Capítulo 7 Dieciséis
Aquella noche, al subir a acostarse, el tercer escalón sonó distinto. No el quejido de bisagra que llevaba oyendo desde niña, sino un golpe sordo, hueco, como si debajo hubiera aire.
Volvió a la cocina sin encender nada, tanteó en el cajón de los paños hasta dar con la linterna, y subió con el haz amarillo recortando pelusas en el polvo.
Probó con los dedos primero; la tabla cedía un milímetro.
Fue por el cuchillo de punta gastada con el que Ramona abría las latas y, con paciencia de relojero, levantó la madera por el borde.
Debajo apareció una caja del tamaño de una de puros, madera lisa ennegrecida por el tiempo, con una cinta roja desvaída en torno.
La abrió con un cuidado ridículo. Dentro, una llave pequeña de latón, opaca, con una etiqueta atada por hilo basto. Archivo, decía.
Las manos le temblaron como a alguien que, de repente, se toma en serio una broma.
La llave encajó en la cerradura de la puerta del pasillo sin resistencia, un giro y el pestillo obedeció con un chasquido seco, casi complacido.
El cuarto era alargado, angosto; el olor, entre papel dormido y madera vieja.
Las paredes enteras ocupadas por estanterías que se vencían en el centro, como columnas cansadas.
Elena tardó unos segundos en comprender la acumulación: cuadernos con tapas de hule negro apilados por décadas; sobres con recibos de la luz de compañías que ya no existían; mapas doblados con pliegues blanquecinos; libros de cuentas con anotaciones minúsculas;
recetas en papel de estraza que conservaba manchas de aceite; fotografías sueltas guardadas en cajas de galletas con dibujos de Navidad.
La casa había ido guardando todo lo que Clara no había querido tirar, que era prácticamente todo.
En medio, una mesa estrecha de pino con una bandeja compartimentada. Siete casillas numeradas a lápiz. Seis vacías. En la primera, una nota: Esta ya la tienes. Buen comienzo. En la segunda, un papel doblado.
Una carta no debe leerse antes de tiempo. La segunda está donde aprendisteis a mentir.
Elena se quedó quieta con la nota abierta.
No era el juego de pistas de los veranos, aquellos que Clara preparaba para los dos y terminaban con galletas en el porche.
Esta vez la llamaba a ella sola. Donde aprendisteis a mentir.
La mueca se le fue a amarga sin pedir permiso.
La escuela. Los recreos de los doce, los saltos por la valla de atrás, el río frío comiéndoles las rodillas, y luego volver con el pelo chorreando y jurar que la fuente se había vuelto loca.
Fue al día siguiente, temprano, con el sol bajando en diagonal por los muros.
El patio de la vieja escuela seguía siendo una losa agrietada con hierba entre las piedras y un bebedero seco que a ella le parecía enorme cuando medía metro y medio.
Un gato cruzó pegado a la sombra del muro, indiferente.
Se agachó junto al canto suelto de la esquina —el mismo al que había confiado canicas y tesoros inútiles— y, como habrían hecho sus manos pequeñas, removió con las uñas y un palito hasta dar con el borde metálico.
Tiró. Salió una lata de tabaco envuelta en plástico de envolver bocadillos. Dentro, un sobre.
Se sentó en el filo del bebedero, el hormigón frío en los muslos, y lo abrió.
Cuando Elena tenía dieciséis años me dijo que quería irse.
Le pregunté de qué quería escapar. Me contestó: «De que todos sepan quién soy». No era una respuesta. Era una edad.
Y yo, que tenía sesenta y seis años y había leído bastante, la contesté mal.
Le dije que no encontraría en ninguna parte a nadie que la conociera mejor, y que eso era una suerte.
Lo dije como un elogio. Ella lo oyó como una condena.
Lo he pensado muchas veces desde entonces: uno cree que ofrece raíces y el otro entiende que le ponen un ancla.
Mateo la quería. Eso no era un problema, era casi lo único que estaba claro. El problema era el miedo. Los dos lo tenían y ninguno lo iba a decir en voz alta, porque los dos habían aprendido de sus mayores, es decir, de mí, que las cosas importantes se resuelven con comida y con silencio.
No me pidas perdón por lo que hiciste. Yo también debo alguno.
C.
Elena tardó en levantar la cabeza. En la calle de detrás pasó un crío en bicicleta y las ruedas repiquetearon sobre los guijarros antes de callarse. El sonido se fue como si no hubiera atravesado nada.
La tarde que la carta decía estaba entera en su memoria, demasiado entera.
La cocina húmeda de platos, la luz entrando oblicua y levantando polvo, la nuca de Clara doblada sobre el fregadero.
La frase que soltó, «de que todos sepan quién soy», con la precisión torpe con la que se defienden los dieciséis.
La respuesta de Clara, igual de práctica que cuando hablaban de si iba a llover.
El portazo. El enfado con el pasillo, con los techos, con los pájaros del alero que no tenían la culpa.
Nunca había dudado de que hubiera sido así.
Lo que no se había permitido pensar es que hubiera podido no serlo.
No había caricia en aquellas líneas. Había otra cosa que raspaba y, a la vez, hacía sitio: una mujer mayor anotando, sin circunloquios, en qué se había equivocado.
Guardó la carta en el sobre, volvió a poner la lata en la mochila y se incorporó con un calambre en la rodilla que no tenía a los dieciséis.
Se sacudió el polvo de los pantalones y caminó hasta la puerta de la escuela como quien sale de un cine con luz de mañana.
Tenía la sensación extraña de haberse cambiado de acera en una discusión que llevaba veinte años dada por acabada.
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