La casa de las promesas perdidas (Los jardines de las promesas) Capítulo 5 Inés
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Capítulo 5 Inés

Al día siguiente decidió que iba a la biblioteca a por un libro. No le hacía falta ninguno. Le hacía falta, con una necesidad vergonzante y terca, hablar con alguien que no hubiera conocido a la Elena que se marchó y pudiera decirle qué veía en la que había vuelto.

La biblioteca ocupaba la antigua estación de tren: un edificio bajo de ladrillo, con un reloj de hierro parado desde hacía treinta años en las seis menos cuarto.

Las vías ya no estaban; en su lugar, romeros apretados y un camino de canto rodado que olía a tierra húmeda.

Por la puerta principal se entraba a una sala clara, de estanterías de pino y dos sofás desparejados que parecían haber tenido una vida anterior en el salón de alguien.

El olor a papel, a polvo de lomo abierto, la dejó quieta.

Era el mismo de cuando venía con Clara, con nueve años, a devolver los libros con las tapas forradas de plástico que se le pegaban a las manos en verano.

Detrás del mostrador, una mujer, subida a una escalerilla, colocaba libros como quien conoce el peso exacto de cada cosa.

—Busco a Inés Navarro.

—Ya la has encontrado. —Se volvió con un libro en cada mano—. Aunque si vienes a devolver algo, que sea tuyo. La semana pasada un señor me dejó aquí un tratado de apicultura con el sello de Segovia y cara de «no sé cómo ha llegado a mi casa».

—No sé si te acuerdas de mí.

Inés bajó los peldaños. Treinta y tantos, el pelo corto y liso detrás de las orejas, unas gafas grandes. Tenía una forma de otear la sala como si leyera todo a la vez.

—Elena —dijo, como si el nombre le hubiera salido del lomo de uno de los libros—. Dios. La nieta de Clara. La de las fotos en la repisa.

El abrazo les salió torpe y alegre. Inés olía a tinta de bolígrafo y a mandarina pelada con prisas. Era once años más joven que Elena y, aun así, apretó los libros contra la espalda de Elena para sostenerla un segundo, como si ya hubiera sitio para ella.

—Te preparo un café malo. La máquina hace un café malísimo y muy sincero. En esta casa todo lo que no es libro es sincero o inútil.

Se sentaron junto a la ventana, frente a la antigua plaza de la estación, ahora un rectángulo de grava con dos almendros abrigados con malla.

Inés puso dos vasos de plástico sobre la mesa baja y empezó a hablar.

Bastaba soltarle una pregunta para que tejiera: el pan de Ramona que ahora hornea Rebeca, la hija, y, aun así, Ramona manda desde la trastienda con la radio encendida; doña Remedios a la residencia de Aranda, por eso la tienda de telas es un bar que sirve vermú con rodaja de naranja;

la carretera de Peñafiel, por fin arreglada a medias; la feria convertida en un asunto de presupuestos y siglas; Teresa Mena que ya no baja todos los días pero sigue dictando opinión; Paloma con un curso de cerámica en el centro cultural; don Eusebio, el del vivero,

que pasa por la mañana a leer el Marca y a discutir la poda de los plátanos con cualquiera.

Elena intentó escuchar sin cruzar la línea. Aguantó cuatro minutos.

—¿Mateo sigue con los jardines?

—Sí.

—¿Siempre?

—Casi. Ha cogido también los del ayuntamiento, los del colegio y los del cementerio. Es de esos que, si lo necesitas, ya ha ido y lo ha hecho. Le cuesta menos trabajar que explicar que no puede.

—¿Está…? —Le faltó el resto—. ¿Vive con alguien?

Una ceja de Inés subió por encima de las gafas como un toldo.

—Tú tampoco has cambiado tanto.

—No has contestado.

—No.

—¿Tuvo a alguien?

—Sí. Julia, una veterinaria de Peñafiel. Cinco años. Se acabó hace dos.

