminaron de cenar, ella dejó los platos bajo el chorro y, antes de que el agua calentara del todo, fue al bolso.

Sacó la caja de zapatos con las fotografías.

La apoyó en la mesa nueva, levantó la tapa y dejó que el papel gastado de tantas manos llenara la madera.

Buscó con la precisión de quien conoce el orden dentro del caos.

Dio con la imagen: Clara en medio y, a cada lado, dos adolescentes.

Una con trenza y mirada resuelta; la otra, más alta, los brazos cruzados con educación prestada.

—¿Sabes quiénes son? —preguntó—. Me da vueltas desde que llegué. Esta chica de la trenza me suena y no sé de qué.

Mateo se limpió las manos con el paño y se acercó despacio, como si una prisa pudiera despeinar el pasado. Estudió la foto el tiempo justo que necesita un recuerdo para subir a la superficie.

—Esa es mi madre —dijo—. Pilar.

—¿Qué?

—La de la trenza. Tendría dieciséis o diecisiete. —Señaló a la otra—. Y esta creo que es la tuya.

—No puede ser. —Elena acercó la foto, la retiró, la acercó otra vez, como si la distancia cambiara la verdad—. Mi madre nunca me dijo que conociera a la tuya.

—Marta Ortega —dijo Mateo, con la seguridad del que ha escuchado esa combinación de nombres durante años—.

Mi madre me lo contó hace poco. Eran inseparables.

Me dijo que tu abuela les daba de comer media adolescencia y les prohibía hablar de chicos en su cocina, lo cual, según mi madre, garantizaba que hablasen de chicos exclusivamente en su cocina.

A Elena se le escapó una carcajada limpia. No se la esperaba y le dejó humedad en los ojos y en la garganta.

—Y luego mi madre se fue a Alicante —murmuró, más para sí que para él.

—Y la mía se quedó.

Se quedaron un segundo con esa información entre ambos, como si la mesa de nogal, recién llegada, pudiera soportarla igual que había aguantado los platos.

No dijeron lo demás. No era necesario: Clara en el centro de la foto, dos chicas a los lados, una que se marcha, otra que permanece.

La casa no guardaba solo lo que la concernía a ella.

Era también cajón de recuerdos ajenos, archivo accidental de lo que fue de los demás.

—Debería llamar a mi madre —dijo Elena pasándose el dorso de la mano por la mejilla, sin rastro de llanto.

—Deberías.

—No lo voy a hacer todavía.

—No me parece mal. Hay cosas que no caducan por esperar un rato.

Ella recogió las fotografías con cuidado, una a una, como si cada esquina pudiera deshilacharse.

Al levantar la cabeza, encontró a Mateo con esa expresión de la foto del río, esa de estar a punto de una broma que no llega a decir.

Los dos desviaron la mirada a la vez, casi con precisión de coreografía.

—Mañana vuelve la lluvia —dijo él, ya de pie.

—¿Cómo lo sabes?

—Me duele la muñeca.

—Eso es una superstición.

—Es meteorología rural.

Elena dejó que se le escapara una sonrisa. Terminó de fregar sin darse importancia, guardó los platos en el armario que chirriaba por la derecha y, cuando él ya se había puesto la chaqueta y empujaba la puerta, avisó sin darse la vuelta:

—Cierra bien. La cerradura se atasca.

—Hay que levantarla un poco antes de girar.

Lo hizo. Afuera, el patio olía a tierra después del agua, y en el limonero quedaban todavía dos limones que no tenían ninguna prisa.

Dentro, la mesa nueva ocupaba el centro con la tranquilidad de lo establecido.

Elena apagó la luz y, en la oscuridad reciente, supo que aquella primera cena no era ni una promesa ni un compromiso.

Era una forma de estar. Y, de momento, bastaba.

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PARTE II

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