La casa de las promesas perdidas (Los jardines de las promesas) Capítulo 2 Valdemora
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Capítulo 2 Valdemora

Salió de Madrid a las siete en punto, con el maletero más lleno de lo razonable. Al principio se dijo que volvería antes de Guadalajara. Luego, que a lo sumo daría la vuelta en Soria. Después, al pasar el desvío que nunca había tomado sin copiloto, entendió que ya no había dónde girar.

Cuatro horas. Durante veinte años, el trayecto había sido una especie de océano; hecho de una vez, resultó ser una autovía con carteles desteñidos, una gasolinera con café recalentado y un tramo de campo blanco de escarcha que exhalaba jirones de niebla.

En el área de servicio, apoyó la tapa del vaso contra la boca y el sabor le raspó la lengua.

No se entretuvo. Volvió al coche, encendió la calefacción y, cuando retomó el carril, llevó la mano al bolsillo del abrigo: el papel de Clara estaba ahí, con su peso liviano y exacto.

Al bajar el último puerto, reconoció el campanario antes que el pueblo.

Seguía torcido hacia la izquierda, como si atendiera a lo que decía alguien fuera de plano.

Valdemora había cambiado menos de lo que esperaba y en sentidos raros: la tienda de telas de doña Remedios, transformada en cafetería con sillas de metal en la acera; placas con nombres atornilladas a los respaldos de los bancos; bicicletas apoyadas contra el muro de la antigua escuela;

en la panadería de Ramona —el toldo nuevo planchaba la luz—, una fila de roscos ordenados como si garantizaran algo sencillo.

La fuente conservaba la misma música. Bajó la ventanilla para oírla y entró un aire que olía a leña y a hojas mojadas.

No fue nostalgia. Algo más pegajoso: el cuerpo caminando por delante de la cabeza, recordando dónde frenar, en qué esquina se angosta la calle, qué bache hay que esquivar, todo sin pedir permiso.

Aparcó frente a la casa. El portón verde mostraba, cerca del suelo, vetas de madera donde la pintura había cedido; por encima del muro, las ramas desnudas de las glicinas dibujaban una sílaba torcida.

Se quedó al volante. Había imaginado este minuto de muchas maneras, y en ninguna salía un coche con el aire caliente y ella retrasando el gesto de apagarlo.

Al final, cogió la maleta. Al otro lado de la calle, una puerta de furgoneta se golpeó con un ruido seco.

Levantó la vista.

No fue una aparición. Era, con toda su concreción, una persona: un hombre alto con chaqueta de trabajo, tierra pegada en las mangas, un rollo de manguera al hombro.

Más ancho que en su recuerdo. El pelo oscuro, más corto, con canas nuevas en las sienes.

Esa inclinación de cabeza que usaba antes de decir algo.

Mateo.

—Hola, Elena.

—Hola.

Nadie avanzó. Ladró un perro, dos veces, y calló. Buscó una frase estándar —el viaje, el tiempo, trivialidades que pusieran una mesa donde apoyar las manos— y no encontró ni una cuchara.

—He venido por la casa —dijo, y sonó a coartada.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Me avisó la notaria. —Dejó la manguera sobre el capó de la furgoneta como quien baja un bulto sin nombre—. Dijo que la carta había salido el viernes. Pensé que igual llegabas hoy. O dentro de un mes. O nunca.

—Podías haberme llamado.

—No tengo tu teléfono.

Le escoció que fuera verdad. Él cruzó la calle con calma, sin invadir espacio, y se detuvo a dos pasos, manos en los bolsillos.

De cerca, se le marcaban unas ojeras nuevas y una pequeña cicatriz en la barbilla que ella no conocía.

La curiosidad, tan antigua como peligrosa, se le encendió sin su permiso.

—Tu abuela dijo una vez que, cuando vinieras, primero mirarías desde la ventana de arriba —comentó—. Que te quedarías en el coche un rato y luego mirarías la ventana. Y que, entonces, yo tenía que estar lejos.

—¿Y por qué no estás lejos?

—Porque no me ha dado tiempo. —Se le deshizo apenas la boca, un gesto que no llegaba a risa—. Estaba arreglando la boca de riego del vecino.

Elena elevó la vista hacia el piso de arriba, la cortina descolorida, y notó las orejas encendidas. Había hecho exactamente eso: quedarse y mirar.

—¿La cuidaste tú? —preguntó—. La casa.

—Los últimos años. Ella me lo pidió.

—¿Por qué a ti?

—Supongo que porque yo estaba.

No había queja en la frase. Eso, sumado al cansancio en el contorno de los ojos, apretó algo que llevaba suelto. Él sacó del bolsillo una llave grande, la mostró sin importancia y fue al portón.

—Todavía abre. La de la cocina se atasca; hay que levantarla un poco y luego girar. El agua caliente la conecté el miércoles. En la nevera hay leche y huevos. Y café. No sabía qué tomas ahora.

—Café.

—Entonces vale.

Empujó el portón, que respondió con un quejido largo.

Dentro, el jardín era una alfombra espesa de hojas de almendro, de rosal, del limonero que ella tenía archivado como pequeño y ahora le llegaba a la altura del hombro.

En el cristal del salón, el reflejo devolvió una figura con abrigo y maleta que tardó un segundo en reconocer.

Treinta y ocho. Detrás, por un instante, la chica que se había ido.

—Elena.

Volvió la cabeza. Él seguía en el umbral.

—Tu abuela no te esperaba para pedirte cuentas. Eso me lo dijo muchas veces, por si yo pensaba otra cosa.

—¿Entonces para qué me esperaba?

Se tomó unos segundos, mirando la fachada como si leyera algo en ella.

—Creo que para que llegaras cuando pudieras. Y que eso valiera lo mismo que haber llegado antes.

No le dejó sitio a una réplica. Retrocedió, subió a la furgoneta, cerró. El motor arrancó con un carraspeo. Tomó la esquina de la fuente y desapareció.

Elena se quedó entre las hojas, la mano en el picaporte, hasta que el ronroneo se apagó.

Entonces el resto del sonido volvió despacio: el goteo de un canalón, una campana que dio una sola vez, el roce del papel en el bolsillo cuando se pasó la palma por el abrigo.

La puerta de la casa pesó lo de siempre.

Al empujarla, la bisagra se quejó como si la reconociera.

Afuera, un otoño compacto. Dentro, el aire antiguo, la promesa de café, un mapa de polvo sobre el aparador. No dijo nada. Entró. ✦

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