Capítulo 3 La casa cerrada
La casa conservaba el olor de Clara. No era lavanda, como decían las vecinas con esa seguridad de quien nunca había pasado una tarde entera ahí dentro; era jabón de romero, madera humedecida por los inviernos, café recalentado y un dulzor que Elena tardó casi una hora en fijar: membrillo,
el que su abuela dejaba madurar en el armario de las sábanas y que luego envolvía en papel como si fueran libros pequeños.
Dejó la maleta en el recibidor, apoyada contra la pared, y fue por las ventanas una a una.
Los pestillos cedieron con esa resistencia cortés de las cosas antiguas.
Entró un frío franco, con olor a barro y a humo de chimenea, y por alguna parte del barrio se coló una radio encendida, desganada, que contaba el parte del tiempo como si ya diera igual.
Recorrió las habitaciones con la cautela de quien comprueba si, después de un temblor, todo sigue en su sitio.
En el salón, el piano, ese mueble que Clara usaba para sostener jarrones y periódicos; la chimenea con sus fotos —caras conocidas en marcos de plata y madera— y el reloj de sobremesa parado a las cinco y diez, imperturbable.
El cuarto de costura conservaba una tela a medio cortar, sujeta con alfileres, como si alguien fuese a bajar a terminarla después de la siesta.
La biblioteca, combada por exceso de vida: estantes vencidos, pilas formadas a los pies de la mesa, libretas con espirales deformadas, marcas de dedos en los lomos.
En la cocina, el fregadero limpio brillaba bajo la luz pobre de noviembre y, sobre la encimera, una bolsa de pan desprendía un calor manso.
Nadie la había dejado allí para ella, y aun así había una nota sujeta con una horquilla: Ramona.
Un orden preciso lo regía todo, y al mismo tiempo la capa tenue de polvo decía que alguien pasaba de vez en cuando a quitar lo imprescindible.
Un polvo justo, el mínimo. Elena se imaginó a Mateo, sábado sí y sábado también, abriendo, barriendo, cerrando, y evitó la operación mental de sumar horas. Le habría salido una cifra terca.
Al fondo del pasillo de abajo, la puerta baja de siempre, más estrecha que las otras, con una placa de latón a la altura de los ojos: Archivo.
Elena la había probado de todas las maneras legales e ilegales de su infancia.
Con un tenedor, con una horquilla, a los catorce con un cuchillo de untar y la complicidad torpe de Mateo; a los dieciséis dejó de insistir porque empezó a ver, en la sonrisa contenida de Clara, ese brillo de alguien a quien le divierte la perseverancia ajena.
Rebuscó en el cuenco de cerámica de la chimenea, ese caos autorizado de llaves.
Pescaron sus dedos llaves de trasteros que ya no existían, llaves de baúles sin baúl y una de bronce pesada que, por supuesto, no encajaba en nada.
La del Archivo no estaba. Claro. Una carta que promete “siete cartas escondidas” no se iba a molestar en empezar por lo obvio.
Subió al dormitorio de Clara con un cuidado que no era respeto ni miedo, algo intermedio.
La cama estaba hecha con la colcha de ganchillo, firme como un argumento.
Sobre la cómoda, un cepillo de plata con pelos blancos atrapados entre las cerdas; lo apartó de un golpe seco, como si quemase al tacto o contagiase algo.
Abrió el armario por cortesía con la esperanza.
Arriba, entre una manta y una sombrerera abollada, asomaba una caja de zapatos.
Dentro, fotografías. Veranos apilados: ella, con ocho años, subida a la higuera con las rodillas negras; ella y Mateo plantados en la orilla del río, agua hasta el cuello y la piel de gallina; ella dormida en la hamaca con un libro sobre la cara, convertida en toldo; ella y Clara frente a frente,
brazos cruzados y la misma barbilla porfiada, una terquedad que se reflejaba de una a otra como una lámpara en un espejo.
Le costó admitirse en aquella niña convencida de que siempre tenía razón.
Al fondo, una que no había visto nunca: Clara en el jardín, de espaldas al limonero, más joven, el pelo aún oscuro, un delantal atado con un nudo firme; detrás, a un lado y a otro como si custodiaran algo que no querían mostrar,
dos adolescentes que clavaban los ojos en la cámara con idéntica desconfianza.
Tendrían unos dieciséis. La de la trenza, vagamente conocida en alguna parte de la memoria. La otra, un rostro nuevo.
—¿Quiénes sois? —dijo, por decirlo.
La respuesta, si existía, la dio un papel doblado a lápiz que descansaba debajo de la foto.
Primera pista: La casa guarda mejor sus secretos donde alguna vez guardó el pan.
Se le escapó una risa corta, más aire que risa.
Bajó las escaleras deprisa, aun sabiendo dónde acabaría.
La panera seguía pegada a la ventana: madera oscura, puerta de rejilla que se quejaba al menor roce, repisa de mármol fría donde Clara enfriaba los bizcochos antes de espolvorearlos con azúcar que nevaba de verdad.
Abrió. Trapos bien doblados, un rodillo, frascos vacíos, cucharas con marcas de uso que parecían cicatrices.
Apartó los paños, y al fondo apareció la lata azul de galletas, esa de Copenhague que sobrevivía a base de guardar cualquier cosa menos galletas.
Dentro, un sobre. En la cara, con aquellas haches como sillas bien plantadas:
Para quien vuelva.
Se sentó en el suelo de la cocina con la lata apoyada en las rodillas.
El terrazo estaba frío a través de los vaqueros.
Desde fuera llegaba el goteo obstinado del canalón y, más lejos, el rumor de un tractor moviéndose a ritmo de siesta.
No abrió el sobre. Todavía no. Lo sostuvo un momento contra el pecho, como si el papel templara.
En Valdemora, por un segundo, los relojes parecían haberse detenido todos menos uno, y ese uno latía ahora bajo su mano.
Hasta entonces había creído que heredaba una casa. En ese gesto supo que Clara le había dejado una conversación: de las que empiezan sin permiso y terminan cuando el otro decide levantarse.
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