La casa de las promesas perdidas (Los jardines de las promesas) Capítulo 6 El jardín de invierno
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Capítulo 6 El jardín de invierno

Apareció a la mañana siguiente, antes de que Elena terminara el café, con una caja de herramientas colgada del brazo y las botas cubiertas de barro. Llamó con los nudillos, dos golpes cortos, como si toda su presencia cupiera en ese aviso.

—La tubería del jardín pierde agua —dijo desde el umbral—. Lo he visto al pasar.

—¿Al pasar por dónde? Es una calle sin salida.

—Al pasar por delante de tu casa. —Elevó un poco la caja, excusándose—. ¿Te importa?

No había razones para negarse, y sí bastantes para no hacerse la difícil.

Le dejó pasar. El vapor de la taza aún subía despacio en la encimera.

Cogió del armario del porche las botas de goma de su abuela y se las calzó con dos calcetines, porque le bailaban.

Aun así, sentía un hueco en el talón. Cerró con el hombro.

El aire de noviembre la golpeó con ese filo limpio de las mañanas en las que la escarcha no acaba de decidirse.

El jardín, a esa luz sin prisa, era peor y mejor que la memoria de los últimos días.

Peor, porque la maleza había tragado los senderos de grava y el rosal junto a la tapia se había vencido de lado, tendiéndose como un animal cansado, y el estanque era un plato verde bajo una piel de hojas rendidas.

Mejor, porque nada estaba definitivamente ido: los rosales viejos, pegados al muro, llevaban yemas tensas, hinchadas de un color sordo; el limonero conservaba tres frutos amarillos pegados a la corteza como a una promesa mínima; las glicinas colgaban de la pared del fondo, desnudas y disciplinadas,

como quien sabe esperar.

—Tu abuela quería plantar lavanda aquí —dijo Mateo, señalando con la barbilla un rectángulo de tierra junto al camino, donde la tierra, al removerse, olía a metal húmedo—. Decía que el olor entraría a la casa por la tarde.

—¿Por qué no lo hizo?

—Dijo que dejaba algo por hacer. —Se agachó junto a la llave de paso: buscó con los dedos a ciegas, tanteando, hasta que el hierro cedió con un gemido apagado—. Yo creo que le daba pereza. Era muy capaz de vestir de decisión profunda lo que en realidad era la espalda.

Mientras cerraba, un chorro fino hirió el barro, y el barro respondió con ese ruido de succión que deja las rodillas sucias. Mateo esperó a que callara, aflojó una tuerca, pidió sin mirar:

—La llave inglesa.

Elena, obediente y torpe, le tendió un destornillador. Él lo cogió, lo sopesó un segundo, se lo devolvió igual de seco. Ella dejó de justificar el gesto y buscó la llave buena en la caja. Una coreografía de ensayo, hecha de piezas que no encajaban del todo y, poco a poco, iban reconociéndose.

—Gracias —dijo él, ya hundido en la canaleta. El metal apareció, picado y negruzco—. Es de cuando se hizo la casa. —Con una sierra corta, el viejo tubo cedió con un suspiro oxidado—. Debería habérselo cambiado hace años.

—¿Y por qué no lo hizo?

—Ella siempre decía que ya vería.

—Estás muy dispuesto a repetir todo lo que decía.

—Es que decía muchas cosas. —Apretó una junta nueva, con el gesto de quien ha repetido esa acción cien veces sin perderle el respeto—. Cuando uno pasa tantos años trabajando en su jardín, algo se le pega.

Elena trajo desde el cobertizo un cubo de plástico que todavía guardaba la etiqueta de la ferretería de Ibáñez, un manojo de bridas viejas y unas tijeras de podar que don Eusebio, el antiguo encargado del vivero,

había afilado una primavera y desde entonces cortaban mejor por la nostalgia que por el filo.

Le pesaba el cubo por el agua que chorreaba en el fondo del pasillo, porque el canalón, al parecer, tampoco estaba en su mejor momento.

Pensó en llamar a la biblioteca, a Inés, a las manos que fregarían si hiciera falta.

Dejó de pensar cuando vio que el agua del tubo nuevo, al abrir la llave un poco, quedaba domada.

Se quedaron un instante junto al rosal caído.

Ella manchada de tierra hasta el codo sin darse cuenta; él con dos cortes frescos en los nudillos, las uñas muy cortas de quien no tiene paciencia para extravagancias.