—¿Muy mal?

—Lo normal. —Inés removió su café con un palito de madera hasta que dejó de humear—.

Se fue ella, con una maleta y muy poca discusión, y él arregló la valla de la casa de su madre esa misma tarde.

Yo lo vi desde aquí, porque aquel día lloviznaba y no entró nadie.

Creo que arregló la valla de media calle.

Elena se ocupó del vaso, del borde fino que se doblaba si lo apretabas. Un pellizco le atravesó el pecho, mezcla de celos mal puestos y vergüenza de sentirlos. No le gustó ninguna de las dos cosas.

—No quiero saber más.

—No te creo. —Le salió suave, sin gastarle la piel—. Pero no voy a contarte lo que no me corresponde, y lo demás lo dirá él o no.

Afuera, un crío trataba de enseñar a un perro a esperar. Le ponía la mano abierta delante del hocico, le ordenaba «quieto», se alejaba un paso. El perro aguantaba dos segundos y se iba detrás, feliz de haber arruinado la lección.

—Cuéntame de mi abuela —pidió Elena, a destiempo.

—¿Qué quieres saber?

—No sé. Algo que yo no supiera.

Inés apoyó el hombro en el respaldo, se cruzó de brazos como quien rebusca en una caja que conoce.

—Venía los jueves —dijo—. Siempre los jueves.

A leer el periódico. Decía que lo compraba en casa por cortesía y no por gusto, que el papel que traíais a veces tenía tinta que manchaba los dedos.

Y a llevarse novelas. Le encantaban las policiacas, pero tenía una costumbre horrible: las devolvía con el nombre del asesino escrito a lápiz en la última página.

«Para ahorrarle tiempo al siguiente», decía.

A Elena le salió una risa de un sitio que no había consultado.

—Yo se los borraba —siguió Inés—. Y ella lo volvía a escribir. A veces añadía «y por qué». Estuvimos años así. Un día lo dejé. Ahora, cuando alguien viene a por una de esas, pide «un Clara», los que traen el culpable marcado, porque dicen que se leen más tranquilos.

—Era insoportable.

—Era insoportable. —Inés no quitó hierro—.

Y muy generosa, a su manera. Te dejaba mal parado si no llevabas un boli encima.

El año antes de que muriera me tomé la revancha.

Le regalé un lápiz con una nota: «A partir de hoy, el asesino es el que lo lea».

No dijo nada. Volvió el jueves siguiente con dos libros más y los dejó sin nombre.

Al otro, trajo tres y me preguntó si tenía un sacapuntas.

Elena tragó. El café estaba frío y sabía a plástico.

—Una vez —añadió Inés, como quien aparta con cuidado una rama—, discutió conmigo todo un jueves por cómo clasificábamos a Valmont.

Decía que a Clara Valmont había que tenerla en narrativa, no en romántica, porque «en España la palabra romántica sirve para no pagarle la vida a una mujer».

Me dejó una nota con recortes de diarios para justificarlo.

A la semana siguiente devolvió dos Valmont que no eran suyos y pagó tres euros de multa por día como si comprara pan. Tenía maneras.

La imagen de la mesa de la cocina de Clara se instaló en la cabeza de Elena con la naturalidad de un mueble que vuelve a su sitio: el cenicero viejo sin ceniza, el vaso de agua medio lleno de la noche anterior, los lápices con la punta gastada y el periódico doblado con una precisión militar.

La letra de Clara en los márgenes, las flechas, los «no» del tamaño de una uña.

La risa de antes se le había ido. Notó algo en la garganta.

—Vino todo el pueblo al entierro —dijo Inés, con una voz que bajó un punto, sin mirar a Elena como si con eso le diera espacio para acomodarse—.

Llovió muchísimo. Los cristales de aquí sonaron como si alguien los lavara con cubos.

Mateo sostuvo el paraguas de Ramona casi una hora.

Ramona no se dejó sostener por nadie más.

