Capítulo 8 La tormenta
La lluvia llegó al pueblo al cuarto día.
No era la clase de noviembre que se instala sin molestar.
Entró como un animal nervioso: viento con uñas, agua golpeando de lado, una bajada brusca de temperatura que hizo que las juntas de las ventanas protestaran.
Un par de tejas de la casa de al lado cruzaron el patio y se estrellaron contra el aljibe con un ruido seco.
Elena estaba en el archivo con su cuaderno en la mano, copiando números de lomo, midiendo a ojo, anotando “hule craquelado”, “papel con foxing”, “tinta estable”.
Lo hacía por costumbre más que por plan.
Le era imposible estar en un cuarto lleno de cosas y no empezar a poner orden, aunque fuera con una libreta improvisada y a lápiz.
El primer aviso fue un sonido que no pertenecía a la casa: un chasquido leve, casi de saliva, que se repetía.
Bajó la vista. El suelo, frío como una losa, lucía un brillo que antes no estaba.
Se acercó al ventanal del fondo. El marco, negro y blando, tenía la esquina inferior abierta como una boca.
Por ahí entraba un hilo de agua oblicuo, insistente, que iba a dar en la balda más baja de la estantería.
—Mierda.
Apartó una caja con un tirón. El cartón tenía el fondo empapado y se desfondó por una esquina; atrapó los papeles antes de que cayeran al charco. Puso la caja en alto, sobre un banquito. Otra gota, y otra. Salpicaduras en abanico sobre la etiqueta que acababa de escribir.
Llamaron a la puerta con cuatro golpes rápidos.
Abrió. Mateo estaba en el umbral, calado de arriba abajo, con una lona verde oscuro enrollada bajo el brazo y la capucha pegada a la frente. El agua le caía por la nariz como cuentas.
—Vi que el canalón de la esquina se ha soltado —dijo, un poco a gritos por el viento—. Supuse que...
—El archivo.
No hizo falta más.
Durante dos horas se movieron con un ritmo febril, cada uno metido en su parte como si lo hubieran ensayado.
Mateo subió la escalera de mano por el exterior, la encajó mal y la volvió a encajar con el pie hasta que no bailó tanto.
Ató la lona al marco con bridas y un cable de antena que encontró en el cobertizo.
Cada vez que el viento empujaba, la escalera daba un brinco y él se ajustaba, una mano en el peldaño, la otra con la lona que le golpeaba la cara.
Elena, por dentro, evacuó. Primero lo frágil: cuadernos de papel biblia, álbumes con páginas sueltas, sobres con fotografías.
Después lo más antiguo: las cajas de tapas negras con etiquetas de Consuelo, los paquetes envueltos en hule.
Por último, lo pesado: las carpetas de dibujo con gomas cedidas, los fardos de revistas que apestaban a tinta vieja.
Papel con papel, hule con hule. Lo mojado al pasillo, lo seco al cuarto de estar encima de toallas.
Desmontó una caja para hacer cuñas, arrancó trozos de cartón para que algo no tocara el agua.
No levantó la cabeza más que para calcular la siguiente maniobra.
El aire cambió de olor: a madera hinchada, a polvo revivido, a lana mojada.
El ruido de la tormenta volvió el mundo pequeño: el cuarto y el pasillo, el golpe de las gotas contra la lona, el hierro de la escalera rasgando la pared al recolocarse.
Cuando Mateo asomó por dentro con el pelo pegado a las sienes y hojas de árbol en el abrigo, ella estaba lidiando con una caja que pesaba como para romper muñecas.
—Dámela.
—No. Está ordenada —dijo Elena, sin saber por qué esa frase le parecía un argumento.
Él agarró por debajo, la levantó un palmo, y la dejó encima del archivador metálico. Al hacerlo, una estantería que habían aflojado para poder mover el mueble se inclinó hacia el hueco.
—¡Cuidado!
Mateo metió el hombro, aguantó el peso con una queja entre los dientes. La madera hizo un ruido que fue casi un quejido humano. Elena localizó al tacto una cuña que había dejado en el suelo y la insertó bajo el pie cojo.