El rosal olía apenas, un rastro a fruta verde reprimida.

Mateo levantó con cuidado una de las ramas que apoyaban contra la tierra.

—Este es antiguo —dijo—. Lo plantaron Clara y tu madre cuando tú tenías ocho años.

—No me acuerdo.

—Es normal. Estabas más pendiente de la higuera.

—¿Tú sí te acuerdas?

—Yo me acuerdo de casi todo lo que pasó en este jardín.

—Eso no es justo.

—La memoria no está pensada para ser justa.

Ataron el rosal con cuerda de esparto a dos cañas, apuntalándolo como a un amigo al que hay que ayudar a levantarse sin humillarlo.

El estanque, al remover con una red, levantó un olor a sopa antigua; salieron dos hojas de magnolio, un insecto que fingió estar muerto y un coche de plástico que alguien olvidó hace mucho.

Elena, con un movimiento más instintivo que útil, apartó las algas hacia un lado, como si abrieran paso a algo más hondo.

—Tengo que irme a las dos —dijo Mateo, consultando la hora en el móvil con un pulgar embarrado—. Mi madre tiene revisión y no anda bien de la cadera. Si no la llevo yo, se va con el vecino, que conduce mirando el paisaje.

—No sabía que tu madre… —Elena frenó el resto de la frase, porque la compasión a destiempo suena peor que el silencio—. Lo siento.

—No es grave. Es solo que se hace mayor a una velocidad que ella no aprueba. —Se le encogió un poco un lado de la cara—. Está enfadada con la cadera. A mí me toca escucharla regañar a una articulación.

Elena estuvo a punto de ofrecerse a llevarla ella, y se mordió la lengua. No por falta de ganas, sino porque reconocía la clase de orgullo último que se defiende mejor si se deja estar.

Cuando recogieron, la tarde se había entelado con un gris blando y el frío empezaba a entrar por las mangas.

Elena trajo dos vasos de la cocina y una botella de agua que soltó una burbuja gruesa al acostarla.

Se sentaron en el banco de piedra bajo el limonero.

Sobre sus cabezas quedaba uno solo de los tres limones; el viento debía de haberse llevado los otros dos en alguna de esas ráfagas que llegan de golpe y se marchan sin pedir perdón.

Un gorrión pegó un salto en el borde del estanque y, al verlos, cambió de idea.

En la casa de al lado ladró un perro tres veces, por costumbre más que por alarma.

—¿Por qué te quedaste? —preguntó ella, y se arrepintió en el mismo acto, como quien ha soltado una cuerda que todavía no sabe si estaba sujetando algo importante.

—Tenía trabajo.

—No me contestes así.

Mateo giró el vaso entre las manos, corrigiendo sin necesidad la alineación con la losa. Luego habló, no más alto que antes.

—Aquí estaban mi madre, mi jardín y tu abuela. No hay mucho más misterio. —Le dio un trago pequeño al agua, como para aclarar un recuerdo—. Alguna vez se me ofreció irme a la ciudad, lo pensé, y cada vez que lo pensaba había algo que arreglar antes.

Elena vio la línea de tierra en la muñeca de él, justo donde el guante imaginario no le había cubierto, y se escuchó haciendo una pregunta que no había ensayado, menos limpia que la anterior.

—¿Y yo?

La respuesta tardó. No por dramatismo; por buscar la palabra exacta y no una mejor.

—Tú estabas lejos.

No sonó a queja ni a absolución. Era una coordenada, como decir norte o decir miércoles.

El ruido del agua reacomodándose en la tubería nueva fue lo único que se atrevió a acompañar lo que no necesitaba comentario.

Elena inclinó la cabeza, no para asentir, sino para distraerse con el limón que quedaba: su piel irregular, la marca donde había rozado una rama.

Se acordó, con una precisión de corte, de cómo olían las manos de su abuela cuando partía los limones con un cuchillo despintado.

Volvió al jardín. Mateo había dejado la caja de herramientas a un lado del banco, abierta, ordenada en un caos que él entendía.

Ella pasó el dedo por el borde metálico, se lo limpió en la rodilla.

El vaso, entre los dos, se había quedado casi vacío.

Un hilo de agua, recién domada, cantaba por debajo de la tierra, invisible y exacto.

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