Capítulo 4 La primera carta
Cenó pan con queso frente al fogón apagado, sin poner música ni encender más luz que la del plafón amarillento de la cocina.
El pan estaba un poco duro, el queso sabía a nevera y a domingo antiguo.
Un plato hondo le hacía de bandeja sobre las rodillas.
Afuera, el canalón insistía en su goteo y, de cuando en cuando, un perro en la calle de abajo reclamaba su parte de noche.
Esperó a que oscureciera del todo para abrir el sobre.
No sabía muy bien por qué. Tal vez porque a la luz del día las cartas de los muertos se convierten en papeles, y de noche, si una no hace ruido, llegan como visitas.
Abrió el sobre con cuidado, arrancando el filo más por paciencia que por fuerza. La letra era la de siempre, esas haches altas como respaldos bien firmes.
A quien vuelva:
Lo primero es lo práctico. La llave del gas está detrás de la puerta del cuarto de las escobas, no fuera; la de la luz, en el sótano, a la derecha del contador, y la de la cocina se atasca y no tiene arreglo, así que acostúmbrate.
Si te faltan sábanas, están en el armario del pasillo, con el membrillo.
Si te sobran, ya las repartirás. Ramona tiene siempre pan y siempre opiniones; puedes aceptar el pan sin las opiniones, aunque no te lo recomiendo.
Segundo. No sé quién eres. Puede que seas Elena, y entonces tienes que perdonarme que empiece hablando del gas, pero es mi forma de decir que me alegro de que hayas entrado.
Puede que seas Mateo, que tiene llave y ha venido a regar.
Puede que seas alguien a quien no conocí, que compró la casa a saber por cuánto o que se metió en ella a resguardarse de la lluvia.
En ese caso, bienvenido también. Las casas tienen memoria, pero no tienen preferencias.
He dejado siete cartas. Una sola verdad me parecía demasiado pesada para una sola hoja de papel, y además las verdades enteras se creen menos que las verdades a trozos. Esta primera es la más fácil, así que no te acostumbres.
Nadie se marcha de un lugar sin llevarse algo, y nadie se queda sin dejar algo atrás. Cuando Elena tenía dieciséis años creía que tenía que escoger entre quedarse y ser libre. No era cierto. Yo tampoco lo supe a su edad, y de todas las cosas que he hecho mal, esa fue la que más me costó ver.
No quiero que mi nieta herede mis errores como si fueran reglas. Las reglas se aprenden; los errores, por desgracia, hay que cometerlos uno mismo. Pero puedo dejarle algo escrito, a ver si le ahorra la mitad.
Clara.
P. D. Si has encontrado esto en la panera, felicidades: sigues sin mirar donde mira todo el mundo.
Elena leyó de un tirón, con la espalda apoyada en el mueble del fregadero.
Al terminar, dejó la hoja sobre la mesa y la alisó con la palma.
Volvió al principio para comprobar, como si dudara de su memoria, lo de la llave del gas.
Luego buscó el párrafo de los errores y se le quedó pegado a los ojos, como pasa con las cosas que no te hacen daño pero escuecen.
La voz estaba ahí. No en la tinta, sino en la manera: dar una instrucción, colar la verdad por el medio y volver a la tarea como si nada.
Como cuando en verano Clara decía que la harina había que tamizarla dos veces y, ya que estamos, la gente que te quiere de verdad te dice cuando has dejado grumos.
Se levantó, cogió el móvil y encendió la linterna.
El pasillo se estrechó un poco con la luz fría.
Pasó el dedo por el marco del cuarto de las escobas antes de girar el pomo.
Dentro olía a madera vieja y lejía. Había un cubo invertido, las fregonas colgadas, una bolsa con pinzas, el recogedor con mellas en el borde.
Cerró la puerta por dentro y pasó la mano por la parte trasera hasta tocar el metal.
La llave estaba ahí, áspera y helada. Se le escapó una risa sin ruido, más aire que risa, con la frente pegada a la madera.
Era la primera vez en toda la semana que el miedo no se sentaba con ella en el suelo.
De regreso a la cocina, se sirvió agua del grifo en un vaso cualquiera, uno con un borde astillado que reconoció.
Se quedó un rato mirando el sobre abierto, la hoja boca arriba con la firma de Clara ocupando su sitio como si no hubiera aprendido otra forma de estar en el mundo que esa: dejar instrucciones, decir lo que hay y, de paso, empezar una conversación que no pide permiso.
La noche siguió su curso por la ventana de la panera, y Elena, sin darse cuenta, puso la carta de nuevo dentro de la lata azul.
La tapa encajó con un golpe seco, limpio, que la casa aceptó sin protesta.
Afuera, el tractor ya no sonaba. Dentro, el reloj de la cocina marcó las horas como si no fuera con ellos.
✦