Se quedaron un segundo anclados a lo que sostenían, con el cuerpo entero atento a que aquello no se volviera a ir hacia delante. Cuando la estantería aceptó la cuña y el peso se repartió, los dos soltaron el aire que llevaban dentro como si hubieran salido de debajo de una ola.
—Estoy bien —dijo Mateo, llevándose la mano a la camisa a la altura del hombro.
—No te he preguntado por ti. Me importaba la estantería.
—Ya lo sé.
Elena soltó una risa que le trepó desde el estómago, irregular, fea, que a mitad se convirtió en un ataque de tos.
La risa le sacudió las costillas. Mateo, sin defensa, se dejó caer contra la pared y acompañó la carcajada, como el agua cuando arrastra otra agua.
Por primera vez en cuatro días rieron a la vez, sin comillas.
—Sigues riéndote cuando estás nerviosa —dijo él, aún con las manos en las rodillas.
—Y tú sigues convencido de que lo sabes todo.
—No todo.
—¿Qué no sabes?
La pregunta quedó flotando, absurda y precisa, entre cajas mojadas y la gota que persistía en el alféizar. Tardó en contestar. Afuera, el viento arrancó algo pesado —quizá otro trozo de teja— que cayó con un estampido tan limpio que pareció venir del pasillo.
—Por qué volviste.
Elena no se apoyó en ninguna pared. No había un sitio donde apoyarse que no fuera la frase.
—Yo tampoco lo sé.
No lo había dicho en voz alta antes. La palabra “tampoco” se quedó suspendida en medio del cuarto, con peso suficiente como para mover el aire. Entonces un trueno sacudió la casa desde abajo, la luz del pasillo titiló dos veces y se fue. El rumor de la lluvia ganó todas las demás cosas.
Mateo dio un paso. Elena notó el calor que traía el cuerpo bajo la lana, una mezcla de tierra, lana mojada y el metal frío que quedaba en la piel después de pelearse con una escalera.
Tomó conciencia de su propia frente húmeda, de los mechones pegados a las sienes, de las manos, torpes, que no sabían dónde quedarse sin estorbar.
Él levantó la suya y, despacio, le apartó un mechón que le cortaba la visión.
Durante un segundo, el gesto dejó algo en el aire. Estuvieron a punto de.
Mateo se retiró un paso.
—No quiero volver a empezar algo sin saber si esta vez nos vamos a quedar —dijo muy bajo, como si la casa tuviera oídos—. No con esta casa entre los dos, ni con tu abuela mirando desde cada cajón.
El nombre de la abuela en plural, en los cajones, le hizo un hueco nuevo en el estómago. Elena notó saliva, tragó.
—Yo tampoco.
—Bien.
—Bien.
El pasillo devolvió esas dos sílabas como si fueran un dato. La pausa que siguió tuvo bordes. Mateo carraspeó, incómodo con su propia garganta.
—Tengo una linterna en el coche.
Salió. El viento dejó entrar un golpe de agua por la puerta principal entreabierta y la alfombra de la entrada oscureció por la mitad.
Elena se quedó en el pasillo con el corazón metido en la garganta, como si se hubiera equivocado de escalón en la oscuridad.
Tenía una certeza nítida: lo que acababa de decir era cierto y, a la vez, no lo era del todo. No supo cómo juntar esas dos cosas.
Abrió el armario de la limpieza. Encontró un montón de trapos viejos que olían a jabón de sosa.
Cogió dos, los dobló, y se agachó a secar el agua que se había colado entre las baldosas, una franja a la vez.
Había que hacerlo y, ahora mismo, era lo único sensato que podían hacer sus manos.
Cuando Mateo volvió con la linterna, el haz dibujó una línea recta en el polvo suspendido.
Ella siguió su tarea sin explicaciones, y él sostuvo la luz donde hacía falta, sin decir nada más.
Afuera, la tormenta todavía no había decidido si iba a quedarse.
Dentro, cada cosa ocupaba el sitio que habían conseguido darle a la carrera.
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