—No pude venir.

—Lo sé.

—Tenía trabajo.

—Lo sé. —No había filo—. Yo tampoco voy a las cosas que más me importan. En este sitio te acostumbras a escoger tarde. Es lo primero que aprendí aquí.

El niño de fuera consiguió que el perro se sentara. Se giró hacia la ventana para asegurarse de que alguien lo había visto y, al comprobarlo, se puso a dar vueltas alrededor del animal, mareándolo de felicidad.

—Hay un rumor de que has venido por las cartas —dijo Inés, con una naturalidad desafiante, como quien tira una piedra a un estanque para ver las ondas.

—¿Qué cartas?

—Las que dejó tu abuela en la notaría. Ya sabes que Ibáñez tiene la boca como un colador.

Solo sé que hay unas cuantas, que están repartidas por la casa, y que el pueblo lleva cuatro años deseando que alguien las encuentre para poder enterarse.

Si las trae alguien y las quiere leer aquí, yo cierro la puerta y saco tazas de verdad.

—Todo el mundo habla como ella.

—Pasa cuando una mujer se tira cincuenta años diciendo frases delante de gente que no parece oírla. Al final se les pegan sin darse cuenta. —Inés señaló el reloj parado—. También nos pasa con los relojes. Aquí todo está quieto menos la gente.

Elena no contestó. Vio a Inés levantarse para atender a un señor que venía a por periódicos atrasados «para forrar cajones», a una chica que preguntó por oposiciones, a una madre con una niña pequeña que arrastraba unas botas amarillas que dejaban barro en el felpudo.

La biblioteca era un puerto con mareas pocas y firmes.

Inés funcionaba en él como quien hace turnos y, por debajo, sostiene más de lo que enseña.

Cuando volvió, dejó encima de la mesa una libreta de hojas cuadriculadas.

—Si te quedas un rato, ayúdame a apuntar los préstamos del mes. Se me atasca el boli cuando llego a la O. Hoy se llevan tres de Ortega, y ya no sé si cuento a Marta Ortega o al obrador Ortega. —Se le escapó una mueca—. Broma local. Tú escribe nombres. Es terapéutico.

Elena tomó el bolígrafo. Empezó a copiar títulos y apellidos con una letra que había aprendido en los sobres de la editorial.

Se notó respirando más despacio cuando escribió «Ramona» y luego «Rebeca».

Puso «Marta Ortega» sin atreverse a decirlo en alto, como si así no invocara nada.

Apuntó «don Eusebio» sin el don porque Inés la reñía en voz baja cada vez que añadía tratamiento.

—Y no te creas lo de las cartas —añadió Inés, recogiendo una pila de álbumes infantiles—. Quiero decir, créetelo, pero no te lo creas. Aquí todo es verdad y mentira a la vez hasta que alguien lo trae encima de la mesa. Si necesitas manos, llama a la biblioteca. También sabemos fregar.

Elena dejó el bolígrafo. Se guardó en la memoria la tarjeta de la biblioteca con el número apuntado a lápiz en un margen.

Al levantarse, el reloj siguió a las seis menos cuarto, con su inmovilidad honrada.

Afuera, el niño había rendido el perro; ahora era el perro el que se quedaba quieto aunque el niño le llamara.

—El jueves que viene —dijo Elena—. Pasaré el jueves.

—Entonces te veré el jueves. Si el pueblo no te ve antes. Aquí los jueves son días de verdad. Y tráete algo que no necesites. Cambia la cabeza.

Elena salió al aire frío con la certeza discreta de haber restado un grado al aislamiento de los últimos días.

Apretó el paso hacia la calle Mayor. Tenía que pasar por la panadería.

Ramona, seguro, querría decirle lo que todavía no le había dicho nadie.

Y, aunque aún no lo admitiera, empezaba a entender que iba a necesitar el pueblo entero para leer a Clara. Y para leerse a sí misma.

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